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Siete textos originales, en una presentación de plegado, es los que contiene este homenaje poético a la figura materna, escrito desde el fondo del corazón…

A modo de presentación:

 

A LA INVERSA

Este proyecto (más bien una deuda),  lo tenía en mi mente desde hace mucho. Por uno u otro motivo se fue quedando en espera; hasta que casi dos años atrás me vi inmersa en un período de retrospección, de desánimo y desencanto  como nunca había sentido hasta ese momento.  Con mayor razón, todos los íntimos planes  inherentes a literatura o exclusivamente personales quedaron guardados en la gaveta de “lo imposible”.  Hubo bastante tristeza en mi vida. La hubo, la hay, y creo siempre la habrá en mayor o menor medida, pero supongo no es culpa de nadie, sino, rasgos característicos de mi persona vaya una a saber heredados de quién.  Sin embargo, resulta imposible en ello obviar ciertos temas, y uno de ellos -tal vez el más importante-  está presente y es hilo conductor de esta manufactura literaria: las madres. Mi madre.

No es primera vez que trabajo en torno a su figura, a su nombre, a su memoria, a su falta. Y esta vez decidí aunar algunos textos poéticos y de narrativa que giraban en torno a su persona en un solo lugar: un pequeño libro “objeto” o de autor trabajado lo más manualmente posible. El cartón ayuda a ello, tal como los pinceles, las pinturas y/o accesorios a voluntad, mas, lo indispensable, es el imperecedero deseo de cercanía con el ser querido, con el comienzo, con el origen de nuestra vida (con el principio de nuestra muerte) y todas las emociones encadenadas que conforman su  devenir.

Y aquí estamos, madre…Tratando de ganarle a los años; a los recuerdos no recordados;  a la apatía que carcome el hueso y al desafío que supone desnudarse a través de las letras, nuevamente, en pos de ti. Todo valdrá la pena si con ello logro alivianar el espíritu en otro intento de remontar el río a la inversa, hasta  el refugio húmedo y tibio que nunca debí  abandonar.

¿Me esperas madre?

¡Ya voy!

Amanda Espejo

Quilicura / noviembre 2016

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Guanaqueros (Coquimbo – Chile), 9 de febrero de 2016

 

No sé si a consecuencia de enterarme, una vez más, de los apuros de C.M., o por los continuos movimientos de tierra que nos persiguen de sur a norte, el caso es que nuevamente, nítidamente, te haces presente donde de nada sirve: en mis sueños.

Mucho ha de haber removido esta ola de marejadas que afecta nuestro país, porque por primera vez, los he visto juntos a ambos. Y afecta. Mucho. Irascible -como soy en el fondo-  lo interpreto como otro burla del destino: nuevos estiletes que llegan a clavarse en mi corazón.

También yo me hallaba presente en el sueño. Elemento inservible, ya que la historia inconclusa solo atañe a dos personas: él y tú.

Los veía (nos veía) tan claramente, que todo me parecía cierto. Mi hijo ya adulto, comentándome acerca de ti sin saber quién eras; le parecías alguien entretenido, que le contaba algunos episodios pasados en los que él estaba incluido. Mientras lo escuchaba, trataba de mantener una sonrisa fija en mi rostro, como si nada turbulento hubiese tras esos fragmentos de tiempo ido. No sentía pena…quizás, cierto alivio al constatar que ¿por fin! De un modo u otro el acercamiento se había realizado.

Cosas de los sueños, ¡claro!, que todo lo entremezclan y son capaces de conformar historias más increíbles que las de cualquier narrador real.

Lo asumo: fue fuerte verte/verlos, cual el tiempo faltante hubiese desaparecido de un plumazo y vuestro breve encuentro actual fuese precursor o “llave” de una nueva era, en donde el apoyo y cercanía que siempre esperé de ti para él, se estuviese consolidando suavemente, sin palabras grandilocuentes, casi sin sonidos. Tan solo pequeños gestos, sublimados por bellos tonos de luz. Yo, ni muerta ni viva, me limitaba a observar la escena como si aquello fuese lo más natural del mundo, pero, al mismo tiempo, a sabiendas que cualquier desliz podría quebrar el encanto y hacer que todo cayera en la nebulosa de siempre.

La luz naciente. El romper de las olas. La puerta vecina. Un leve ronquido. Ladrido de un perro. Un toque de bocina. Hilillo de agua que escurre. La gota… la gota…

Una gota insistente, capaz de horadar hasta la piedra llana, ha conseguido desinflar este deseo viejo camuflado de sueño para dejarme, una vez más, este conocido amargor en la boca.

Ya despierta, nada puedo hacer para rearmar este cruel rompecabezas. Por ello, corro a buscar papel y lápiz para plasmar estas líneas para ti. Líneas que nunca llegarán a su destino, pero tienen el don de ayudar a descomprimir el peso que atormenta (ya tantos años) a este loco corazón.

