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Guanaqueros (Coquimbo – Chile), 9 de febrero de 2016

 

No sé si a consecuencia de enterarme, una vez más, de los apuros de C.M., o por los continuos movimientos de tierra que nos persiguen de sur a norte, el caso es que nuevamente, nítidamente, te haces presente donde de nada sirve: en mis sueños.

Mucho ha de haber removido esta ola de marejadas que afecta nuestro país, porque por primera vez, los he visto juntos a ambos. Y afecta. Mucho. Irascible -como soy en el fondo-  lo interpreto como otro burla del destino: nuevos estiletes que llegan a clavarse en mi corazón.

También yo me hallaba presente en el sueño. Elemento inservible, ya que la historia inconclusa solo atañe a dos personas: él y tú.

Los veía (nos veía) tan claramente, que todo me parecía cierto. Mi hijo ya adulto, comentándome acerca de ti sin saber quién eras; le parecías alguien entretenido, que le contaba algunos episodios pasados en los que él estaba incluido. Mientras lo escuchaba, trataba de mantener una sonrisa fija en mi rostro, como si nada turbulento hubiese tras esos fragmentos de tiempo ido. No sentía pena…quizás, cierto alivio al constatar que ¿por fin! De un modo u otro el acercamiento se había realizado.

Cosas de los sueños, ¡claro!, que todo lo entremezclan y son capaces de conformar historias más increíbles que las de cualquier narrador real.

Lo asumo: fue fuerte verte/verlos, cual el tiempo faltante hubiese desaparecido de un plumazo y vuestro breve encuentro actual fuese precursor o “llave” de una nueva era, en donde el apoyo y cercanía que siempre esperé de ti para él, se estuviese consolidando suavemente, sin palabras grandilocuentes, casi sin sonidos. Tan solo pequeños gestos, sublimados por bellos tonos de luz. Yo, ni muerta ni viva, me limitaba a observar la escena como si aquello fuese lo más natural del mundo, pero, al mismo tiempo, a sabiendas que cualquier desliz podría quebrar el encanto y hacer que todo cayera en la nebulosa de siempre.

La luz naciente. El romper de las olas. La puerta vecina. Un leve ronquido. Ladrido de un perro. Un toque de bocina. Hilillo de agua que escurre. La gota… la gota…

Una gota insistente, capaz de horadar hasta la piedra llana, ha conseguido desinflar este deseo viejo camuflado de sueño para dejarme, una vez más, este conocido amargor en la boca.

Ya despierta, nada puedo hacer para rearmar este cruel rompecabezas. Por ello, corro a buscar papel y lápiz para plasmar estas líneas para ti. Líneas que nunca llegarán a su destino, pero tienen el don de ayudar a descomprimir el peso que atormenta (ya tantos años) a este loco corazón.

 

 

Amanda Espejo

Guanaqueros / febrero – 2016

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Sólo Amanda

“Cuéntale a tu corazón que existe siempre una razón, escondida en cada gesto…”

 

Así expresa Serrat en “Sinceramente tuyo”, Tano, y me resulta tan difícil concentrarme en la letra de su canción…Tras el muro de al lado, como siempre, las conversaciones ruidosas, llenas de ordinarieces, emergen salpicadas de risotadas intermitentes que hieren la delicadeza del poeta.

Ellos no saben, NO pueden saber de poesía.

Menos todavía de la profunda nostalgia que precede a la creación.

Hace mucho no te escribía, ¿recuerdas? Creo que hubo una misiva 1 y otra 2. De allí a estos garabatos, mucho. Mucho de todo.

Y en el fondo de esta dispersión, NADA.

NADA, Tano. Ni siquiera tu hombro para llorar.

Al parecer, no se puede llevar la contraria al destino, y el mío, es innegable, es permanecer en medio de la gente eternamente sola.

No culpo a nadie ¿sabes? Hay en ello una mezcla culposa de todos y de nadie.

Ambigua.

Como siempre.

Como nunca he dejado de ser.

Como tú mismo, Tano…no lo puedes desconocer: siempre al borde de, y paralelamente, con el traste en el rincón.

