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CIERRO LOS OJOS

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Hay algo extraño en el aire. No sé si es dentro de este microbús (303, Quilicura) o afuera, envolviendo el largo ondular de la carretera Panamericana.

Pongo todo mi empeño en concentrarme en parte de lo que pasa tras la ventanilla: fábricas y más fábricas; casas viejas; alguna plaza antigua a medio extinguir, una que otra vulcanización  y paradero tras paradero se suceden sin que mi creciente ansiedad logre focalizar su causa.

¿Qué hace tu nombre aquí, anclado en mi pecho, en un momento así?

La parada frente a  Coproflor, deja entrar por puertas y ventanas un olor casi denso, aromas calientes a flores de todo tipo, afectas al inmenso calor de verano.

No puedo evitar hacer  correlación entre flor, cementerio y muerte. Cierro los ojos.

Pero…otra vez… Dime: ¿qué hace tu nombre a punto de desbordar mis labios?

Inquieta a más no poder,  abro los ojos.  A contraluz de los bellos tonos del atardecer, como un mal augurio, me impacta la nitidez de la cruz del Cerro Renca.

¿Una cruz? No puedo desconocer las coincidencias y en este momento, debo creer en ellas. Negarlo sería aceptar la posibilidad de tu triste partida.

Cierro los ojos: sigo viento la silueta de los maderos en cruz. Los abro.

Entonces sucede lo inexplicable: te veo, hombre-cometa, recortado contra el cielo del atardecer, brazos y piernas extendidos, en plena lasitud, entregado a una lenta pero inexorable ascensión.  Un cable que pende de tu tobillo se mece suavemente con el viento. Arrebatada, me alzo para agarrarlo en un loco intento por detenerte, por conservarte aquí, en el mundo de los mal llamados vivos, pero es inútil: una y otra vez mis esfuerzos se ven frustrados. No te alcanzo.

Y grito. Grito muy fuerte pensando hacerme notar: ¡Detente hombre-cometa! No puedo soportar tu partida. No soy capaz porque, aún peor que tu fuga, me es insoportable la certeza de que no puedo hacer nada con respecto a ti. QUE NUNCA PUDE HACERLO.

Dentro de mi cabeza, las letras de la palabra “nunca” se agigantan lo indecible, hasta que mis sienes parecen estallar de dolor.

Abro los ojos para dejar de verlas y, efectivamente, desde la ventanilla, nada veo,  excepto el mismo cúmulo de tierra que va quedando atrás, y un desfile de nubes rosa y violeta que se niegan a sucumbir al gris.

Me convenzo: todas estas visiones son  producto de la modorra. Culpa de la ola de calor. Consecuencia de un largo viaje de regreso a casa en la hora peak. Y tú  -me reafirmo- nunca estuviste elevándote ante mis ojos.

Este último pensamiento inunda mi pecho de tanta paz, que no deseo ver nada nuevo que me perturbe.

Vamos llegando al trébol de Panamericana. Consciente de ello, cierro mis ojos con fuerza y concentro toda mi atención en contar los cuatro paraderos que faltan para acabar mi viaje.  Pasado el tercero, abro los ojos y me apronto a bajar.

Ya es noche, y ella se ha tragado hasta la última de las nubes. Su tonalidad pareja tampoco permite distinguir en lo alto nada más que algunas estrellas. Curiosa, igual alzo la mirada para confirmar que no hay nada anormal. Una media luna lejana es lo más que resalta en el plano oscuro. La observo para saludarla como siempre hago y allí, colgando de una de sus puntas, creo ver un colgando un largo hilo que nace de una mancha irregular más grande y oscura que las que se suelen ver.

Quedo absorta. En un gesto instintivo, los dedos de mi mano se alzan sobre mi cabeza.

¿Es… que… podría ser…?

Temblando, cierro los ojos y apuro el paso.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura / enero – 2016

 

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UN TOQUE ORIENTAL

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Recién salida del baño y sin más que una toalla envolviendo su cabello, Ángeles Martí se paró frente al espejo de su cuarto y miró atentamente su cuerpo mojado… el pezón moreno entre los dedos, sus largas piernas ligeramente curvadas, su mano alba cortando en dos el vello de su pubis, sus labios enrojecidos y hambrientos y sus ojos de animal en celo brillando tanto o más que el cristal que los contenía. Ahí, por lo desmesurado de su brillo, Ángeles supo que esta vez ella necesitaba algo más de lo acostumbrado y que, seguramente, lo había ansiado desde siempre. La evocación de una figura tan grácil y veloz como una gacela pasó por su mente: Bernardette.

