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DEL PAPEL A LA PANTALLA

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Miércoles 13 de marzo, desde mi cuaderno de apuntes esenciales, después de infructuosos intentos de escribir con lápiz lila.

Increíble lo caprichoso de este lápiz… ¡A la basura!

Así con la misma firme decisión debiese suceder el desprendernos de las relaciones tóxicas que arrastramos a lo largo de nuestra vida. Y al fin, libre de los remordimientos implantados de forma arbitraria en nuestras mentes y conciencias, seguir nuestro camino con la renovada determinación de continuar evolucionando positivamente como personas.

De ello debiese tratar el tan famoso “libre albedrío”. Y no tan solo de usar una u otra etiqueta religiosa, moralista, y/o ideológica, sino, en reconocer y valorar el derecho a poder desprendernos de todas. Sin distinción, ni menos, temor.

Libres, por dentro y por fuera.

Sucede que estos pensamientos me brotan porque últimamente estoy cada vez más harta de tener que escuchar o leer voces adoctrinantes en todo sentido.

Desde lo más recóndito de mi alma reconozco el derecho de cada cual de elegir lo que mejor le acomode para realizarse y ayudarse en el tránsito de esta vida. Pero, constatar que mismos se erigen en entidades valóricas contra viento y marea, y más encima pretenden convencer al prójimo a la fuerza, sencillamente, ¡me apesta! Contrariamente a lo que se pudiera esperar, ello en mí causa un efecto contrario. Es decir, me alejo.

Pienso, después de mucho desmenuzar el tema, que lo que me repele es “la forma”, más que “el fondo”. Ejemplos, hay muchos. Y el exceso de celo se puede aplicar a un sin número de agrupaciones, seguidores “de”, simpatizantes “de”, etc., etc.  

Ilustro con un tema cualquiera: los animalistas (con quienes comparto el amor y valoración a los animales. Pienso que muy pocos serían capaces de contradecir su preocupación por los llamados hermanos menores y lo importante que es contener la extinción de las especies. Pero pretender que todos/as piensen igual y lleguen al extremo de priorizar la vida animal a la humana…vamos, hasta allí compartimos camino.

Así como ellos, al voleo y en lo cotidiano, puedo pensar en casos de celo excesivo de parte de:

Ciclistas (que desprecian por parejo al conductor y al peatón, y juran las veredas son todas suyas).

Grafiteros (no hay pared o espacio liso que se salve de su “arte”, y… ¡ vaya alguien a decirles que los espacios comunes son para cuidarlos!).

Vegetarianos (¡Cómo te miran cuando te ven comer carne!). Amantes del yoga (quien no medita, es un subhumano ).

Machistas y feministas. Las últimas, con innegables razones para serlo, pero desgraciadamente, hay muchos casos en que cuando se trata de lapidar “al otro”, no existe tanta diferencia entre ambos sexos.

En el cajón de “lo más sabido”, conviven adherentes de clubes deportivos, políticos de variadas tendencias, artistas egocéntricos, religiones y/o sectas sin distinción.

¿Qué une a lo anterior e incluso a más?

Pues, la intolerancia. La ceguera a reconocer que las verdades no son absolutas. No pueden serlo.

Incluso en los nuevos “textos iluminados” sin etiqueta que suelo leer en Internet, me encuentro con mucho de lo que hablo: un incansable empeño en que tú pienses desde cierta óptica, sin permitirte pisar otro “cuadro del tablero” para averiguar cómo se ve desde allí.

¿Muy crítica? Sí, obvio lo soy. Mas no ceso en mi empeño de defender mi derecho a pensar diferente y a obtener enseñanza conforme a la propia experiencia. Después de todo, “…no hay camino. Se hace camino al andar”.

 

 

 

Amanda Espejo

Quilicura, marzo – 2019

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DESESPERANZA

 

En desesperados momentos leo. Leo incontables traducciones de  textos primigenios con el solo afán de hallarle, vislumbrarle, saber si ES.

Otras, humildemente escucho voces bien intencionadas, aunque no me fío de palabra ajena: tradiciones orales se deshilan de boca en boca siglo tras siglo.

“Sagrado es el mito”.

Perdida, leo de nuevo hasta que el texto pierde el sentido y ya no es revelación, sino, monserga, letanía, predicamento. Adoctrinamiento (tal vez, perverso) en busca de un fin.

Una lluvia de singulares perspectivas abruma mi mente hasta crujir el hueso.

Busco. Me vuelco a la inversa y viajo en tibios y rojos canales, entre vísceras violáceas sin que nada visto niegue o confirme.

¿Existe?

¿Qué es realmente?

¿Será que es  luz o falta de sombra?

Como dicen… ¿Un plan infinito o caprichoso estallido?

¿Amorfo? ¿Multiforme? ¿Es Él o es Élla?

¿Promesa de Vida Eterna a cambio de años de martirio?

¿Es motivo o consecuencia?

¿Necesidad, invento de los hombres, herramienta de poder para el Poder?

