Posts Tagged ‘divagaciones’

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Buenos días o buenas tardes, o buenas noches, da lo mismo. El fondo no cambia.

Ilusa yo, soñaba con que este año sería más tolerable que el anterior, pero me doy cuenta solo expresaba un deseo. La realidad es otra.

Tú llegas, tristeza, y todo buen augurio sucumbe.

La intención se divorcia del acto y la mente deambula pendular, de un extremo a otro.

“Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa”.

Así reza una oración tradicional de los católicos, y así recé yo repetidas veces, golpeándome el pecho durante el rito a seguir en mis años escolares.

Así, inocente, repetí la letanía aún sin comprender del todo su significado, pero intuyendo algo amenazante se cernía sobre mi pequeña cabeza de siete u ocho años.

¿Fue allí que arribaste, tristeza

Me atrevo a afirmar que no, que fue antes, mucho antes.

Tal vez me acunaste en tu soporífera niebla desde el mismo saco uterino.

“Por mi culpa, por mi culpa…”

A pesar del importante lapso de tiempo que me separa de aquél momento, sigo, inconscientemente, repitiendo el estribillo desesperanzador, herencia de un legado patriarcal.

Innegablemente, si en aquél entonces no comprendía ni asumía el peso de la culpa, hoy aquello se ha magnificado a consecuencia de los errores cometidos.

Cómo quisiera poderme sacudir todo!

Errores propios y ajenos. Culpas. Remordimientos, fastidio, ira, desconsuelo. Mas, no alcanza una vida para ello.

Y sigo aquí, cada vez más aislada, girando apenas la rueda del molino mientras la molienda, cada vez más escasa, no es capaz de saciar el apetito del alma.

“Sobrevuelos” digo, cuando pienso en lo que hago, pero la verdad…diría que apenas camino.

 

Amanda Espejo, Quilicura/ abril – 2016

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Guanaqueros (Coquimbo – Chile), 9 de febrero de 2016

 

No sé si a consecuencia de enterarme, una vez más, de los apuros de C.M., o por los continuos movimientos de tierra que nos persiguen de sur a norte, el caso es que nuevamente, nítidamente, te haces presente donde de nada sirve: en mis sueños.

Mucho ha de haber removido esta ola de marejadas que afecta nuestro país, porque por primera vez, los he visto juntos a ambos. Y afecta. Mucho. Irascible -como soy en el fondo-  lo interpreto como otro burla del destino: nuevos estiletes que llegan a clavarse en mi corazón.

También yo me hallaba presente en el sueño. Elemento inservible, ya que la historia inconclusa solo atañe a dos personas: él y tú.

Los veía (nos veía) tan claramente, que todo me parecía cierto. Mi hijo ya adulto, comentándome acerca de ti sin saber quién eras; le parecías alguien entretenido, que le contaba algunos episodios pasados en los que él estaba incluido. Mientras lo escuchaba, trataba de mantener una sonrisa fija en mi rostro, como si nada turbulento hubiese tras esos fragmentos de tiempo ido. No sentía pena…quizás, cierto alivio al constatar que ¿por fin! De un modo u otro el acercamiento se había realizado.

Cosas de los sueños, ¡claro!, que todo lo entremezclan y son capaces de conformar historias más increíbles que las de cualquier narrador real.

Lo asumo: fue fuerte verte/verlos, cual el tiempo faltante hubiese desaparecido de un plumazo y vuestro breve encuentro actual fuese precursor o “llave” de una nueva era, en donde el apoyo y cercanía que siempre esperé de ti para él, se estuviese consolidando suavemente, sin palabras grandilocuentes, casi sin sonidos. Tan solo pequeños gestos, sublimados por bellos tonos de luz. Yo, ni muerta ni viva, me limitaba a observar la escena como si aquello fuese lo más natural del mundo, pero, al mismo tiempo, a sabiendas que cualquier desliz podría quebrar el encanto y hacer que todo cayera en la nebulosa de siempre.