– Bernie…- murmuró en voz baja, como le gustaba llamarla.

Ángeles no quiso sustraerse a la dulzura del nombre evocado: un olor semidulce a sexo limpio. Decidida, comenzó a vestirse con prisa.

A las doce menos cuarto, Ángeles estacionó su auto frente a la numeración correcta, cruzó el umbral y subió a pie y sin prisas los tres pisos del edificio tocando la puerta del 303 con decisión. Nueve segundos transcurrieron antes de que esta se abriera.

– Ángeles… ¡qué bella sorpresa! Pensaba que ya no vendrías.

– Buenas noches Bernie. Sí, estoy aquí

– Me alegro. No sabes cuánto.

El ligero beso de saludo se quedó prendido en la mejilla de Ángeles mientras esta le preparaba algo de beber.

– Te prepararé algo dulce – ofreció Bernardette -, sé que te gusta. Y le ofreció una copa media de un líquido lechoso y ámbar.

– Si, me encanta. Sobre todo en ocasiones como ésta.

– Cómo ésta?

– Si, como ésta.

El tono suave y sugerente de la voz de Ángeles, provocó a la joven un placentero hormigueo a raíz de cuero cabelludo.

– Brindemos entonces – insistió Ángeles-, por ti, por mí y por lo que dejamos sin terminar, ¿o no?

Acto seguido, miró fijamente a Bernardette. Su pelo lacio y suave cayendo a ambos lados de su cara de niña; sus ojos claros, casi como el agua, sin malicia alguna; sus labios finos y tan bien dibujados que no necesitaba de retoque alguno, y ese olor… aquella áurea dulce que envolvía cada uno de sus gestos…

– Sí – afirmó con fuerza -, por lo que dejamos sin terminar. Y porque nunca más dejemos nada a medias.

No más de dos sorbos fueron capaces de beber antes de desechar ambas copas. Un abrazo intenso selló el acuerdo entre ambas. En el instante que Ángeles olió el cuello de la muchacha supo que era eso lo que andaba buscando. Hundió su rostro en la concavidad ansiada y lo besó suavemente, como un anticipo de lo que vendría. Las manos de Bernardette le ayudaron a despojarse del vestido y ante la visión de sus senos a través del encaje, atrevidas, se posaron sobre ellos en caricias circulares. Esta vez fue Ángeles la que se desabrochó rápidamente el sostén ofreciendo todo su contenido. Bernardette se sacó la camiseta quedando desnuda de la cintura hacia arriba. Era de talle delgado, delgadísimo, y sus pechos eran tal como Ángeles los había imaginado: como los de una adolescente.

– Eres bella – le dijo a Bernardette – tan delicada como un exagrama chino.

– ¿De veras te gusto? – inquirió ella, al tiempo que se acariciaba las puntas de los senos hasta elevarlos, como dos botones en rosa.

– ¡Me encantas¡ – Y Ángeles acercó sus labios a los pezones erectos de Bernardette, succionando uno y otro mientras la joven se retorcía de placer.

– ¡Ahora quiero yo!

Bernardette se prendió al seno izquierdo de Ángeles como si en ello le fuera la vida, chupando y mordisqueando como un animalito hambriento. Un fluido de humedades calientes inundó el entrepiernas de Ángeles. Ella misma le quitó el seno y le metió el otro en la boca.

– ¡Hazlo!, hazlo así, fuerte, por favor…lo más que puedas -.

Nunca, nunca había podido ella encontrar un hombre que la chupara con ganas. Las más de las veces, no pasó de un simple baboseo entrecortado. No lo sabían ellos, no sabían cuánto le excitaba a ella ese chupeteo animal, secuela de los impulsos atávicos que subyacen bajo la superficie de los seres civilizados. Bernardette fue bajando por su cuerpo mientras su lengua fina dibujaba húmedos senderos oblicuos sobre el vientre de Ángeles, hasta hundirse en su entrepiernas. La lengua de la muchacha, lenta y sabiamente, se abrió paso hasta sumergirse el sexo caliente de ella y comenzó a lamerla como un animalito desvalido lame la palma de su ama. Un rito –pensó-, ella hace un rito de todo.