 

 

Amanda Espejo

Guanaqueros / febrero – 2016

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Para pasar las horas de una tarde sofocante, cojo un cintillo roto y trenzo, (como antes) manojos de hilo torcidos sobre la curva de alambre.

Trenzo, madre, con el tejido de “mango”… ¿recuerdas? El que usabas para sellar las bolsas de compras, mismas que luego vendías para comprar el pan familiar.

Trenzo, y  en ello me transporto a la niñez perdida que todos quisiéramos olvidar.

Tú cortando las tiras plásticas, y nosotros, todo quien fuera capaz de mover los dedos, trenzando interminables sogas de colores que tus sabias manos anudarían para confeccionar una malla.

Yo, trenzando, pensando era un juego, algo para remontar las largas tardes aislada, sin derecho a salir de casa, jugar, o hacer amigas.

Los postigos entornados, encerrados todos por necesidad y capricho de él: tu compañero elegido.

¿Pensaste alguna vez en el daño causado, heredado sin miramientos a cada uno de tus hijos?

Pienso que no. Que la realidad se te extravió muchos, muchos años antes. Tal vez, en plena adolescencia: un par de trenzas largas enrolladas en tu cabeza, tratando de dar el “gran paso”, el mismo de tus hermanas y que tú nunca pudiste igualar.

Trenzo tal como te vi peinar mis trenzas escolares, antes de que él se antojara por cepillar mi cabello y las reemplazara por un cintillo.

Tú trenzas y yo trenzo.

Las tiras de plástico se amontonan mientras no dejo de mover mis dedos ágilmente, en muda competencia para ver si te gano. Si te ríes por ello. Si me dejas parar un momento y descansas conmigo.

Quiero abrirme para ti. Destrenzar las palabras de mis sueños y exhibírtelas en todo su candor.

Mas, no hay tiempo. La hermana pequeña pide su leche y llora por muda el hermano menor.

Tu orden (un machetazo) corta, una vez más, toda posibilidad de intimidad entre las dos.

Hoy, un día al azar, trenzo manojos de hilos de cáñamo sobre un cintillo viejo, y ese simple acto, de antiguos conceptos mancomunados*, desafía la línea de tiempo hasta traerte, nuevamente, junto a mí.

 

 

P.D.  Dijo, gente que nos conoce, no entender el porqué te escribo tanto.

¿Acaso no saben eres mi primer y último cable de arraigo a esta tierra?

 

 

 

*Conceptos ligados a la niñez: trenzas y cintillo.

 

Amanda Espejo

Quilicura / enero – 2016

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BAJO EL CIRUELO

Madre.

Madre, siempre.

Somos tus mujeres.

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TÉ PARA DOS

Algo duele. Entre clavícula, costilla y esternón algo se manifiesta, intermitente, al correr del día. Suele comenzar al alba, cuando para mi desgracia me desvelo en espera de que suene el despertador en la pieza del lado. Las siete, siete y cuarto, siete y treinta y este no suena. Casi comienzo a dar voces  cuando  mi propia alarma empieza a funcionar: no suena, no va a sonar porque no tiene por qué hacerlo.

El noticiero mañanero apaga las voces de alerta de cuerpo y mente. Todo parece normalizarse (a la fuerza) con la agenda diaria y se pudiera decir, paradójicamente, que descanso al tiempo de laborar.

La molestia retoma a medio día, y esta vez es perceptible haga lo que haga, hasta alcanzar su punto máximo en la cocina. ¿Cómo evitarla? Imposible.  No se me ocurre. Día a día pienso en una y mil tretas para soslayarla y nada ha resultado. Pongo música y me concentro en el quehacer rutinario y hasta canto según la canción de turno, pero…ese mueble, esos cajones llenos de cubiertos para poner la mesa  y sobre todo, los tenedores, ¿cómo evito los tenedores si hay tantos en la gaveta?  Nada más tomarlos y el dolor se dispara incontrolable. Sobran -me digo-, sobran tenedores en esta casa, como sobran cucharas, vasos y platos para una mesa en que no comen más que dos. Es ridículo –insisto- este manojo de cubiertos en mi mano, el exceso de pan sobrante y esta olla llena de comida la cual nos podría durar casi la semana ahora que él no está.

La jornada se desliza en un tira y afloja de intentos por ganarle a la rutina, y las horas pasan, y  llega la tarde, pero yo tengo mi propio horario que no avanza. Casi sin darme cuenta estoy de nuevo en la cocina. Abro el estante superior y allí está su tazón, ese del logo azul que tanto ama y… ¡Ay, Dios! No me salvo de ésta. El color azul siempre ha sido para mí sinónimo de tristeza, por lo tanto, era de esperar que el golpeteo del pecho se disparara -que acelera y no acelera-  como señal inequívoca de alarma.