Hambrienta, brinca mi alma esta vez, hacia afuera, a lo alto, hasta encontrar polvo de estrellas. Grandiosos  brillos estelares dibujan órbitas perfectas y nada parece romper el delicado equilibrio.

Sobrecogida,  me digo que todo ello debiera bastarme para creer en un Gran Arquitecto capaz de diseñar todas las maravillas de cielo y tierra y posibles estados que conocer…

…mas, está esto, que roe, que arde, que aterra, que congela el pecho y desmenuza las ideas hasta rozar la locura. Esta indefensión ante lo desconocido. Esta desesperanza ante lo conocido. Este saber y no saber…Esta falta de sentido…  Esta resistencia…Esta entrega…

Y esta férrea gratitud por estar consciente durante el denso y leve tránsito entre Vida y Muerte.

 

Amanda Espejo

Quilicura / diciembre – 2018

 

 

 

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Mi agradecimiento  a la maestra Reyna Hernández Haro, por incentivarme a escribir este «saludo literario», para compartir, aunque de lejos, con el pueblo mexicano:

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Sobre los Procesos Creativos en Literatura
(Breves alcances sobre la importancia del camino en el oficio de escribir)

Tal como está diseñado en cada aspecto de la vida, en la creación literaria existe un camino particular que recorrer antes de llegar la obra deseada o concluida. Son estos procesos o hilar de sucesos los que, a mi parecer, enriquecen sobremanera el producto final.

Con el arte, bien lo sabemos, no se lleva el concepto de lo instantáneo. Al contrario, cada paso transitado en busca de lo anhelado resulta emocionante, conmovedor y hasta mágico. Naturalmente, lo expresado no tiene que aplicarse como un axioma o verdad inapelable. Somos tan diversos los seres humanos, tan singulares en virtudes, inclinaciones, perspectivas y defectos, que cada cual tendrá su método de preferencia en particular.

Si nos atenemos a la escritura en prosa, sea breve o extensa, es muy posible que un método de rigor sea provechoso y logre regularmente los frutos deseados. Un proceso de ese tipo, suele constar de pasos muy marcados, recurrentes y abundantes en palabras que, según la destreza del autor, llegarán o no a buen puerto.

Sin embargo, la poesía es tema aparte. Soy una convencida – y así me lo dicta mi experiencia- que para “atraparla”, debe haber una gran cuota de inspiración: un estado especial de sensibilidad en el alma que unida al buen manejo de los recursos literarios necesarios, logrará verter en el papel o pantalla, una muestra de humanidad, ya sea al expresar amor, dolor o rabia. Un considerable respeto por el lenguaje unido a una pizca de sazón de magia, y allí lo tenemos: nuestro poema emerge ante nuestros ojos como un milagro de expresión que muchas veces, ni nosotros podemos creer.

Ese acto creativo se podrá valorar o calificar de mil maneras, pero, insisto en expresar mi humilde opinión: su valor intrínseco, más allá de la belleza o el impacto que provoque en el receptor, es que ayuda a reconocernos. Es, lisa y llanamente nuestro reflejo: a veces conocido, otras ignorado, pero allí estamos, desnudos frente al espejo de nuestros ojos y de quienes nos leen o escuchan. Cada paso del proceso que nos transporta a este instante, resulta, ni más ni menos, que una parte insoslayable de la Vida misma.

 

Amanda Espejo / Quilicura / octubre – 2016

Biblioteca Pública del Estado de Jalisco / Día de la Escritora

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Sobre CUENTOS, de Ruth Pérez Aguirre

(edición cartonera de Olga Cartonera)

 

No es de extrañar que muchos/as escritores/as de literatura “adulta”, dediquen alguna parte de su tiempo a escribir sobre y para el mundo infantil. Es más: personalmente, pienso es una suerte de homenaje obligado hacia el preciado momento de la infancia, ese que todos transitamos y que, en la mayoría de los casos, no quisiéramos abandonar jamás.

Ruth Pérez Aguirre cumple con esta “tentación” a cabalidad, tal como si fuese un tributo anexo para agradecer a las musas por el constante fluir de su inspiración. Lo hace, estoy segura, con una sonrisa prometedora en los labios; con un leve temblor de misterio en cada punta de los dedos, mientras estos recorren el teclado para escarbar entre letra y letra, los nombres de los personajes que han de poblar cada ambiente dictado por su imaginación. Lo hace, me atrevo a asegurar, por un sentido de equidad, ya que existe una deuda no pactada en cada ser humano responsable con la infancia de hoy, con estos niños y niñas insertos en un mundo casi incomprensible, donde la magia de la palabra, esa que despierta el imaginario de la inocencia, es ya algo casi extinto.

¿Cómo no intentar, cual empresa quijotesca, compartir algo de ese mundo maravilloso que llevamos guardados en el corazón? Imposible. Entonces, ella lo hace, una y otra vez, como escala obligada entre sus novelas de muchas páginas, recorta parte del tiempo como si este fuese una caja más de cartón… y escribe, dibuja, pinta, y hasta imprime diversos pequeños mundos dedicados a la conciencia infantil. Porque ese es el camino en el que cree Ruth y hacia allí van sus pasos: crear una historia, compartir, asombrar, entretener, y sobre todo, sembrar en estas nuevas personitas, además del amor por la lectura, la importancia de cada acto personal cuando se quiere ser parte de un mundo positivo, como el que todos ansiamos muy dentro del corazón.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura / octubre – 2016

(Fotografía superior, gentileza de Olga Cartonera).