– Me desordenas, amor…- Y con un gemido se encorvó sobre la espalda de Bernardette hasta quedar prendidas en un abrazo inverso y converso. No más de cinco segundo hubieron de transcurrir hasta que ambas se incorporaron dirigiéndose a tropezones hasta el dormitorio.

La cama de Bernardette estaba casi en el suelo. Una especie de remedo oriental predominaba en la habitación y todo aquello le pareció a Ángeles algo mágico y decidor, un signo de que su encuentro estaba predestinado desde hace siglos por los dioses o divinidad que fuese, pero eso era: lo estaba viviendo y sintiendo hasta en la más ínfima partícula de su ser.

Tendida de espaldas, por un momento recreó su vista en el delgado cuerpo que, a horcajadas sobre ella luchaba por obtener placer refregándose sin pudores sobre ella. La observó embobada por el áurea animal que adquiría la fina mujer que ella conocía, ante la necesidad de placer sexual. Era….casi una púber – le parecía – y ello estimuló más aún su deseo ayudándola con ambas manos en las caderas para que el movimiento fuese más fuerte y acompasado. Todo el flujo de Bernardette caía sobre el vello tenue de Ángeles. El sentir aquella humedad viscosa la hizo desembocar, sin poder evitarlo, en un orgasmo dulce y terrible a la vez. Lo presentía: faltaba mucho más todavía. Bernardette se inclinó sobre ella y bajo hasta lamer de nuevo su sexo, esta vez , jugoso de ambos fluidos, luego se dio vuelta y montó sobre ella dándole la espalda para luego resbalar lento muy lento, hasta quedar ambas con el sexo de la otra a su alcance.
Ángeles había vivido mucho, no cabía duda, pero nunca se soñó lo que sentía en ese momento, al ver la raja íntegra de Bernardette frente a sus ojos, a su nariz, a su boca. El olor de la muchacha le incendió el resto de los sentidos y usó su nariz para frotar y dar placer a la hembra que tenía sobre ella, mientras la otra hacía lo propio. Agarrada con una mano en cada nalga de la muchacha, las apretaba como queriendo exprimirles un néctar exquisito, y eso era lo que lograba, sólo que en el sexo de Bernardette.

La nariz, la lengua y todo el rostro fue el que metió Ángeles en el surco abierto que tenía frente a sí., y un espiral de voluptuosidad la atrapó sin retorno mientras sentía su clítoris erecto estallar debido al sabio lengüeteo de Bernardette. Un grito compartido fue lo que brotó de sus gargantas, y una lasitud increíble, como si todo la vida se hubiese evaporado en aquel aullido de triunfo, las inundó por completo. A duras penas volvió Bernardette a recostarse en la almohada, a su lado, y en su rostro empapado de transpiración y otras humedades, una felicidad sin límites permitía prever que todo lo que Ángeles había disfrutado, fue compartido.

– “Nada – pensó Ángeles antes de adormecerse junto a su compañera –, absolutamente nada es comparable a esto, a esta forma de brindar y lograr placer. Nunca fui tan feliz de sentir MI propio olor de hembra frente a mi cara, de poder lamerme a mí misma, de chuparme, de exigirme, de sentir todo lo que siempre había querido, pero buscado en el sitio equivocado. Los hombres… (y un rictus de desprecio tensó por un segundo su boca), los hombres no saben lo que se pierden y lo que es peor, no les interesa saberlo”.

El suave olor a sándalo y jazmín que brotaba del perfumero oriental, la envolvió a la par que el delgado brazo de Bernardette en su cintura, y ella, la sensual y experimentada mujer que llegó a ser en el transcurso de sus años, sencillamente se durmió confiada, como una niña junta a la muñeca de loza de sus juegos infantiles. Esta vez, el objeto de sus amores se apodaba Bernie, y era tan grácil como una gacela capturada entre los quebradizos pliegues de papel de un abanico chino.

 

Amanda Espejo

Quilicura – 2010

 

Texto participante (como Armanda Hesse)

del Tercer Concurso de Relatos Eróticos : ¡Ay qué gusto!

