BUENOS DÍAS TRISTEZA

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Buenos días o buenas tardes, o buenas noches, da lo mismo. El fondo no cambia.

Ilusa yo, soñaba con que este año sería más tolerable que el anterior, pero me doy cuenta solo expresaba un deseo. La realidad es otra.

Tú llegas, tristeza, y todo buen augurio sucumbe.

La intención se divorcia del acto y la mente deambula pendular, de un extremo a otro.

“Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa”.

Así reza una oración tradicional de los católicos, y así recé yo repetidas veces, golpeándome el pecho durante el rito a seguir en mis años escolares.

Así, inocente, repetí la letanía aún sin comprender del todo su significado, pero intuyendo algo amenazante se cernía sobre mi pequeña cabeza de siete u ocho años.

¿Fue allí que arribaste, tristeza

Me atrevo a afirmar que no, que fue antes, mucho antes.

Tal vez me acunaste en tu soporífera niebla desde el mismo saco uterino.

“Por mi culpa, por mi culpa…”

A pesar del importante lapso de tiempo que me separa de aquél momento, sigo, inconscientemente, repitiendo el estribillo desesperanzador, herencia de un legado patriarcal.

Innegablemente, si en aquél entonces no comprendía ni asumía el peso de la culpa, hoy aquello se ha magnificado a consecuencia de los errores cometidos.

Cómo quisiera poderme sacudir todo!

Errores propios y ajenos. Culpas. Remordimientos, fastidio, ira, desconsuelo. Mas, no alcanza una vida para ello.

Y sigo aquí, cada vez más aislada, girando apenas la rueda del molino mientras la molienda, cada vez más escasa, no es capaz de saciar el apetito del alma.

“Sobrevuelos” digo, cuando pienso en lo que hago, pero la verdad…diría que apenas camino.

 

Amanda Espejo, Quilicura/ abril – 2016

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GOTA SOBRE LA PIEDRA

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Guanaqueros (Coquimbo – Chile), 9 de febrero de 2016

 

No sé si a consecuencia de enterarme, una vez más, de los apuros de C.M., o por los continuos movimientos de tierra que nos persiguen de sur a norte, el caso es que nuevamente, nítidamente, te haces presente donde de nada sirve: en mis sueños.

Mucho ha de haber removido esta ola de marejadas que afecta nuestro país, porque por primera vez, los he visto juntos a ambos. Y afecta. Mucho. Irascible -como soy en el fondo-  lo interpreto como otro burla del destino: nuevos estiletes que llegan a clavarse en mi corazón.

También yo me hallaba presente en el sueño. Elemento inservible, ya que la historia inconclusa solo atañe a dos personas: él y tú.

Los veía (nos veía) tan claramente, que todo me parecía cierto. Mi hijo ya adulto, comentándome acerca de ti sin saber quién eras; le parecías alguien entretenido, que le contaba algunos episodios pasados en los que él estaba incluido. Mientras lo escuchaba, trataba de mantener una sonrisa fija en mi rostro, como si nada turbulento hubiese tras esos fragmentos de tiempo ido. No sentía pena…quizás, cierto alivio al constatar que ¿por fin! De un modo u otro el acercamiento se había realizado.

Cosas de los sueños, ¡claro!, que todo lo entremezclan y son capaces de conformar historias más increíbles que las de cualquier narrador real.

Lo asumo: fue fuerte verte/verlos, cual el tiempo faltante hubiese desaparecido de un plumazo y vuestro breve encuentro actual fuese precursor o “llave” de una nueva era, en donde el apoyo y cercanía que siempre esperé de ti para él, se estuviese consolidando suavemente, sin palabras grandilocuentes, casi sin sonidos. Tan solo pequeños gestos, sublimados por bellos tonos de luz. Yo, ni muerta ni viva, me limitaba a observar la escena como si aquello fuese lo más natural del mundo, pero, al mismo tiempo, a sabiendas que cualquier desliz podría quebrar el encanto y hacer que todo cayera en la nebulosa de siempre.

La luz naciente. El romper de las olas. La puerta vecina. Un leve ronquido. Ladrido de un perro. Un toque de bocina. Hilillo de agua que escurre. La gota… la gota…

Una gota insistente, capaz de horadar hasta la piedra llana, ha conseguido desinflar este deseo viejo camuflado de sueño para dejarme, una vez más, este conocido amargor en la boca.

Ya despierta, nada puedo hacer para rearmar este cruel rompecabezas. Por ello, corro a buscar papel y lápiz para plasmar estas líneas para ti. Líneas que nunca llegarán a su destino, pero tienen el don de ayudar a descomprimir el peso que atormenta (ya tantos años) a este loco corazón.

 

 

Amanda Espejo

Guanaqueros / febrero – 2016

CIERRO LOS OJOS

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Hay algo extraño en el aire. No sé si es dentro de este microbús (303, Quilicura) o afuera, envolviendo el largo ondular de la carretera Panamericana.

Pongo todo mi empeño en concentrarme en parte de lo que pasa tras la ventanilla: fábricas y más fábricas; casas viejas; alguna plaza antigua a medio extinguir, una que otra vulcanización  y paradero tras paradero se suceden sin que mi creciente ansiedad logre focalizar su causa.

¿Qué hace tu nombre aquí, anclado en mi pecho, en un momento así?

La parada frente a  Coproflor, deja entrar por puertas y ventanas un olor casi denso, aromas calientes a flores de todo tipo, afectas al inmenso calor de verano.

No puedo evitar hacer  correlación entre flor, cementerio y muerte. Cierro los ojos.

Pero…otra vez… Dime: ¿qué hace tu nombre a punto de desbordar mis labios?

