Posts Tagged ‘quéseyo’

TÉ PARA DOS

Algo duele. Entre clavícula, costilla y esternón algo se manifiesta, intermitente, al correr del día. Suele comenzar al alba, cuando para mi desgracia me desvelo en espera de que suene el despertador en la pieza del lado. Las siete, siete y cuarto, siete y treinta y este no suena. Casi comienzo a dar voces  cuando  mi propia alarma empieza a funcionar: no suena, no va a sonar porque no tiene por qué hacerlo.

El noticiero mañanero apaga las voces de alerta de cuerpo y mente. Todo parece normalizarse (a la fuerza) con la agenda diaria y se pudiera decir, paradójicamente, que descanso al tiempo de laborar.

La molestia retoma a medio día, y esta vez es perceptible haga lo que haga, hasta alcanzar su punto máximo en la cocina. ¿Cómo evitarla? Imposible.  No se me ocurre. Día a día pienso en una y mil tretas para soslayarla y nada ha resultado. Pongo música y me concentro en el quehacer rutinario y hasta canto según la canción de turno, pero…ese mueble, esos cajones llenos de cubiertos para poner la mesa  y sobre todo, los tenedores, ¿cómo evito los tenedores si hay tantos en la gaveta?  Nada más tomarlos y el dolor se dispara incontrolable. Sobran -me digo-, sobran tenedores en esta casa, como sobran cucharas, vasos y platos para una mesa en que no comen más que dos. Es ridículo –insisto- este manojo de cubiertos en mi mano, el exceso de pan sobrante y esta olla llena de comida la cual nos podría durar casi la semana ahora que él no está.

La jornada se desliza en un tira y afloja de intentos por ganarle a la rutina, y las horas pasan, y  llega la tarde, pero yo tengo mi propio horario que no avanza. Casi sin darme cuenta estoy de nuevo en la cocina. Abro el estante superior y allí está su tazón, ese del logo azul que tanto ama y… ¡Ay, Dios! No me salvo de ésta. El color azul siempre ha sido para mí sinónimo de tristeza, por lo tanto, era de esperar que el golpeteo del pecho se disparara -que acelera y no acelera-  como señal inequívoca de alarma.

-“¿Ya vamos a tomar onces? ¿Con qué quieres el pan?”

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Es un craso error y de una falsedad absoluta, el decir que esto, lo ocurrido, va contra todo lo esperado.

Lo repito,  es falso: hubo señales, mas bien dicho, ella dio señales y no tan sólo una vez ni esporádicamente. Fueron muchas. Disimuladas tal vez, temerosas en su acorralada desesperación; poco claras y hasta turbias si se quiere, enredadas en su eterno conflicto de ser, y no saber cómo hacerlo.

Cierto… si somos sinceros debemos reconocerlo: hubieron indicios certeros de que “algo” estaba pasando. Algo impreciso se fraguaba dentro de su universo quieto, sub-terra, sub-raíces, sub-latidos, sub-aliento. Algo no estaba bien, y precisamente por eso, por lo sesgado de aquellos gestos, es que tuvimos que haberlo previsto. Fueron cosas… simples, con la necesidad implícita de no rebasar los límites de su calidad de destellos; pequeños guiños de alerta hacia su persona y su atormentado ser velado por el rigor auto impuesto de no dejarse ver.

Y sin embargo… ahora estoy cierta de que era todo lo contrario: ella quería que la vieran, ansiaba que la reconocieran en cada detalle de su violenta intimidad. Y el dolor… ese dolor que nunca le dio tregua como no fuera por cortos lapsos de tiempo, los necesarios para reponerse por algunos días – algunas horas – hasta incorporarse lo suficiente como para voltearla de nuevo contra sí misma… hacia sus honduras, sus carencias, sus pérdidas, sus quiebres y esos gritos… esos aullidos internos siempre pugnando por salir, por emerger de su garganta castrada como un volcán de miedos y furia… si tan sólo los hubiera dejado estallar… si se hubiera atrevido a hacerlo, quizás, esto no hubiera pasado. La lava cuando escurre, generalmente, se pierde laderas hacia abajo arrastrando todo a su paso y rueda, rueda hasta que se encostra en el fondo del valle más próximo – heredero forzoso de toda su destrucción – pero, deja limpia la boca del volcán. Capaz… y es muy posible, que así hubiese sucedido con ella: su boca, la portavoz de su interior, hubiese quedado  limpia y ligera, escupidos al aire hasta el último de sus rastrojos y al fin, hubiera aprendido a respirar.