Así no hay caso. Y al decir “no hay”, puedo conjugarlo en todos los tiempos: no hay, no hubo y no habrá. Tu misma soledad es la que te protege. ¿De qué?

De vivir, diría yo.

De sufrir, dirías tú.

Mientras tanto, este verano que no da tregua. Todo está sofocante, y me asusta, Tano…me asusta ver cómo hasta la ínfima hoja del viejo árbol de enfrente parece quedar suspendida entre el ser y no ser, inerte, sin aliento, sofocada de calor y de miedo.

¿Miedo a qué?

Obvio, Tano, miedo a que esa inmovilidad forzosa a que la condena la falta de viento, pueda devenir en una muerte sesgada, de “refilón”, malévolamente leve, cual el paso furtivo a otra dimensión.

¿Qué cómo lo supongo?

No lo supongo, lo sé: porque también soy un poco árbol, también tengo raíces que (como tú) pretendo ignorar ante la incapacidad de comprenderlas.

Hace un calor agobiante esta tarde, Tano. Sudo copiosamente mientras algo pegajoso se infiltra en cada poro, cada partícula de aire, cada rincón del cuarto, y hasta en medio de las notas de las canciones que emite el estéreo.

Todo está espeso.

Serrat ya ha sucumbido ante el peso de esta densidad, misma que se pega a las cuerdas de guitarra de Paco de Lucía y entorpece la virtuosidad eterna de sus dedos.

Yo también sucumbo, Tano, y boqueo enfermizamente queriendo atrapar a un tiempo el aire, la música, tu nombre y el frescor de los recuerdos que quedaron atrás.

Es noche. Un leve soplo comienza a despertar.

Yo, aun en medio del vaho caliente de mis sueños… te extraño.

 

Amanda Espejo
Quilicura / Febrero 2015

SINCERAMENTE TUYO

No escojas solo una parte
tómame como me doy
entero y tal como soy
No vayas a equivocarte

Soy sinceramente tuyo
pero no quiero mi amor
ir por tu vida de visita
vestido para la ocasión
Preferiría con el tiempo
reconocerme sin rubor

(Estribillo)
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto
del derecho del revés
uno siempre es lo que es
y anda siempre con lo puesto
Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio

Y no es prudente ir camuflado
eternamente por ahí
ni por estar junto a ti
ni para ir a ningún lado

No me pidas que no piense
en voz alta por mi bien
Ni que me suba a un taburete
si quieres probare a crecer

(Estribillo)
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto
Del derecho y del revés
uno es siempre lo que es
y anda siempre con lo puesto
Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio

Joan Manuel Serrat

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BAJO EL CIRUELO

Madre.

Madre, siempre.

Somos tus mujeres.

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A mi Pablo:

¿Sabes? En este lento amanecer voy a contarte un cuento, no para que te duermas, sino, para que despiertes y así tus ojos abarquen un “tantito” más.


“Todas íbamos a ser reinas

de cuatro reinos sobre el mar.

Rosalía con Efigenia

Y Lucila con Soledad.”

 

                                   Gabriela Mistral

 

Con voces alegres, bañadas con el color de la inocencia, un corro de niñas asidas de la mano jugaban a la ronda de las princesas. Todas juraban serlo, incluso la pequeña de las rodillas siempre rotas, María, quién solía tropezar y caer continuamente a causa de su impulsiva curiosidad. En aquel momento, ella se sentía la más cierta de las princesas y tal como el estribillo que coreaban, soñaba el futuro aquél donde llegarían a ser reinas. Para eso, sólo les faltaba crecer.

María no había añadido a su porte más que un par de centímetros, cuando un día, al preguntar a su abuela sobre el porqué de los “porqués” que siempre rondaban su pequeña cabeza, tuvo como respuesta lo que siempre intuyó en los gestos bruscos de su “padre” y en los ojos bajos de su madre: la verdad sobre su origen.

La abuela le narró una corta y simple historia de amores y desamores entre adultos que eran muy complicada todavía para su edad pero, a medida que escuchaba, muchos de sus “porqués” se fueron reventando en el aire como burbujas de jabón.