La luz naciente. El romper de las olas. La puerta vecina. Un leve ronquido. Ladrido de un perro. Un toque de bocina. Hilillo de agua que escurre. La gota… la gota…

Una gota insistente, capaz de horadar hasta la piedra llana, ha conseguido desinflar este deseo viejo camuflado de sueño para dejarme, una vez más, este conocido amargor en la boca.

Ya despierta, nada puedo hacer para rearmar este cruel rompecabezas. Por ello, corro a buscar papel y lápiz para plasmar estas líneas para ti. Líneas que nunca llegarán a su destino, pero tienen el don de ayudar a descomprimir el peso que atormenta (ya tantos años) a este loco corazón.

 

 

Amanda Espejo

Guanaqueros / febrero – 2016

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CIERRO LOS OJOS

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Hay algo extraño en el aire. No sé si es dentro de este microbús (303, Quilicura) o afuera, envolviendo el largo ondular de la carretera Panamericana.

Pongo todo mi empeño en concentrarme en parte de lo que pasa tras la ventanilla: fábricas y más fábricas; casas viejas; alguna plaza antigua a medio extinguir, una que otra vulcanización  y paradero tras paradero se suceden sin que mi creciente ansiedad logre focalizar su causa.

¿Qué hace tu nombre aquí, anclado en mi pecho, en un momento así?

La parada frente a  Coproflor, deja entrar por puertas y ventanas un olor casi denso, aromas calientes a flores de todo tipo, afectas al inmenso calor de verano.

No puedo evitar hacer  correlación entre flor, cementerio y muerte. Cierro los ojos.

Pero…otra vez… Dime: ¿qué hace tu nombre a punto de desbordar mis labios?

Inquieta a más no poder,  abro los ojos.  A contraluz de los bellos tonos del atardecer, como un mal augurio, me impacta la nitidez de la cruz del Cerro Renca.

¿Una cruz? No puedo desconocer las coincidencias y en este momento, debo creer en ellas. Negarlo sería aceptar la posibilidad de tu triste partida.

Cierro los ojos: sigo viento la silueta de los maderos en cruz. Los abro.

Entonces sucede lo inexplicable: te veo, hombre-cometa, recortado contra el cielo del atardecer, brazos y piernas extendidos, en plena lasitud, entregado a una lenta pero inexorable ascensión.  Un cable que pende de tu tobillo se mece suavemente con el viento. Arrebatada, me alzo para agarrarlo en un loco intento por detenerte, por conservarte aquí, en el mundo de los mal llamados vivos, pero es inútil: una y otra vez mis esfuerzos se ven frustrados. No te alcanzo.

Y grito. Grito muy fuerte pensando hacerme notar: ¡Detente hombre-cometa! No puedo soportar tu partida. No soy capaz porque, aún peor que tu fuga, me es insoportable la certeza de que no puedo hacer nada con respecto a ti. QUE NUNCA PUDE HACERLO.

Dentro de mi cabeza, las letras de la palabra “nunca” se agigantan lo indecible, hasta que mis sienes parecen estallar de dolor.

Abro los ojos para dejar de verlas y, efectivamente, desde la ventanilla, nada veo,  excepto el mismo cúmulo de tierra que va quedando atrás, y un desfile de nubes rosa y violeta que se niegan a sucumbir al gris.

Me convenzo: todas estas visiones son  producto de la modorra. Culpa de la ola de calor. Consecuencia de un largo viaje de regreso a casa en la hora peak. Y tú  -me reafirmo- nunca estuviste elevándote ante mis ojos.

Este último pensamiento inunda mi pecho de tanta paz, que no deseo ver nada nuevo que me perturbe.

Vamos llegando al trébol de Panamericana. Consciente de ello, cierro mis ojos con fuerza y concentro toda mi atención en contar los cuatro paraderos que faltan para acabar mi viaje.  Pasado el tercero, abro los ojos y me apronto a bajar.