 

Visitar sitio en el siguiente enlace:

http://www.ayquegusto.com/es/noticias/2014/08/18/relatos-eroticos-un-toque-oriental

 

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ORIGAMI

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(Anoche volé sobre una pajarita de papel)

 

Si me hubiera planteado un mes atrás escribir algo sobre mi trabajo, les juro que me hubiera reído, amargamente, de pura frustración. ¿La razón? Tengo un trabajo rutinario, tan sin importancia -a mi parecer-, que muy dentro de mí (lo reconozco), me avergüenza hablar de ello. ¿Qué qué es lo que hago? Hago bolsas de papel. Envases, en realidad: sobres, cajitas, en fin todo lo relacionado con envolver un determinado producto. Lo hago en casa, sola la mayor parte del tiempo, y día tras día mis dedos aprietan, doblan, sujetan y pegan crecientes rumbas de papel de todas tallas y colores. Es tanto lo mecánico de mi actuar, que sin quererlo tiendo a doblar cada papel que llega a mis manos. Por ejemplo, cuando saco una bolsita de té, mientras dura el tiempo en que lo bebo, mis dedos plisan y plisan el papel del envase abierto como un pequeño abanico que luego, si lo aprieto al centro, puede verse como una mariposa de origami.

Origami. Allí reside el suceso ¿o milagro? que cambió la concepción que tenía acerca de mi trabajo y de lo poco emocionante de este. Sucede que anoche…. Anoche, volé sobre una pajarita de papel. ¿Cómo? No lo sé; el caso es que sin planearlo siquiera, salí al encuentro de los amaneceres estancados. No me formulé muchas preguntas – cosa extraña en mí -, sólo me dejé llevar hacia dónde la singular figurilla me quisiera llevar. Por de pronto, ella no batía las alas y me admiré de ello por un instante (o ¿unas horas?), mas luego me di cuenta de que estaba impedida de hacerlo, pues la meticulosidad de sus dobleces se hubiera deshecho a causa del vuelo, y con eso, hubiera dejado de ser. También me causó extrañeza el que yo pudiera distinguir tan claramente los pliegues y textura de su papel color hueso. Ahí caí en cuenta de que había luz – no tan clara cómo el día -, una luz apenas insinuada con el frescor de las promesas. ¿Sería tal vez el amanecer? No, tampoco podía serlo. Un antiguo reloj de pared que colgaba de ninguna parte me hizo ver que eran las cuatro y cuarto de la madrugada.

“No quiero pensar…” Irónicamente, lo pensé-. Y seguí dejándome llevar por el tranquilo vuelo de origami. Ella, la pajarita, parecía saber bien que hacer. Como no podía batir sus alas, subía en forma oblicua hasta una altura considerable y luego se dejaba caer planeando, a merced del viento, sin, a pesar de ello, perder la seguridad de su rumbo. Planeaba hasta muy cerca del suelo, hasta casi rozar las copas de los árboles, en cuyo follaje, el viento también parecía haberse estancado: todas y cada una de sus hojas permanecían estáticas, a la espera del impulso que las despertara al movimiento. Traté de no considerar la tensión reinante entre las ramas de los árboles estancados y no tardé mucho en ver ante mis ojos, las casas de los hombres.

” No entiendo…” – pensé, mientras nos acercábamos -. Éstas, a pesar de contar con la techumbre de rigor, nos permitían mirar lo que pasaba dentro de ellas. Digo “nos permitían”, pensando en mi guía, pues, aunque me fue imposible descubrir en ella algunos puntos oscuros que asemejaran un par de ojos, daba muestras de gozar a su antojo del sentido de la orientación.

“Las casas de los hombres – pensé de nuevo, mientras la desilusión me embargaba -. Yo lo que quiero es encontrar los amaneceres”. Sin embargo, ella persistía en su sobrevuelo vuelo plano cada vez más cerca de ellos. No me quedó otra cosa, que poner atención. Ahí me pude percatar que dentro de sus casas el tiempo también se había estancado, pues ellos permanecían en tal o cual actitud en forma recurrente. Es más, se aferraban a ello como única forma de existir.