 

RUTH PÉREZ AGUIRRE/ Nacida en Mérida, Yucatán, actualmente reside en Tabasco, México.

Maestra normalista, es egresada de la Escuela de Escritores “José Gorostiza” SOGEM, diplomada en Creación Literaria.

Su amplia obra como autora, destaca en los géneros de novela, novela breve, literatura infantil, poesía y cuento.

Ha colaborado en múltiples antologías de narrativa y poesía, en diferentes ciudades y países, en español e italiano.

Ediciones htuRquesa (2012), editorial cartonera de su creación, que ya sobrepasa los cinco años de vida.

 

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(Alcance particular sobre el oficio de escribir)

Cuesta tanto escribir…darse el tiempo para ello en el momento justo que la emocionalidad lo requiere. Cuesta, porque cuando ello sucede, generalmente estamos inmersos en la estructura diaria y el tiempo para brindarnos un paréntesis es escaso o nulo. Más aún si de inspiración se trata: los destellos de ésta, los caprichosos guiños que nos brinda a través de una imagen, palabra o hecho, suelen ser tan breves como valiosos. Nos dejan -como flores en las manos- un concepto, una frase (tal vez el esbozo de un verso), junto a la urgencia de expresarnos en el momento mismo, ese que nos es siempre esquivo en horas o minutos que nos permitan verternos sobre el papel.

¿Falta de rigor del escribiente? Puede ser. Y seguramente lo es para quien escribe formateado por el hábito; para quien, pudiendo hacerlo,  plantea las horas de su día de modo que le permita retirarse al santuario de su escritorio, sagradamente, para labrar el fruto deseado; mas, para el poeta, nada de ello valdría sin el sentimiento: aquél que logra el equilibrio perfecto entre idea, inspiración, oficio y sentir.

Así como llega, el asomo de un poema se puede evaporar en un dos por tres si alguno de estos factores no se conjugan debidamente. Podrán rebatirme, lo sé, y estarán en todo su derecho, ya que cada cual funciona por su método, pero, lo aseguro, cantidad más o menos de escritos apilados no certifican poesía.  Ésta no depende de un asueto de reloj. No se mecaniza como crónica ni cuento breve. En ella no basta el dominio de un extenso vocabulario ni el sabio manejo de los recursos literarios. Un ojo atento, el acontecimiento actual, la denuncia precisa y hasta el lamento amoroso, tal como la vieja alquimia, necesitan de la piedra filosofal que convierta todo aquello en lo que ansiamos. Esta piedra es la emocionalidad, la capacidad de sentir, sin barreras predispuestas, que cada cual contenemos dentro de sí. Sin ella, todo escrito, por novedoso o perfecto que sea en su sintaxis, se percibirá frío; se leerá, tal vez, de un tirón y satisfará seguramente a nuestro intelecto, mas, nuestra sensibilidad permanecerá intacta, y luego de un par de días no conservaremos nada de lo leído o escuchado, excepto, quizás, un leve recuerdo de que  “no era malo”.

Escribo esto, robándome una fracción de tiempo frente al teclado. Una, que si bien me permite esbozar este comentario, no consta de lo requerido para dedicarla a sintonizar las vibraciones necesarias para crear poesía. No podría. Ella, por muy manoseada que esté, merece todo el respeto de mi parte.

¡Y quién soy yo para pensarme poeta!  No más que un ser humano en honesta y eterna búsqueda.

 

Amanda Espejo

Quilicura/ enero – 2016

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Desde hace más de un mes la poeta deambula como si llevara un gran peso encima. No define bien de que se trata, pero sí lo relaciona con la llamada recibida, en la cual la invitaban a ser parte de la próxima tertulia “de a dos” que está de moda. Tampoco sabe por qué aceptó si hace ya casi un año que permanecía alejada de aquellos circuitos. Un año en que osciló permanentemente entre felicitarse por la decisión tomada, y el miedo a volverse más solitaria aún.

“Es cuestión de principios”, se repetía una y otra vez mientras transitaba por la feria de los domingos buscando el producto accesible a su presupuesto. “Sentido común, consistencia de la palabra”.

Y es que las dificultades para soportar el tejemaneje del ambiente eran irrebatibles. Poesía y carencia van de la mano sólo en los libros o en alguna vida desgraciada de algún mítico poeta suicida del que, mientras más tortuoso su devenir, más cerca está de convertirse en un ícono. Para la mayoría, tal como lo decía su abuela “la pobreza es hedionda”, y la verdad del dicho suele manifestarse más temprano que tarde con el alejamiento soterrado de algunos pares que juraron llamarse amigos/as. De hechos amargamente sorprendentes había sido testigo, de allí su renuencia a seguir siendo parte de la comparsa.