Ya es noche, y ella se ha tragado hasta la última de las nubes. Su tonalidad pareja tampoco permite distinguir en lo alto nada más que algunas estrellas. Curiosa, igual alzo la mirada para confirmar que no hay nada anormal. Una media luna lejana es lo más que resalta en el plano oscuro. La observo para saludarla como siempre hago y allí, colgando de una de sus puntas, creo ver un colgando un largo hilo que nace de una mancha irregular más grande y oscura que las que se suelen ver.

Quedo absorta. En un gesto instintivo, los dedos de mi mano se alzan sobre mi cabeza.

¿Es… que… podría ser…?

Temblando, cierro los ojos y apuro el paso.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura / enero – 2016

 

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(Alcance particular sobre el oficio de escribir)

Cuesta tanto escribir…darse el tiempo para ello en el momento justo que la emocionalidad lo requiere. Cuesta, porque cuando ello sucede, generalmente estamos inmersos en la estructura diaria y el tiempo para brindarnos un paréntesis es escaso o nulo. Más aún si de inspiración se trata: los destellos de ésta, los caprichosos guiños que nos brinda a través de una imagen, palabra o hecho, suelen ser tan breves como valiosos. Nos dejan -como flores en las manos- un concepto, una frase (tal vez el esbozo de un verso), junto a la urgencia de expresarnos en el momento mismo, ese que nos es siempre esquivo en horas o minutos que nos permitan verternos sobre el papel.

¿Falta de rigor del escribiente? Puede ser. Y seguramente lo es para quien escribe formateado por el hábito; para quien, pudiendo hacerlo,  plantea las horas de su día de modo que le permita retirarse al santuario de su escritorio, sagradamente, para labrar el fruto deseado; mas, para el poeta, nada de ello valdría sin el sentimiento: aquél que logra el equilibrio perfecto entre idea, inspiración, oficio y sentir.

Así como llega, el asomo de un poema se puede evaporar en un dos por tres si alguno de estos factores no se conjugan debidamente. Podrán rebatirme, lo sé, y estarán en todo su derecho, ya que cada cual funciona por su método, pero, lo aseguro, cantidad más o menos de escritos apilados no certifican poesía.  Ésta no depende de un asueto de reloj. No se mecaniza como crónica ni cuento breve. En ella no basta el dominio de un extenso vocabulario ni el sabio manejo de los recursos literarios. Un ojo atento, el acontecimiento actual, la denuncia precisa y hasta el lamento amoroso, tal como la vieja alquimia, necesitan de la piedra filosofal que convierta todo aquello en lo que ansiamos. Esta piedra es la emocionalidad, la capacidad de sentir, sin barreras predispuestas, que cada cual contenemos dentro de sí. Sin ella, todo escrito, por novedoso o perfecto que sea en su sintaxis, se percibirá frío; se leerá, tal vez, de un tirón y satisfará seguramente a nuestro intelecto, mas, nuestra sensibilidad permanecerá intacta, y luego de un par de días no conservaremos nada de lo leído o escuchado, excepto, quizás, un leve recuerdo de que  “no era malo”.

Escribo esto, robándome una fracción de tiempo frente al teclado. Una, que si bien me permite esbozar este comentario, no consta de lo requerido para dedicarla a sintonizar las vibraciones necesarias para crear poesía. No podría. Ella, por muy manoseada que esté, merece todo el respeto de mi parte.

¡Y quién soy yo para pensarme poeta!  No más que un ser humano en honesta y eterna búsqueda.

 

Amanda Espejo

Quilicura/ enero – 2016

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Para pasar las horas de una tarde sofocante, cojo un cintillo roto y trenzo, (como antes) manojos de hilo torcidos sobre la curva de alambre.

Trenzo, madre, con el tejido de “mango”… ¿recuerdas? El que usabas para sellar las bolsas de compras, mismas que luego vendías para comprar el pan familiar.

Trenzo, y  en ello me transporto a la niñez perdida que todos quisiéramos olvidar.