“El tiempo – afirmé -, otra vez es cosa del tiempo”. Porque, sin poder evitarlo, lo asocié a los cu-cu de los relojes, que repiten una y otra vez una acción predeterminada, pues es lo único que pueden hacer; están hechos para ello y es lo que los conduce a ser. Efectivamente, todos y cada uno de estos hombres se aferraba a una acción predeterminada para hacer de ello el eje de sus vidas. Había quién ponía todo su empeño en el trabajo y así, inmerso en el interminable quehacer de sus también inacabables labores, llegaba a ser parte del tiempo estancado dentro de sus cuatro paredes.
Otros se dedicaban a la excelsa tarea de adquirir conocimientos y así, aprendían todo lo que pudieran tener a su alcance, para, de este modo, convertirse en indispensables a su entorno y requeridos por sus semejantes. Obviamente, absortos en tan basta misión, lograban con facilidad ser parte del tiempo estancado dentro de sus cuatro paredes.

Varios de ellos (artistas, se decían) dedicaban su des-tiempo, paradójicamente, a buscar la creación perfecta. Se manifestaban a sí mismos en base a variadas disciplinas, persiguiendo incansablemente el concepto de CREAR para poder VER y así CREER, gracias a ello, que merecían estar allí, dentro del inspirado tiempo estancado entre sus cuatro paredes.
En algunos, el empeño absoluto consistía en buscar el amor para saberse amados, y desde que amanecía hasta que anochecía – cosa que daba lo mismo, puesto que la luz no cambiaba – persistían majaderamente en ello, e indeclinablemente sus repetidos: te amoooooo…, al chocar contra sus cuatro paredes rebotaban a los oídos como: ME AMOOOOOOOOO…, con toda la dureza de un eco estático, dentro del tiempo estancado.

Todo lo observado hasta ese momento me fue colmando de desconcierto… no entendía NADA, aunque en el fondo, algo me decía que lo comprendía TODO. Mi pajarita parecía adivinar cada una de mis dudas y en el momento exacto en que el cansancio me sobrevino, hizo un delicado giro en el aire y me llevó hasta una sencilla choza bastante alejada de las demás casas. En aquel punto, comencé a sentir un dolor en el pecho, tal vez, a causa del aire que a ratos parecía espesarse a nuestro alrededor. El vuelo se hizo más lento y rasante, y para mi sorpresa, dentro de esas cuatro paredes había una mujer que llevaba mis ropas sobre un cuerpo que, podría jurarlo, era el mío. Se hallaba sentada frente a una mesa pequeña llena de papeles y escribía sin parar sobre una cantidad indeterminada de ellos que después, iba apilando en una rumba interminable. De tanto en tanto, parecía desanimarse y soltaba por unos segundos el lápiz que, yo sentía – no sé porqué – como una prolongación de sus dedos. En esos instantes, se tapaba el rostro (que yo no alcanzaba a ver) con sus manos y descansaba su cabeza sobre la mesa, que no era tal pues, como pude darme cuenta por el espejo que tenía al frente, era un antiguo peinador.

Dicen, que la curiosidad mata al gato. Algo y mucho tiene que haber de aquello, porque, al darme captar que era un espejo lo que ella tenía ante sí, no pude evitar la tentación de acercarme, para de este modo, ver su rostro reflejado en él. ¡Jamás lo hubiera hecho! Ella enderezó su cabeza y deslizó sus manos hacia abajo, desnudando su identidad frente al espejo. Yo la miré… Yo la miré y ME miré en el reflejo aguado de sus (¿mis?) ojos y me pareció que toda mi vida pasaba de golpe en absurdas secuencias de milésimas de segundo. Presumo que era mi vida. Pasada o futura, no lo sé, pero sentí dolor, un dolor insoportable en el pecho a causa del sinsentido de todo lo visto y de la falta angustiante de un tic-tac establecido que, por fuerza, me llevara a un verdadero amanecer. De pronto, todo se hizo agua, como si las horas estancadas comenzaran a licuarse de un golpe, irónicamente, a secas, y la imagen (mi imagen) misma de la mujer, se deshizo frente a mí, escurriéndose por la mesa, inundando el piso, lamiendo cada espacio retenido dentro de aquel tiempo estancado entre las cuatro paredes.