“Más encima… ¿cuál es el sentido de todo esto?”

Ese era el meollo del asunto, la pregunta de fondo y también de la que no encontraba respuesta, provocando con ello altibajos emocionales que pasaban de la decepción o el desprecio, hasta la furia. Esta inseguridad era la temía provocara estragos en ella, mejor dicho, en su lectura; esto, unido al temor de no lograr la intensidad deseada o no encontrar la palabra precisa en el momento del conversatorio, sencillamente, le aterraban.

Una semana antes de la fecha indicada pensó por última vez arrepentirse; llamar y excusarse con algún tema transversal: alguna enfermedad propia o de familia, pero le jugó en contra la amplia difusión del encuentro y lo mal que podría quedar su nombre. Se comió una vez más la tristeza que le inspiraba el tema y trató de distraerse ante una hoja de papel en blanco. Nada relativamente positivo le vino a la mente. Tampoco los trazos que intentó esbozar conformaron nada más que dispares ondas crecientes, parte de una marea indefinida. Guardó por centésima vez los lápices de colores brillantes con los que pretendía pintar un mundo paralelo para engañarse a sí misma, y optó por distraerse (o atontarse) viendo una película.

Dos días antes de la fecha se dio por vencida y comenzó a revisar su ropero para ver qué podía vestir para la ocasión. No era fácil. Su ropa, como salía poco le duraba mucho, por lo tanto estaba más que vista, como constaba en variadas imágenes de Internet. Había que hacer algo. Algo notorio pero de poco costo. Fue allí que recibió una colaboración familiar: una capa tejida, de fondo negro y coloridas rosas. No fue hasta que se la probó ante el espejo que se sintió más tranquila. Ésta cumplía su cometido: algo nuevo por encima, que quitase la atención del resto.

Esa noche, al fin, pudo conciliar un sueño continuo por algo más de tres horas.

La tarde convenida la poeta siguió uno a uno los pasos autodesignados: hizo media hora de lectura en voz alta (para prevenir errores) y marcó en su libro los textos a leer. Imprimió algunos otros para alternar, limpió cuidadosamente los lentes “cuneta” antes de meterlos al estuche y guardó todo dentro del bolso recién ordenado. Se vistió tal como lo había visualizado y marchó al encuentro anticipadamente con el propósito de comprar una rosa en alguna floristería.
Cinco minutos antes de la hora pactada traspasó el umbral del recinto, enfundada en su capa y flor en mano, buscando un rostro conocido. Saludó a quien la esperaba y quienes iban llegando con la misma sonrisa despreocupada que, pintada de rojo, impedía vislumbrar la disparidad de emociones. Se tomo un café solo, imposible tragar algo en ese momento, mientras su compañero de lectura se hacía esperar. Él era un nombre conocido, un hombre de talento y medios económicos más que suficientes para difundirlos. Al parecer, por lo que ella escuchó, muchas estaban pendientes de su llegada para halagarlo con su presencia.

Un poco más tarde de lo anunciado, él llega y ya se está en condiciones de comenzar la jornada de poesía. Es entonces -tras la mesa que presenta algunos libros cuya autoría no le pertenece- que ella se da cuenta de que el momento crucial ha llegado, y unas locas ganas de arrancar le tiran de tal modo las piernas que llega a tiritar por el esfuerzo en contenerlas. «Todo está perdido», piensa. «No fui capaz de permanecer ajena a esto…»

Para entonces, está consciente de ya están allí, a la par, la poeta pobre y el consagrado, mientras una voz dulzona se refiere a ellos con infinidad de halagos, mismos que le producen escozor en el alma. Afortunadamente, primero siempre lee la mujer. Entonces la presentan. Divagan algo sobre su quehacer literario y luego le piden, mejor, se presente ella misma. ¡Craso error! Nada hay que la poeta pobre pueda decir sobre ella en ese momento. Todo lo que fuere sería mal recibido por los contertulios, entonces opta por excusarse y comenzar la lectura. Después de todo, ese es su terreno y allí no corren pergaminos ni teoría literaria. Toma la rosa y la aspira unos pocos segundos, los suficientes para arrojarla al piso y exclamar:

¡Basta!, no quiero más el perfume de la rosa…

tertulia 009…De un momento a otro todo cambia: hay receptores atentos que logran infundirle la escurridiza seguridad que la atormentó durante días. Y no le duelen los pies ni le molesta no haber ido con falda y tacones. En la hermosa habitación, centro de cultura, sólo hay palabras y estas son suyas, y fluyen, milagrosamente, de su interioridad. Seguramente hay una vertiente dentro de ella y por esa razón las flores de su capa ondean así, llenas de vida, según el remontar de sus brazos. Seguramente alguien o algo, un espíritu o esencia de lo femenino puede estar hablando a través de ella. Puede ser. La mirada atenta de las mujeres presentes confirma la identificación de género que ella busca. Esta vez no leerá solo para ellas. Su canto desafiante se extenderá hasta la orilla del macho y cruzará el límite para ascender lentamente por sus piernas. Tendrán que entenderlo: es lo que hace. La presentación no hablada del comienzo se torna efectiva a través de la poiesis con nombre de Mujer.