Tú cortando las tiras plásticas, y nosotros, todo quien fuera capaz de mover los dedos, trenzando interminables sogas de colores que tus sabias manos anudarían para confeccionar una malla.

Yo, trenzando, pensando era un juego, algo para remontar las largas tardes aislada, sin derecho a salir de casa, jugar, o hacer amigas.

Los postigos entornados, encerrados todos por necesidad y capricho de él: tu compañero elegido.

¿Pensaste alguna vez en el daño causado, heredado sin miramientos a cada uno de tus hijos?

Pienso que no. Que la realidad se te extravió muchos, muchos años antes. Tal vez, en plena adolescencia: un par de trenzas largas enrolladas en tu cabeza, tratando de dar el “gran paso”, el mismo de tus hermanas y que tú nunca pudiste igualar.

Trenzo tal como te vi peinar mis trenzas escolares, antes de que él se antojara por cepillar mi cabello y las reemplazara por un cintillo.

Tú trenzas y yo trenzo.

Las tiras de plástico se amontonan mientras no dejo de mover mis dedos ágilmente, en muda competencia para ver si te gano. Si te ríes por ello. Si me dejas parar un momento y descansas conmigo.

Quiero abrirme para ti. Destrenzar las palabras de mis sueños y exhibírtelas en todo su candor.

Mas, no hay tiempo. La hermana pequeña pide su leche y llora por muda el hermano menor.

Tu orden (un machetazo) corta, una vez más, toda posibilidad de intimidad entre las dos.

Hoy, un día al azar, trenzo manojos de hilos de cáñamo sobre un cintillo viejo, y ese simple acto, de antiguos conceptos mancomunados*, desafía la línea de tiempo hasta traerte, nuevamente, junto a mí.

 

 

P.D.  Dijo, gente que nos conoce, no entender el porqué te escribo tanto.

¿Acaso no saben eres mi primer y último cable de arraigo a esta tierra?

 

 

 

*Conceptos ligados a la niñez: trenzas y cintillo.

 

Amanda Espejo

Quilicura / enero – 2016

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Sólo Amanda

“Cuéntale a tu corazón que existe siempre una razón, escondida en cada gesto…”

 

Así expresa Serrat en “Sinceramente tuyo”, Tano, y me resulta tan difícil concentrarme en la letra de su canción…Tras el muro de al lado, como siempre, las conversaciones ruidosas, llenas de ordinarieces, emergen salpicadas de risotadas intermitentes que hieren la delicadeza del poeta.

Ellos no saben, NO pueden saber de poesía.

Menos todavía de la profunda nostalgia que precede a la creación.

Hace mucho no te escribía, ¿recuerdas? Creo que hubo una misiva 1 y otra 2. De allí a estos garabatos, mucho. Mucho de todo.

Y en el fondo de esta dispersión, NADA.

NADA, Tano. Ni siquiera tu hombro para llorar.

Al parecer, no se puede llevar la contraria al destino, y el mío, es innegable, es permanecer en medio de la gente eternamente sola.

No culpo a nadie ¿sabes? Hay en ello una mezcla culposa de todos y de nadie.

Ambigua.

Como siempre.

Como nunca he dejado de ser.

Como tú mismo, Tano…no lo puedes desconocer: siempre al borde de, y paralelamente, con el traste en el rincón.

Así no hay caso. Y al decir “no hay”, puedo conjugarlo en todos los tiempos: no hay, no hubo y no habrá. Tu misma soledad es la que te protege. ¿De qué?

De vivir, diría yo.

De sufrir, dirías tú.

Mientras tanto, este verano que no da tregua. Todo está sofocante, y me asusta, Tano…me asusta ver cómo hasta la ínfima hoja del viejo árbol de enfrente parece quedar suspendida entre el ser y no ser, inerte, sin aliento, sofocada de calor y de miedo.

¿Miedo a qué?