No lo entiendo… no entiendo cómo si todo esto lo vi mientras montaba sobre la pajarita de papel, el agua pudo afectarme tanto. El caso es que de pronto, todo mi rostro estaba húmedo y luego, esta humedad se fue condensando alrededor de mis ojos, escurriendo por mi cara y mi cuello y, al llegar a mi pecho, fue inevitable que se mojara junto a mí la frágil pajarita. Y esto, que pareciera una nimiedad, no fue tal, porque su corto destino de origami llegó a su fin y con ello, al parecer, también el mío. En un santiamén mi pajarita no fue más que una hoja al viento que, arrugada y húmeda, se precipitaba a tierra.

No entiendo… no entiendo cómo, de pronto me vi cayendo en giros y con todos mis sentidos nulos por la fuerza de la caída. Sólo recuerdo haber recuperado parte de ellos al traspasar el techo de mi casa y ver, como en un breve parpadeo, mi cuerpo dormido sobre la cama. Lo juro… no entiendo nada. Sé que recuperé el movimiento de mis brazos y piernas (un poco, no me atreví levantarme) y que la razón ¿o sinrazón?, volvió a mí en el momento en que vi la hora en el pequeño reloj sobre la pared: eran las cuatro y cuarto de una gris madrugada del día cero entre las cuatro paredes de mi habitación.

De los mentados amaneceres, no supe nada, pero estoy segura que por lo menos hasta que me dormí, permanecían estancados bajo la luz del farol.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura / 2008

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UN CADALSO VACÍO

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Recién despuntando el alba, en el mercado de Sarlat el movimiento diario había comenzado. Los primeros en llegar eran siempre los lecheros con sus tarros llenos del espumante líquido aún tibio. En medio de la pujante actividad y bajo la especie de toldo que servía de cobijo y a la vez demarcaba los espacios, Marietta y Christine, después de limpiar el lugar, se sentaron en dos rústicas bancas y registraron sus alforjas con el ansia reflejada en los rostros.

-¡Aquí están! Mira…son casi veinte, y tú, ¿cuántas alcanzaste a escribir?

-Dieciséis o diecisiete. Mi niño despertó inquieto y tuve que apagar la vela  para acostarme a su lado.

No está nada mal -asintió Marietta –. Martín y Leandro deben tener otras tantas. Creo que este va a ser un buen día.

-¡Ojalá, Marietta! Tal vez sea una tontera de mi parte pero anoche, mientras copiaba, en dos ocasiones sentí una corriente fría  entrar en el cuarto. Incluso una de las ráfagas  llegó a apagar la vela. Después el niño despertó asustado…Tal vez soñaba, pero no dejó de aferrase a mi pecho. Algo de su miedo se traspasó a mí, aunque parezca estúpido.

Marietta la escuchó en silencio y pareció cavilar por un momento.

-Es extraño…ahora que lo dices, yo también me he sentido rara, inquieta, con una opresión en el pecho, pero luego lo atribuyo al entusiasmo que me provoca nuestra labor, no exenta de riesgo, por cierto…¡Mira!, allí vienen –. Exclamó, viendo a los dos hombres que se acercaban sonrientes.

Los cuatro se saludaron efusivamente y procedieron ellos también a mostrar el contenido de sus alforjas.

-¡Vamos progresando!- exclamó pleno de entusiasmo Martín, al ver la cantidad de pequeños pliegos manuscritos que llegaban a sumarse al resto.

-Cuidado…más precaución- observó Leandro-. El  mercado se está llenando y sin paredes, los oídos sobran

Los cuatro se miraron sin hablar, asintiendo sin  necesidad de más palabras.

-Ahora falta que lleguen los “repartidores” a completar la tarea-  murmuró Martín.

En el lugar, los proveedores ya estaban en sus puestos y los compradores comenzaban a fluir llenando los angostos pasillos. Acompañaba este cuadro el creciente parloteo formado por las interminables preguntas, respuestas y regateos varios. Cerca de medio día, mientras sopesaban preocupados la hirviente muchedumbre que pululaba frente a sus ojos, de pronto ésta pareció abrirse y parir un hombre menudo y gesto angustiado.

-¡Jean…al fin! – Exclamaron casi a un tiempo los cuatro personajes- ¿Y Pierre? ¿Qué pasó con él?