Tal vez, piensa mientras le aplauden, no estaba preparada aún para esto. Tal vez improvisé un poco. Tal vez me equivoqué en algo sin darme cuenta. Pero ya es tarde, está todo hecho, y no le queda más que dejarse acariciar por el plauso y felicitaciones posteriores.

El resto de la jornada le queda un poco en nebulosa. Sabe que disfrutó la lectura de su compañero y le expresó merecidas felicitaciones. Que agradeció a quienes le acompañaron en el trance; que sintió hambre todo el rato y que a duras penas llegó al final del acto debido al agotamiento interior. Sin embargo, nada ocupó más su mente que la vuelta a casa. Ese ansiado y temido deshacer del tiempo; aquel acto involutivo que la devuelve a su sitio exacto. El regreso, la llegada, el saludo de quien la espera. El cumplido: ¡qué linda anda! El café oloroso que le entibia el cuerpo y las galletas con mermelada que calman su ayuno antes de ir a dormir; la ropa que se va sacando. Todo. Todo queda suspendido de unos garfios inexistentes en las paredes del viejo cuarto de más de treinta años. El de siempre. Tras apagar la luz, echa una última mirada a la capa tejida que descansa en solitario, a medio colgar de una silla.

“Gracias”, musita suavemente. Mientras, desde el piso, las sombras del cuarto van tragando una a una las rosas coloridas que se deslizan hacia el suelo.

Amanda Espejo
Quilicura / Julio – 2015

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A propósito de AMORARIO, de Marianela Puebla

No ha sido para nada fácil la encomienda de presentar a Marianela Puebla, específicamente, su último libro: AMORARIO. Atentan contra ello el exhaustivo prólogo de su interior, obra de la escritora española Raquel Viejobueno y la esmerada reseña de Rocío L´amar (escritora chilena). En ambos textos hay variadas apreciaciones literarias que sin duda, han de simplificar y enriquecer el placer de leer este libro. Sin embargo, siempre es valorable una nueva perspectiva, y hablar desde esa tribuna es lo que pretendo hacer hoy día.

“AMORARIO, Poemas de Amor y Desamor”: fue lo primero que leí al recibir este libro en mis manos.  De inmediato, a la par de la sorpresa y contento de contemplar este nuevo logro de Marianela, serpentearon, desde lo recóndito del recuerdo, anónimas voces escépticas que más de alguna vez escuché exponer sus dudas y razones sobre el concepto de “lo que debe ser” la poesía. Efectivamente – y aquí varios de ustedes, escritores, lo han de haber vivido- suele haber un constante “reclamo social” hacia todos quienes ligamos la creación poética al concepto clásico del amor. Fundamentos nunca faltan; menos aún en los convulsionados tiempos que vivimos a nivel mundial, donde el AMOR, en todas sus variantes, pareciera haber quedado relegado a tercer, cuarto, o quinto puesto dentro de las prioridades de nuestros estilos de vida, y en consecuencia, es cada vez más común el uso del poema como grito o bandera de lucha.

-Valiente- fue lo primero que pensé-.  Y honesta, fue la siguiente conclusión surgida con el pasar de las hojas.  Y es que resulta imposible en este trabajo, sustraerse a la unión resultante entre poeta y hablante: esta vez, ambas son (o se perciben) una sola: una indivisible mujer enamorada, en la cual se entremezclan, con la sabiduría que otorga el oficio de escribir, el romanticismo del AMOR y la generosidad del SER.

Precisamente ese rasgo es el que caracteriza el hilo conductor de esta obra: la capacidad de entregar sin condiciones, tan sólo el anhelo latente de que este canto obtenga respuesta. Un ejemplo,  parte del poema de la pág. 41 “Enciclopedia de Amor”:

“Un día tus labios se abrirán/ como un poema/ y te recitaré con voces desconocidas/que recorrerán lentas y dolorosas los contornos de tu boca.

Ese día haremos el amor/ en cada sílaba/ en cada secreta palabra/ dibujada con ansiedad”.

Una capacidad de observar a toda prueba, de expresar, de palpar, de mimetizarse, incluso, con elementos de la naturaleza, nos hacen ver a esta poeta-hablante como un ser humano en todo su esplendor. Pasión, deseo, ternura, nostalgia,  tristeza y hasta dolor, son manifestados de una forma femenina,  limpia, fácil de asimilar, que nos invita a hacernos parte de esta atmósfera intimista,  tibia y luminosa  conque nos regala cada poema.

¡Y qué regalo resulta de aquello! Dejarse acariciar por la melodía escrita y los sugerentes colores de las metáforas que se van desgranando de su lectura, son sin duda, momentos de valiosa pausa: un verdadero oasis emocional dentro del convulsionado ritmo que conlleva nuestra obligada rutina diaria. Obviamente, es innegable que somos seres humanos: hombres y mujeres opinantes y actuantes,  arte y parte de nuestra sociedad, y que el estar al tanto de nuestra evolución (o de lo contrario) es un claramente, un deber; sin embargo…qué placentero resulta embarcarse en viajes como el que nos propone este AMORARIO y, de ese modo, recuperar la fe en nuestro capacidad de AMAR.