No fue así. No pudo vaciarse de un golpe como lo deseaba. Lo hizo como pudo, de a poco, en pálidos intentos y en ínfimas cantidades para no causar sobresaltos a nadie, pero, lo hizo. Dejó sus señales a lo largo de su extraviado camino. Fueron… alguna que otra huella incierta de sus pies sobre la tierra húmeda: leves, sin norte ni destino; no más que el testimonio impreciso de sus vocablos trenzados sobre hojas de papel.

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Divagaciones susurradas a mi (pechuga) seno izquierdo.

Debo antes que nada, hacer una aclaración que a su vez, puede servir de prólogo a lo que no lo necesita. Esta, no es una conversación entre-dos. Es, más bien, el relato de un “dime y te diré” entre dos… no puedo decir personas. Será mucho más honesto que me refiera a ello como: el debate inter-minable,  y por extensión, in-servible entre dos entes.

Suena tal vez, un poco malévolo, pero, no es tal. Dejémoslo así.

¿Puede alguien explicar el origen del insomnio? ¿Y sus causas? ¿Pueden ser definidas como algo más que extractos de recuerdos trasplantados , velados por el tamiz del cansancio?

Explicaciones pueden haber muchas. Convincentes… ya lo verá cada cual.

Personalmente, creo que la causa de esta verdadera manía en que para mí se ha convertido el escribir de madrugada, la tiene la precariedad del concepto TIEMPO. Ya hablaremos de ello más adelante. Por ahora, DEBO transcribir estos hechos desde las sombras al papel, para evitar así, que el último sueño pos-amanecer me borre de la frágil memoria la sensación de asombro, y por qué no decirlo, de profunda desazón que han dejado en mí las palabras silenciosas de ELLA.

 

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El Tano me está matando. Así como suena. “No se debe jugar con fuego…” El Tano, quizás emulando al viejo Cerbando, se ha sacudido del lomo toda posible inscripción gráfica y ha resucitado, cual un Lázaro envuelto en vendas de papel hasta desprenderse de toda fantasía y dar los primeros pasos en este mundo real (o virtual).

Ayer, sin más, me ha hecho derramar lágrimas de angustia. ¿Angustia de qué? He allí el problema: no es porque él haya cruzado el límite incierto que demarca   (quiero creer que existe) el mundo real,  de lo que llamamos ficción. Al contrario, mi problema es a la inversa: es por no poder entrar YO a su mundo para recorrer los mismos senderos en los que él caminó hasta unos días atrás.

Se me ha clavado el Tano… aquí en el pecho, como una astilla dibujada con un lápiz acerado, y se ha incubado en mi cerebro como un gusano en capullo, a la espera de abrir las alas. Así me explico – o por lo menos, lo intento – de que hasta mis lágrimas ya no sean transparentes o incoloras: ahora son grises (no estoy soñando), y dejan unas aureolas terribles alrededor de mis ojos. Es más, si no pareciese algo totalmente descabellado, pensaría que tienen algo de… pelo… pelusilla tal vez, que hace que una vez al contacto del aire, no puedan secarse y esfumarse como cualquiera de ellas común y corriente. Estas no. Estas también se secan, pero, quedan adheridas a mi rostro de una forma que, aunque de suave no se siente, a mi espejo no le han podido pasar inadvertidas.

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Es noche. Una noche estival precursora de ardores de verano, y por el aire, sin censuras, resuena indomable el retumbar de los tambores rompiendo la cadencia propia de la música de las islas.
El baile se desata entre acordes de encordados y compases que gritan libertad: una libertad interior que se desborda desde adentro por cada poro de la piel, hasta electrizar los cabellos.

Es el apronte…

Yo sigo sola, en medio de una centena de gentes que no conozco y mientras acabo una lata de cerveza, rescato tu ausencia y la traigo a mi lado como anónima presencia.

¿Quién eres, hombre sin rostro?

Mil asomos y semejanzas encubren tu faz, mas…

tus ojos arden y padecen las brasas del deseo.

¿Qué buscas en mi espalda?

Tu mirada desnuda mi verdad.

¡Descúbreme de frente!, frente a la luna y al mar…

Podría nadar toda la noche en este hipnótico mar de cerveza

y mecerme a la deriva entre espumas de alcohol.

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