El abrazo protector de su abuela quiso compensarla de algo que siempre presintió: la falta de amor en torno a su llegada, mas, sólo logró que le brotaran las lágrimas. Luego, fue a su pieza, se encaramó en un piso y se buscó en el espejo ovalado del viejo ropero. Siempre que lo hacía buscaba algo…algo…algo, que  esta vez sí encontró: una marca indeleble sobre su frente.

Y allí lo supo todo sin saber siquiera las palabras exactas: hay niñas princesas que nunca llegan a ser reinas. Las niñas bastardas. A las niñas como ella, aquello les está negado.

 

 

 

Amanda Espejo

Quilicura/04/2006

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CARTA A GONZALO



Me han cedido estas páginas, exactamente dos carillas para que hable sobre ti.

¿Cómo puedo contenerte en tan corto espacio?

Creo que por hoy, los hitos de tu biografía y la enumeración cronológica de tus premios, se quedarán guardados en la gaveta de la memoria. He de concentrarme en el meollo del asunto: lo que se produce en mí, al ver ante mis ojos el logrado mosaico de tus palabras.

Escucha, Gonzalo, hijo de Lebu…¡bendito seas entre todos los poetas!

Porque aún siendo niño, intuiste el modo de borrar de tu cielo las nubes de hollín, y asombrado, soplaste… soplaste un susurro de palabras frescas que se remontó en el aire y se hizo imagen.

Porque haciendo uso de tu libre albedrío, no tuviste empacho en cortar amarras y caminar tu propia senda bajo el candil de tus sentidos, sin perder ni por un momento, la certeza de la fragilidad e indefensión del hombre frente a lo infinito.

Porque convertiste a tu voz las preguntas universales de todos los hombres y mujeres conscientes, heredándonos la experiencia de tu propia búsqueda.

Porque no te bastó con escuchar el canto de las caracolas… tú ascendiste y descendiste, te diste licencia para volar con el viento y para cavar hasta lo más profundo de la tierra y del SER mismo.

Porque se me nublan los ojos cuando junto a ti, también veo a tu padre, espejismo de muerte… montado, bajo la lluvia… (es un olor a caballo mojado…) mirando a través de ti, sin poder verte.

Porque tu madre, Celia, también es la mía mientras recorro a tu lado la historia viva de su muerte. Soy una entre los siete… y me lloro… y la lloro junto contigo.

Porque nadie como tú ha sabido conciliar en su canto el concepto de lo opuesto: y te rehaces una y otra vez de cuerpo y espíritu, entre la vida y la muerte, al filo de lo profano y lo sagrado, desechando cualquier tipo de discriminación.

Porque con ello has logrado que tu obra sea el reflejo perfecto de las esencias, en donde lo masculino y femenino postergan sus diferencias. Y es por eso que éstas, mis palabras, desafiando cualquier argumento de forma, de espacio y de tiempo, hoy apuestan por ti.

 

Amanda Espejo

Quilicura / 2006

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LOS RECUERDOS NO RECORDADOS

Santiago, Quilicura, noviembre – 2003

Laura, hermana querida:

Antes que nada debo acusarme: ¡qué sinvergüenza que soy! Estoy aprovechando lo que se supone una forma correcta de encabezar una carta para expresar mi sentimiento hacia ti y así aminorar un poco la culpa que siento por mi falta de expresividad.

Hoy, como tú sabes, yo estaba comprometida con anterioridad para un paseo con mi club de amigas a Punta de Tralca. Efectivamente, se llevó a cabo y no me puedo aguantar ni un minuto más sin plasmar en el papel lo vivido para que tú me ayudes con tu imparcial análisis y conclusión. Agradeciendo de antemano tu paciencia, me doy licencia para comenzar mi relato.