Coherentemente con lo expuesto, no puedo dejar de decir: gracias, Marianela Puebla.

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Amanda Espejo

 Prehistórica Quilicura / Noviembre – 2014

 

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Mañana  se cumple  un mes desde que los noticieros mundiales se estremecieron con una noticia proveniente de Africa, Nigeria: “Un total de 276 estudiantes fueron secuestradas el pasado 14 de abril en Chibok (estado de Borno, noreste de Nigeria), donde está instalada una importante comunidad cristiana. De ellas, 223 siguen aún en manos de los secuestrados (el resto consiguió escapar)”.  Fanáticos fundamentalistas en el norte de esa nación africana -específicamente,  la milicia islámica Boko Haram- se atribuyen orgullosamente esta aberración y piden, a cambio de sus rehenes, liberen a integrantes de su facción terrorista, bajo amenaza de venderlas si no se cumple lo exigido. (1)

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Las reacciones a este infame acto han sido múltiples, y la indignación a atravesado fronteras a través del planeta juntando las voces en un solo grito: ¡BringBackOurGirls!, ¡Devuelvan a nuestras niñas¡ Y es que resulta casi imposible dimensionar este acto de barbarie, a no ser que, empáticamente, nos pongamos en el lugar “del otro” para imaginar, levemente, lo que pudiésemos sentir. El ejercicio resulta devastador, más aún, después de escuchar el descarnado relato de algunas jóvenes que lograron huir de sus captores casi por milagro.

Espontáneamente, y como lógicamente se produce en un mundo globalizado y tecnológico, las redes sociales comienzan a difundir una campaña de repudio mundial que insta a liberar las niñas ¡YA!(2) , a la que se suman personas de toda índole, cuya mayor preocupación es el atropello a los derechos humanos de esa madres e hijas que son secuestradas, convertidas a la fuerza y bajo amenaza de  venderlas como una mercancía de ínfimo valor, con un posible futuro que aterra siquiera vislumbrar.

foto_0000001120140511195805Hasta aquí, leo lo que escribo, y nada parece salir de lo establecido para un comentario de actualidad, opinión, etc. Sin embargo, no puedo dejar de hacer hincapié en una de las motivaciones que me guiaron a transcribir estas palabras: es, el asombro ante la desidia* de muchos sectores ante esta desgracia. Principalmente, me descoloca la actitud de quienes tan ostentosamente se han etiquetado siempre como defensores de los Derechos Humanos, y también, la actitud del mundo cultural, léase artistas en general. Por mucho menos, los “representantes” de la Cultura Humanitaria han hecho grandes campañas, organizando marchas, protestas, velatones, foros, o lo que sea para llamar la atención hacia lo demandado. En esta ocasión, “la cosa” ha andado floja. Al parecer (y me disculparán si soy malpensada), hay factores que…trancan las ansiadas manifestaciones. Yo no sé si influye el que sean mujeres las raptadas ( hay algo en el imaginario colectivo masculino que piensa  no hay otro destino para ellas que ser usadas), el color de su piel (son de raza negra, pobres y “lejanas “para el mundo occidental), o tal vez, esa  atenuante anticipada que suele recibir por un amplio sector  todo acto terrorista de origen musulmán, ante  el argumento: “son reivindicaciones justas en respuesta a los atropellos sufridos por A, B, o C”.

base_imageCualquiera de las anteriores me parece inaceptable. Más que ello, indignantes; cobardes reacciones pensadas en la conveniencia de quedar bien “con dios y con el diablo”, gesto que caracteriza a nuestra raza desde el principio de su gesta. No hay día en que deje de asombrarme por una u otra razón, esta práctica que tanto resalta en Chile, aun  no pudiendo asegurar, no sea  virus mundial.

Si de nuestras redes sociales se trata, además  de reflejar demasiada superficialidad y desvergüenza  -amén de incultura-  hay algo de “monería” en ellas, una inclinación a repetir lo que está en boga, aunque sea el más estúpido de los hashtag (etiqueta) dejando de lado lo que sí importa, simplemente, porque “no es rentable en términos de nuevos contactos”, o porque “te desperfila”, o porque” te desenmascara”, te “deja vulnerable”, en fin, variados de motivos que frenan impulsos solidarios de quienes  podrían ser parte de esta marea solidaria y constructiva que no debiese, por nada del mundo, hacer distinciones entre quienes necesitan apoyo, justicia, y el necesario “amor de prójimo”, tan caído en el olvido y que tanta falta nos hace.