Obvio, Tano, miedo a que esa inmovilidad forzosa a que la condena la falta de viento, pueda devenir en una muerte sesgada, de “refilón”, malévolamente leve, cual el paso furtivo a otra dimensión.

¿Qué cómo lo supongo?

No lo supongo, lo sé: porque también soy un poco árbol, también tengo raíces que (como tú) pretendo ignorar ante la incapacidad de comprenderlas.

Hace un calor agobiante esta tarde, Tano. Sudo copiosamente mientras algo pegajoso se infiltra en cada poro, cada partícula de aire, cada rincón del cuarto, y hasta en medio de las notas de las canciones que emite el estéreo.

Todo está espeso.

Serrat ya ha sucumbido ante el peso de esta densidad, misma que se pega a las cuerdas de guitarra de Paco de Lucía y entorpece la virtuosidad eterna de sus dedos.

Yo también sucumbo, Tano, y boqueo enfermizamente queriendo atrapar a un tiempo el aire, la música, tu nombre y el frescor de los recuerdos que quedaron atrás.

Es noche. Un leve soplo comienza a despertar.

Yo, aun en medio del vaho caliente de mis sueños… te extraño.

 

Amanda Espejo
Quilicura / Febrero 2015

SINCERAMENTE TUYO

No escojas solo una parte
tómame como me doy
entero y tal como soy
No vayas a equivocarte

Soy sinceramente tuyo
pero no quiero mi amor
ir por tu vida de visita
vestido para la ocasión
Preferiría con el tiempo
reconocerme sin rubor

(Estribillo)
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto
del derecho del revés
uno siempre es lo que es
y anda siempre con lo puesto
Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio

Y no es prudente ir camuflado
eternamente por ahí
ni por estar junto a ti
ni para ir a ningún lado

No me pidas que no piense
en voz alta por mi bien
Ni que me suba a un taburete
si quieres probare a crecer

(Estribillo)
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto
Del derecho y del revés
uno es siempre lo que es
y anda siempre con lo puesto
Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio

Joan Manuel Serrat

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Acabo de leer un microcuento de mi amigo Arjex, y su temática me deja reflexionando sobre algo que día a día ronda mi cabeza sin parar. ¿En qué hemos convertido este mundo y en qué forma lo entendemos y valoramos? Que no parezca una pregunta de cliché, al contrario, hoy por hoy se hace más urgente que nunca nos tomemos el tiempo de pensar y repensar nuestra visión al respecto y acciones derivadas de aquello.

De que estamos hechos unos salvajes, lo estamos. Y no me vengan a contradecir a la ligera los pacifistas o positivistas de siempre. Aquí no se trata de aseverar que no hay gente buena o de que todos somos unos carajos, sino, de la genuina preocupación ante la liviandad de los estilos y de vida y la falta de valores que ello propicia y estimula. Nunca he sido una “tonta grave”, pero la verdad…es que asusta mirar nuestro entorno. Tanto, que a veces me siento insegura de sólo caminar por las calles, tomar un microbús, o decidir si es conveniente conocer- añadir nuevos integrantes para aumentar nuestro entorno social.

Por ejemplo: en un ambiente X, tú conoces un hombre (o mujer, o más de uno) simpáticos en su modo de ser, y con los cuales parecieras tener más de un punto de afinidad en esto o aquello. Todo marcha bien durante el primer tiempo y tú te alegras de tener otros interlocutores para conversar sobre eso u lo otro. Esto dura hasta que no se toquen ciertos temas que parecieran ser corrientes, pero resultan más peligroso que un avispero: políticos, religiosos y valóricos, pues, hasta las amistades más queridas suelen dejar “la escoba” cuando nos atrevemos, como sociedad, a poner sobre la palestra temas como los enunciados. ¿Por qué? Sencillamente, porque en esta “era”, se suele hacer gala de la sinceridad demostrando respeto omiso por “el otro”, es decir, si se quiere hablar de “las gordas”, importa un pepino que una de nuestras amigas (o conocida), casi mórbida, esté dentro del ruedo de conversación. Nada. Lo que importa es destacar, alzar la voz, y subir el tono de las opiniones hasta que la pedantería contamine todo el momento y lugar. Sucede lo mismo si el tema es el pueblo mapuche, los curas pedófilos, los candidatos a elecciones de turno, los profesores “que no enseñan”, los alumnos “que no aprenden”, la libertad sexual, el destape homosexual, la discriminación, etc., etc. TODO, o mejor dicho, en todo tema surge una controversia que debiera ser sana y hasta enriquecedora para el resto del grupo sino fuera denigrada por las personalidades que avasallan sin piedad a quienes les rodean.