El viaje transcurrió sin novedad, excepto, como tú sabes, por el incesante alboroto y desorden que implica u bus repleto de mujeres solas conducido por un chofer relativamente buenmozo. ¡Puedes imaginarlo! A mí, sin que vea en ello algo chocante, tampoco te puedo decir que me agrade el chacoteo exagerado. Quizás influyó en mi estado de ánimo, culpable de no haber estado presente en la primera comunión de mi sobrino. Dale otro beso de disculpas por mí ¿ya?.

Prosigo: casi al llegar ya comencé a sentirme más animosa. Imposible no hacerlo con tanta belleza inundando mis ojos. El día estaba precioso y los tonos azules del mar y cielo rivalizaban entre sí al compás de las olas para ser cada cual el más hermoso. ¿Te ha pasado alguna vez sentir que el límite entre ambos parece ser tan sólo producto de la estética y no algo real? Yo lo sentí así.
Entusiasmada con ello, apenas pude (sin parecer descortés), me aparté del grupo y descalza, inicié una caminata por la orilla justo donde se besaban arena y espuma. Iba disfrutando de esta revivificante sensación cuando llamó mi atención en la lejanía, la figura cabizbaja de una mujer que provista de una especie de vara en la mano, hacía con ésta movimientos en la arena. Déjame aclarar que el lugar estaba prácticamente vacío, por lo tanto pude fijarme bien en ella.

A medida que me acercaba pude observarla mejor. Se trataba de una mujer mayor (no te rías, no es que yo no lo sea, pero ella lo era más, sin duda). Muy delgada, el cabello desordenado por el viento y como de tres tonos distintos debido al desgaste de la tintura. A pesar de ese detalle, tenía algo especial…una mezcla extraña entre dignidad, dolor y ausencia parecían envolverla de pies a cabeza y hacerla inmune al viento, al sol, al rocío húmedo e incluso, a mi mirada. Como parecía completamente abstraída e indiferente a mi presencia, pude detenerme y fijarme bien en lo que hacía. Escribía algo en la arena mojada. Lo curioso es que lo hacía muy cerca de la orilla, y el mar, en su beso recurrente, se robaba el significado de su mensaje. Curiosa como soy (intrusa según tú), me acerqué un poco más y después de una corta espera logré leer su ininterrumpido mensaje:

“Otro desfase en el tiempo
Otro antes y otro después
Vivir soñando
La maldita coincidencia
Que no pudo vivir
Para así calmar mi espera”.

Apenas acababa de leerla cuando una ola violenta se la tragó íntegramente. En ese momento, debido a la fuerza del agua, ella se volvió y me miró brevemente. ¿Me miro? No estoy tan segura, porque sus ojos color del tiempo parecían ver a través de mi persona. No obstante, aproveché el momento para hablarle:

– Disculpe, no quise asustarla, pero no pude evitar leer su poema y me pareció muy hermoso. Es una pena que el mar se lo lleve…
Ella titubeó un momento y luego me habló:

– No importa. Así puedo escribirlo de nuevo una y mil veces, y así, tal vez…puede que logre su cometido.
– ¿Su cometido? Entonces es una especie de mensaje… – aventuré , sintiéndome enferma de intrusa.
– Es un mensaje – me dijo -. Un sentimiento, y como tal tiene un receptor.
Yo vacilé un momento.
– Pero, si desea que sea recepcionado… ¿por qué lo hace tan cerca de la orilla?
– Precisamente para que se borre – asintió muy convencida, – mientras lo escribo siento la esperanza de que va a ser leído, pero si lo hiciera realmente indeleble en algún lugar, sufriría mucho más al no tener respuesta.
– Entiendo…quiere decir que no está segura de tener respuesta.
– No, no estoy segura. Si así fuera, mi vida no tendría sentido. De lo que estoy segura es que mi búsqueda no ha terminado. Sé que tengo que encontrarlo.
– Entonces es una persona, más bien un hombre. ¿Se trata de algún amor del pasado?
– No, no lo sé realmente, o sea…lo sé y lo siento, pero no soy capaz de explicarlo. ¿Acaso usted lo entendería?
– Trate – le dije convencida –, puede que lo haga bien.

Ella nuevamente se colgó de mi mirada y la inmensidad de su desaliento me conmovió en demasía.

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