Seguramente, el ver hace unos días a Michelle Obama portando el cartel de “BringBackOurGirls” no surtió nada de efecto para una gran parte de la ciudadanía que rechaza personas opiniones y actos tan sólo porque su ideología no les parece. Es esperable que ahora, al ver a nuestra presidenta atreviéndose a posar con el mismo cartel, den “una vuelta de tuerca” a su rigidez y sí se sumen a una campaña que NO ES moda, sino, un recurso aprovechable que brindan las redes sociales del mundo, algo muy de agradecer cuando de buenos fines se trata.

 

Amanda Espejo

Quilicura / Mayo – 2014

 

*Desidia:  término que procede de un vocablo latino que hace referencia a la negligencia o la inercia. La desidia, por lo tanto, está asociada a la falta de cuidado o aplicación y a la apatía.

Enlaces relacionados:

(1) http://www.cooperativa.cl/noticias/mundo/africa/nigeria/boko-haram-pidio-liberacion-de-prisioneros-a-cambio-de-ninas-secuestradas/2014-05-12/061526.html

 

(2)  http://elcomercio.pe/mundo/actualidad/quien-movilizo-al-mundo-ninas-secuestradas-nigeria-noticia-1729074

 

 

 

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Por Rosa Inés Villalobos Álvarez

 asesinada en Chile el día seis de febrero, 2014

Es aceptado entre quienes escriben, que el rigor de la práctica es algo necesario para ir dando peso al trabajo de cada cual. Para ello, aconsejan – o aseveran- se debe dedicar cada día un tiempo definido  para realizar esta labor, la que puede fluir en la forma que sea, prosa o poesía, el asunto es ejercitar.  Hay quienes consideran indispensable para ello la complicidad de “las musas”, o sea, la presencia de nítida de la inspiración, vista ella, como un estado especial del espíritu y los sentidos. Correcto. Unos y otros por mi parte, tienen razón y me pliego a sus planteamientos como una más del gremio. Sin embargo, quisiera que alguien me explicara qué se puede hacer cuando no es posible escribir el tema que se quisiera porque este es, sencillamente anulado por el peso de lo real:  lo que ocurre en el gran libro de la vida.

Traigo esto a colación porque, últimamente, se ha hecho casi una moda que los escritores o artistas se sumen, a través de su obra, para manifestarse a favor o en contra de algún tema o posición ideológica  en general. Por ejemplo: a la NO violencia, a la No discriminación o  a las demandas sociales, ambientales, reivindicativas y compensatorias que a todos nos  conciernen de una u otra forma. Bien por ello. Si es lo que les dicta su conciencia, es lo que DEBE ser. Sin embargo, muchas veces (más de las que quisiera) me encuentro pensando de cuánto sirve todo aquello. No pretendo hacer una crítica, no, y admito haber colaborado gustosa  con alguna causa mundial a través de un escrito y con la mejor de las intenciones, pero…el caso es que no basta, no, no y no. No basta, y  solemos  balancearnos en el límite intangible en que el loable incentivo original pasa a ser no más que un acto de lucimiento, casi fatuo y de nulo resultado.

Es entonces cuando  debiéramos  optar por no insistir con esos temas y seguir escribiendo lo que se nos da mejor: poemas, cuentos y hasta novelas que, sin tanto riesgo, nos hagan capturar de un modo menos crítico la atención de los deseados lectores. Mas… ¿qué se puede hacer cuándo a pesar de todos nuestros intentos no se puede escribir de otra cosa? ¿Cómo impedir que lo cotidiano no nos afecte? Más aún: ¿cómo dar vuelta la espalda y sentarnos a divagar en las enseñanzas de tal o cual autor cuando el mundo se desmorona a nuestro alrededor? Difícil.

Lo confieso: para mí ha sido imposible esta semana después de abortar tres, cuatro, cinco y más intentos de seguir con el trabajo proyectado anteriormente, a causa de lo ingrato que puede ser el dedicar una hora al día a ver el noticiero.

Tres, cuatro, cinco y más puñaladas fueron las que recibió en el cuerpo Rosa Inés Villalobos Álvarez (56 años), el día seis de febrero, de manos de su conviviente: un hombre de 54 años que además intentó matar a su hijo de 13 años y que no presentaba signos de arrepentimiento al verlo esposado en el noticiero de TV-, convirtiéndose en el tristemente célebre autor del sexto femicidio de nuestro país en lo que va de este año que recién comienza.

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Acabo de leer un microcuento de mi amigo Arjex, y su temática me deja reflexionando sobre algo que día a día ronda mi cabeza sin parar. ¿En qué hemos convertido este mundo y en qué forma lo entendemos y valoramos? Que no parezca una pregunta de cliché, al contrario, hoy por hoy se hace más urgente que nunca nos tomemos el tiempo de pensar y repensar nuestra visión al respecto y acciones derivadas de aquello.

De que estamos hechos unos salvajes, lo estamos. Y no me vengan a contradecir a la ligera los pacifistas o positivistas de siempre. Aquí no se trata de aseverar que no hay gente buena o de que todos somos unos carajos, sino, de la genuina preocupación ante la liviandad de los estilos y de vida y la falta de valores que ello propicia y estimula. Nunca he sido una “tonta grave”, pero la verdad…es que asusta mirar nuestro entorno. Tanto, que a veces me siento insegura de sólo caminar por las calles, tomar un microbús, o decidir si es conveniente conocer- añadir nuevos integrantes para aumentar nuestro entorno social.