-“¿Ya vamos a tomar onces? ¿Con qué quieres el pan?”

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PARÉNTESIS # 7

Apuntes de viaje:

LA ABUELA QUE GUSTABA DE BAILAR EN ALPARGATAS

Es increíble la cantidad de cosas que suele abordar tu cabeza cuando vas en tránsito de aquí para allá. El tiempo de viaje, cuando sale de lo cotidiano, ya no es tiempo “muerto” o perdido. Nuestra mente, relajada y a sabiendas del lapso de tiempo que en que obligadamente habrás de ir sentado mirando el entorno por la ventanilla, se da licencia para dispersarse a su antojo, cayendo casi en la golosinería, y te trae al presente un sinfín de detalles de tu pasado devenir.  Y entonces se divaga a gusto, sin premura. Se salta de un año a otro a través de múltiples lugares físicos o hitos emocionales  desde donde asoman, semiborrosos, los rostros de nuestras relaciones interpersonales.

En uno de esos viajes recientes y abriéndose paso sutilmente entre otras caras y situaciones, es que resucitó mi abuela, para implantarse cómodamente en el centro de mi pecho reclinado en una butaca sobre ruedas durante 24 horas.

¿Fue de ida o de vuelta? No estoy segura….lo único a decir es que mi abuela se llamaba Laura C. O., y fue la primera del trío de Lauras que, en distintas generaciones, han conformado el álbum familiar.

Abuela, madre y hermana. Se darán cuenta de que la secuencia no es perfecta ya que debería haber sido: abuela madre e hija, pero mi temor al sino trágico agregado al hermoso nombre, me impidió otorgárselo a alguna de mis tres hijas. ¿Por qué? Porque en nuestra historia, LAURA ha sido designio de sufrimiento, y mi abuela Laura, la primera en experimentar esas amargas lides.

Para Laura C. O. , nacida en 1904, estoy segura de que la vida ha de haber sido sinónimo de PÉRDIDA. Huérfana de madre  desde muy pequeña, pasó la mayor parte de su infancia interna en el Colegio de las Monjas XX, de cuyas dependencias sólo salió (antes de acabar el colegio) para casarse. Entre los catorce y quince años su padre, eternamente viudo, llegó a buscarla para presentarle a su futuro marido. Tal como la época lo dictaba, había que deshacerse luego de las hijas y colocarlas lo mejor posible antes de que algún percance no visualizado echara a perder “la mercancía” y sumiera a la familia al escarnio público. Julio S. M., un estudiante de veterinaria bastante mayor que mi abuela la llevó al altar, a la cama y a una vida llena de abusos y vejaciones  en un abrir y cerrar de ojos. Cuatro hijos logró conservar mi abuela del total parido. Los mismos que le fueron arrebatados sin misericordia ni segundas oportunidades por medio de una excusa barata cuando el emergente doctor quiso empezar otra vida con una compañera más acorde a su status.

A mi parecer (y no pretendo tener la razón) los cuatro hermanos (un varón y tres niñitas) nunca se recuperaron de esa traumante separación. La menor, Laura S. C. se llevó la peor parte.

¿Dios nos crea y el nombre nos junta?

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(Sólo algunas de las implacables  interrogantes)

¿Qué genera este proceso auto-destructivo?

Motivos subyacentes, pueden haber muchos, pero… ¿qué fenómeno los gatilla?

Lo pienso en un esfuerzo por llegar al instante preciso en que se inicia este proceso, creyendo tal vez, que al saberlo podría manejarlo de otro modo y en cierta forma, hacerlo menos dañino y más superable; pero, es inútil… a veces pienso que se trata de un TODO, formado de pequeñas partes, detalles ínfimos y dispersos dentro de una misma GRAN masa, que se van aunando de a poco, como parte de un proyecto común: el destruir; el voltear lo que haya erguido; el desmoronar lo compacto; en suma, atentar contra el individuo, en este caso, YO. Yo misma inmersa en un proceso recurrente, de años, de casi toda una vida: el auto-boicot.

 El auto-boicot tiene como significante, la propia invalidación.

¿A qué se debe o cómo se explica esto?

Toda mi parte racional sabe que NO DEBE SER, es más: que no tiene RAZÓN DE SER. Mas, es inútil, vuelvo a caer en lo mismo, a intervalos más o menos espaciados de tiempo. Da lo mismo. El tiempo entre los episodios da lo mismo. Lo que importa es la resaca que queda esparcida tras cada cambio de escena: soy YO. Son mis propios residuos los que contemplo, y a la vez, me contemplan con la tristeza de lo inexorable:

 El daño y su inseparable consecuencia: el dolor.

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