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CUENTO CORTO

 

 

Te ponías los calcetines con tanta prolijidad, que no pude dejar de poner mi atención en ti…

Los recogiste entre los dedos para coronar la punta de tu pie, despacio, cuidando que la costura interior quedara en el borde mismo de tus uñas. Luego te los subiste hasta media pierna, lisos, tirantes; enderezaste sus líneas acanaladas hasta lograr la rectitud misma; después, con dedos cuidadosos los alisaste bajo la planta para eliminar cualquier arruga rezagada. Listo. Los dos pies en el suelo. Con una de tus manos cogiste un zapato, mientras con la otra holgabas la  abertura para introducir el primer pie. Perfecto. Un ligero movimiento cargándolo sobre el piso comprueba tu destreza en la operación.. . Ahora, el otro. El acto secundario sigue todos los bemoles ya pautados. Ambos pies lucen revestidos de algodón beige y cuero nobuk café. Estiras levemente una pierna y jalas de los cordones, uno con cada mano, al unísono, en forma pareja para lograr el equilibrio deseado en su largura: ni un centímetro más ni uno menos: iguales y tensos como cuerdas de violín. Formas un lazo con el cordón izquierdo y con el otro, lo circundas hábilmente para concretar  el efecto deseado: el nudo. Un nudo perfecto, con sus dos lazos de la medida precisa para que no cuelguen demasiado y, sin embargo, sí te permitan hacer un nuevo nudo asegurando el anterior. Resultado: un doble nudo, simétrico, equilibrado – apretado tal como tu ceño concentrado –  y centrado justo en el punto medio de los círculos lánguidos que cuelgan a su lado como dos mustias orejas de conejo.

Fue el gesto… TÚ gesto de triunfo al acabar esta concienzuda operación, el que  develó ante mis ojos y mi terca persistencia, que todo estaba perdido, que tus nudos son inviolables,  y que si alguna vez logran desatarse, sólo será por la acción de tus dedos. Es…el sentido de  la paradoja: quien es capaz de hacer nudos así, nunca podrá soltar amarras.

No necesité hacerme más preguntas. Hay acciones que delatan más que mil palabras, y tus  obsesivos nudos rematando  tus impecables zapatos sobre tus re-estirados calcetines lo dijeron todo: mi vida junto a ti no tiene futuro alguno. Siempre serás el “atado”, el “amarrado”, el “anudado” de cuerpo y de conciencia por una voz que no es y nunca será la mía.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura/04/2006

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Mientras te buscaba en el gentío sin encontrarte, tu mano recaló en mi hombro con la seguridad que ansiaba:

– ¡Hola! Estabas aquí…

Ante mi propia sorpresa, el tono de mi voz expresaba tanta poca emoción como si comentara: ¡Mira!, parece que va a llover. Luego, por un mutuo acuerdo sin palabras, rehuimos todo comentario acerca de cómo nos sentimos. Nada que exceda el híper manoseado ¿Cómo estás?,  seguido de un escueto : Bien.

El “Gracias, ¿y tú?”, se nos atrofia a ambos en la garganta, pues algo impreciso  alerta que huele a problema. Con la percepción tácita que brota del dolor, intuimos que es peligroso adentrarnos un poco más abajo de lo que nos delinea la superficie. No vaya a ser que por culpa de una insignificante pregunta, corriente, repetida hasta el cansancio por cientos de personas en millares de momentos similares a este, se nos quiebre este falso dominio de sí mismos y todo se desmorone frente a nuestra desolada mirada, que mutaría, en cosa de segundos, de un estado de asombro a la desesperación y al desconsuelo.

Son cosa de temer las palabras… tan simples y complejas como el ser humano en sí.

Y aquí estás tú, sentado frente a mí, protegido en una supuesta calma y escogiendo  -cómo debe ser – las palabras precisas que nos conduzcan a un tema neutro, libre de exaltaciones y conflictos. Algo que suene un tanto banal pero, que a la vez, mantenga un nexo sobreentendido entre nosotros. Algo sencillo, que pueda llenar un trozo de tiempo con olor y forma de pizza y que nos incluya a ti y a mí, sentados uno frente al otro, en este patio de comidas que se me antoja desproporcionado e inmenso. Nada más que un anexo innecesario para un instante que necesita de cualquier excusa para sobrevivir. Tan innecesario e inmenso como el espacio pendiente entre tú y yo.