Por ejemplo: en un ambiente X, tú conoces un hombre (o mujer, o más de uno) simpáticos en su modo de ser, y con los cuales parecieras tener más de un punto de afinidad en esto o aquello. Todo marcha bien durante el primer tiempo y tú te alegras de tener otros interlocutores para conversar sobre eso u lo otro. Esto dura hasta que no se toquen ciertos temas que parecieran ser corrientes, pero resultan más peligroso que un avispero: políticos, religiosos y valóricos, pues, hasta las amistades más queridas suelen dejar “la escoba” cuando nos atrevemos, como sociedad, a poner sobre la palestra temas como los enunciados. ¿Por qué? Sencillamente, porque en esta “era”, se suele hacer gala de la sinceridad demostrando respeto omiso por “el otro”, es decir, si se quiere hablar de “las gordas”, importa un pepino que una de nuestras amigas (o conocida), casi mórbida, esté dentro del ruedo de conversación. Nada. Lo que importa es destacar, alzar la voz, y subir el tono de las opiniones hasta que la pedantería contamine todo el momento y lugar. Sucede lo mismo si el tema es el pueblo mapuche, los curas pedófilos, los candidatos a elecciones de turno, los profesores “que no enseñan”, los alumnos “que no aprenden”, la libertad sexual, el destape homosexual, la discriminación, etc., etc. TODO, o mejor dicho, en todo tema surge una controversia que debiera ser sana y hasta enriquecedora para el resto del grupo sino fuera denigrada por las personalidades que avasallan sin piedad a quienes les rodean.

Mi duda es: ¿lo hacen de forma consciente o inconsciente? Siempre lo he dudado. Y es que por lo regular son gente conocida, que ya saben más o menos lo que piensa cada cual y, por lo tanto, podrían exponer sus puntos de vista sin ofensas verbales a quienes no piensen como ellos.

Me pregunto… ¿por qué ese afán de los seres humanos en querer ser dueños de la verdad absoluta? No lo entiendo. Pienso que cada cual tiene su propia experiencia, perspectiva y, gracias a esa sumatoria, una “verdad” -objetiva para él, subjetiva para el resto- que compartir con los demás. Eso debería ser suficiente, y si dentro de este grupo opinante hay quienes coinciden con nuestra opinión, ¡estupendo!, sino, no importa: en ello radica el respeto a la DIVERSIDAD.

NO COMPARTO TU OPINIÓN, PERO LA RESPETO. TE PIDO, RESPETA LA MÍA.

O…TODA LIBERTAD ACABA CUANDO AFECTA LA LIBERTAD DE OTROS.

Eso, porque no hay nada más latero que aquellos que, postulando una idea, postura o cruzada en general, tratan por todos los medios de convencerte. ¿No entienden que es una falta de respeto? Es como si te dijeran: “escucha pobrecita mortal: esta es la verdad, lo sabio, lo conveniente, lo que debes pensar y hacer si quieres ser evolucionado como yo”. ¡Puff! Resulta que aquí no estamos hablando de asesinar a alguien, de robarle sus pertenencias ni nada por el estilo. Generalmente los temas son las desigualdades de género, tu color político, tu credo, y hasta lo que comes. ¿No es demasiado?

Algunas de las “máximas sutiles” que he recibido últimamente de mi círculo amigable son:

• Los hombres valen “callampa”.
• No escribir poemas de amor (menos a ellos).
• Hay que bailar cueca “chora”, la otra es fascista. (¡Plop!)
• Tengo que estar a favor del aborto “porque soy mujer”. (Otro ¡plop!)
• No debo comer carne. No asesinar a los animales. (Razonable, no impositivo)
• No a los credos. La religión adormece la razón. (La demagogia la adormece más)
• Todos los pobres son buenos. Todos los ricos son malos. (Qué fácil)
• Todos los curas son pedófilos. (Igual de fácil).

Y suma, y sigue.

La verdad, cuesta mucho mantener la calma y los buenos modales entre tanta estupidez; porque para mí es estúpido y abusivo que alguien niegue a otro el derecho de discernir por sí mismo (cuando no hay daño de por medio). Peor aún, que intente convencerme a la fuerza. Ello, lo único que provoca es el alejamiento y mi miedo creciente hacia esta sociedad que no supo enfrentar el cambio económico y tecnológico que globalizó todo el planeta. Nos pusimos tontos. Involucionamos, como primates asustados de tener al alcance de la mano tanta herramienta sin su estudio previo. Nos pensamos más y somos menos, y el temor que me provoca este razonamiento es llegar a un futuro no muy lejano tal como el que grafica con su palabra Arjex, en su cuento: “Desde el Espacio”. Gracias amigo.

http://arjex.blogspot.com/2013/10/desde-el-espacio.html

Amanda Espejo
(Meditabunda. Recluida en Quilicura, una tarde de Octubre – 2013)

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