Mi duda es: ¿lo hacen de forma consciente o inconsciente? Siempre lo he dudado. Y es que por lo regular son gente conocida, que ya saben más o menos lo que piensa cada cual y, por lo tanto, podrían exponer sus puntos de vista sin ofensas verbales a quienes no piensen como ellos.

Me pregunto… ¿por qué ese afán de los seres humanos en querer ser dueños de la verdad absoluta? No lo entiendo. Pienso que cada cual tiene su propia experiencia, perspectiva y, gracias a esa sumatoria, una “verdad” -objetiva para él, subjetiva para el resto- que compartir con los demás. Eso debería ser suficiente, y si dentro de este grupo opinante hay quienes coinciden con nuestra opinión, ¡estupendo!, sino, no importa: en ello radica el respeto a la DIVERSIDAD.

NO COMPARTO TU OPINIÓN, PERO LA RESPETO. TE PIDO, RESPETA LA MÍA.

O…TODA LIBERTAD ACABA CUANDO AFECTA LA LIBERTAD DE OTROS.

Eso, porque no hay nada más latero que aquellos que, postulando una idea, postura o cruzada en general, tratan por todos los medios de convencerte. ¿No entienden que es una falta de respeto? Es como si te dijeran: “escucha pobrecita mortal: esta es la verdad, lo sabio, lo conveniente, lo que debes pensar y hacer si quieres ser evolucionado como yo”. ¡Puff! Resulta que aquí no estamos hablando de asesinar a alguien, de robarle sus pertenencias ni nada por el estilo. Generalmente los temas son las desigualdades de género, tu color político, tu credo, y hasta lo que comes. ¿No es demasiado?

Algunas de las “máximas sutiles” que he recibido últimamente de mi círculo amigable son:

• Los hombres valen “callampa”.
• No escribir poemas de amor (menos a ellos).
• Hay que bailar cueca “chora”, la otra es fascista. (¡Plop!)
• Tengo que estar a favor del aborto “porque soy mujer”. (Otro ¡plop!)
• No debo comer carne. No asesinar a los animales. (Razonable, no impositivo)
• No a los credos. La religión adormece la razón. (La demagogia la adormece más)
• Todos los pobres son buenos. Todos los ricos son malos. (Qué fácil)
• Todos los curas son pedófilos. (Igual de fácil).

Y suma, y sigue.

La verdad, cuesta mucho mantener la calma y los buenos modales entre tanta estupidez; porque para mí es estúpido y abusivo que alguien niegue a otro el derecho de discernir por sí mismo (cuando no hay daño de por medio). Peor aún, que intente convencerme a la fuerza. Ello, lo único que provoca es el alejamiento y mi miedo creciente hacia esta sociedad que no supo enfrentar el cambio económico y tecnológico que globalizó todo el planeta. Nos pusimos tontos. Involucionamos, como primates asustados de tener al alcance de la mano tanta herramienta sin su estudio previo. Nos pensamos más y somos menos, y el temor que me provoca este razonamiento es llegar a un futuro no muy lejano tal como el que grafica con su palabra Arjex, en su cuento: “Desde el Espacio”. Gracias amigo.

http://arjex.blogspot.com/2013/10/desde-el-espacio.html

Amanda Espejo
(Meditabunda. Recluida en Quilicura, una tarde de Octubre – 2013)

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