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EL ANFITRIÓN

Dibujo: Carlos Sánchez Hijarrubia

A modo de reflexión:

No puedo negar que una buena conversación es para mí como una fiesta lo es para otros. Más que un rato agradable de paseo, o tomar un trago en un pub, o ¡qué se yo!, lo importante, es que cuando tengo en prospecto algo así, se me excitan las neuronas – ¿por qué no? – y me preparo tan radiante como si acudiera a la más prometedora de las citas. Ahora, cuando esa conversación  es con mi amigo Marcial, no puedo esperar nada mejor ni, como en algunas ocasiones, más impredecible y delirante. Así espero que sea hoy tarde, mientras me encamino al lugar acordado: un lugar de eventos donde casi a diario se suceden toda clase de encuentros, conferencias, exposiciones y charlas culturales, políticas y de las otras: las que no interesan a nadie.

Marcial y yo llegamos casi a un tiempo – así me lo parece – y después de abrazarnos y de los correspondientes besos, buscamos unos asientos desde donde podamos ver bien, escuchar mejor y, al mismo tiempo, tener las espaldas cubiertas para una necesaria intimidad que nos permita copuchar un poco en medio de lo que se avecina.

-¿Cómo has estado amigo? ¿Por qué tan desaparecido?

Mi amigo tiene los ojos dulces. Me mira y yo me siento otra vez niña y tan segura como si la vida me hubiera devuelto la imagen de un padre ausente. Así, como un padre-amigo me sonríe y me pasa un brazo por los hombros acercándome hacia él.

-¿Qué cómo he estado? ¡Vamos! No disimules. Con certeza tú, Amanda, pequeña bruja, debes saber hasta el último detalle.

No le entiendo mucho, pero al mismo tiempo, sé que no rebatiré nada de lo que él diga, pues se sobreentiende que antes o después yo seré parte de todos sus pensamientos. En realidad, hasta este lugar tan inadecuado para una conversación ha de tener un porqué, y presiento que dentro de poco lo voy a saber.

-¡Mira – me dice – ya va a comenzar! ¿Conoces al presentador?

Yo miro al personaje y, efectivamente, lo conozco yo y creo que más de medio pueblo. Es el presentador, o mejor dicho, perfecto anfitrión de cuanto evento se realice bajo el auspicio de las autoridades de turno.

– ¡Obvio que lo conozco!, y ¿quién no? Recuerda que es el elegido “por decreto” ( dicen las malas lenguas) y por eficiencia, porque no se puede negar que lo hace bien: tiene las herramientas necesarias para ello.

-¡Exactamente! De eso quería hablarte. ¿Recuerdas la última vez que hablamos y discutimos sobre lo importante que es el lugar en que te sitúe la vida en relación a lo que puedes obtener de ella? Bueno, en realidad ese fue el apronte para derivar en el asunto de las perspectivas y de cómo influyen en nuestra visión de mundo.

Marcial… aquí va – pensé -. Se lo traía entre manos y, obviamente, no es casual el que estemos aquí. Una extraña fascinación comenzó a apoderarse de mí al mismo tiempo que la voz firme y poderosa del anfitrión se adueñaba de los espacios aéreos y capturaba presto, la atención de los asistentes.

Nunca he podido entender cómo hacemos Marcial y yo para comunicarnos aún en medio del más ensordecedor de los ruidos. No lo sé. Lo atribuyo, tal vez, a la innegable complementación que hemos logrado tener a través de los años. Creo que no necesitamos hablar como el común de las gentes. Pareciera que nos basta con los susurros y un mínimo movimiento de labios. Sino, ¿cómo se explicaría el que podamos hacerlo sin llamar la atención sobre nosotros?

-Mira – prosiguió él -, toma por ejemplo a aquél hombre, El Anfitrión. No se puede negar que destila seguridad por todos lados. En el tono de su voz, en sus modales; en sus gestos y medios gestos, que a duras penas logra controlar. ¿Te das cuenta? Hay algo… casi violento en él. Algo que se traduce como una mezcla entre pedante y altanero, pero es por otra cosa. Es el resultado de dónde está parado lo que provoca en él esas reacciones. Al final, todo es cosa de perspectivas.

-¡Vamos! – exclamé – No te la hagas tan fácil. Esa es una teoría falta de argumentación y, qué quieres que te diga… me extraña en ti.

– No te extrañes tanto – sonrió -, los argumentos están y tú misma lo vas a verificar.

– Dime entonces, ¿en qué te basas para decir que no es lo que parece y que todo es cuestión de perspectivas?

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