Inquieta a más no poder,  abro los ojos.  A contraluz de los bellos tonos del atardecer, como un mal augurio, me impacta la nitidez de la cruz del Cerro Renca.

¿Una cruz? No puedo desconocer las coincidencias y en este momento, debo creer en ellas. Negarlo sería aceptar la posibilidad de tu triste partida.

Cierro los ojos: sigo viento la silueta de los maderos en cruz. Los abro.

Entonces sucede lo inexplicable: te veo, hombre-cometa, recortado contra el cielo del atardecer, brazos y piernas extendidos, en plena lasitud, entregado a una lenta pero inexorable ascensión.  Un cable que pende de tu tobillo se mece suavemente con el viento. Arrebatada, me alzo para agarrarlo en un loco intento por detenerte, por conservarte aquí, en el mundo de los mal llamados vivos, pero es inútil: una y otra vez mis esfuerzos se ven frustrados. No te alcanzo.

Y grito. Grito muy fuerte pensando hacerme notar: ¡Detente hombre-cometa! No puedo soportar tu partida. No soy capaz porque, aún peor que tu fuga, me es insoportable la certeza de que no puedo hacer nada con respecto a ti. QUE NUNCA PUDE HACERLO.

Dentro de mi cabeza, las letras de la palabra “nunca” se agigantan lo indecible, hasta que mis sienes parecen estallar de dolor.

Abro los ojos para dejar de verlas y, efectivamente, desde la ventanilla, nada veo,  excepto el mismo cúmulo de tierra que va quedando atrás, y un desfile de nubes rosa y violeta que se niegan a sucumbir al gris.

Me convenzo: todas estas visiones son  producto de la modorra. Culpa de la ola de calor. Consecuencia de un largo viaje de regreso a casa en la hora peak. Y tú  -me reafirmo- nunca estuviste elevándote ante mis ojos.

Este último pensamiento inunda mi pecho de tanta paz, que no deseo ver nada nuevo que me perturbe.

Vamos llegando al trébol de Panamericana. Consciente de ello, cierro mis ojos con fuerza y concentro toda mi atención en contar los cuatro paraderos que faltan para acabar mi viaje.  Pasado el tercero, abro los ojos y me apronto a bajar.

Ya es noche, y ella se ha tragado hasta la última de las nubes. Su tonalidad pareja tampoco permite distinguir en lo alto nada más que algunas estrellas. Curiosa, igual alzo la mirada para confirmar que no hay nada anormal. Una media luna lejana es lo más que resalta en el plano oscuro. La observo para saludarla como siempre hago y allí, colgando de una de sus puntas, creo ver un colgando un largo hilo que nace de una mancha irregular más grande y oscura que las que se suelen ver.

Quedo absorta. En un gesto instintivo, los dedos de mi mano se alzan sobre mi cabeza.

¿Es… que… podría ser…?

Temblando, cierro los ojos y apuro el paso.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura / enero – 2016

 

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(Alcance particular sobre el oficio de escribir)

Cuesta tanto escribir…darse el tiempo para ello en el momento justo que la emocionalidad lo requiere. Cuesta, porque cuando ello sucede, generalmente estamos inmersos en la estructura diaria y el tiempo para brindarnos un paréntesis es escaso o nulo. Más aún si de inspiración se trata: los destellos de ésta, los caprichosos guiños que nos brinda a través de una imagen, palabra o hecho, suelen ser tan breves como valiosos. Nos dejan -como flores en las manos- un concepto, una frase (tal vez el esbozo de un verso), junto a la urgencia de expresarnos en el momento mismo, ese que nos es siempre esquivo en horas o minutos que nos permitan verternos sobre el papel.

¿Falta de rigor del escribiente? Puede ser. Y seguramente lo es para quien escribe formateado por el hábito; para quien, pudiendo hacerlo,  plantea las horas de su día de modo que le permita retirarse al santuario de su escritorio, sagradamente, para labrar el fruto deseado; mas, para el poeta, nada de ello valdría sin el sentimiento: aquél que logra el equilibrio perfecto entre idea, inspiración, oficio y sentir.

Así como llega, el asomo de un poema se puede evaporar en un dos por tres si alguno de estos factores no se conjugan debidamente. Podrán rebatirme, lo sé, y estarán en todo su derecho, ya que cada cual funciona por su método, pero, lo aseguro, cantidad más o menos de escritos apilados no certifican poesía.  Ésta no depende de un asueto de reloj. No se mecaniza como crónica ni cuento breve. En ella no basta el dominio de un extenso vocabulario ni el sabio manejo de los recursos literarios. Un ojo atento, el acontecimiento actual, la denuncia precisa y hasta el lamento amoroso, tal como la vieja alquimia, necesitan de la piedra filosofal que convierta todo aquello en lo que ansiamos. Esta piedra es la emocionalidad, la capacidad de sentir, sin barreras predispuestas, que cada cual contenemos dentro de sí. Sin ella, todo escrito, por novedoso o perfecto que sea en su sintaxis, se percibirá frío; se leerá, tal vez, de un tirón y satisfará seguramente a nuestro intelecto, mas, nuestra sensibilidad permanecerá intacta, y luego de un par de días no conservaremos nada de lo leído o escuchado, excepto, quizás, un leve recuerdo de que  “no era malo”.

Escribo esto, robándome una fracción de tiempo frente al teclado. Una, que si bien me permite esbozar este comentario, no consta de lo requerido para dedicarla a sintonizar las vibraciones necesarias para crear poesía. No podría. Ella, por muy manoseada que esté, merece todo el respeto de mi parte.

¡Y quién soy yo para pensarme poeta!  No más que un ser humano en honesta y eterna búsqueda.

 

Amanda Espejo

Quilicura/ enero – 2016

TRENZAS SOBRE UN CINTILLO

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Para pasar las horas de una tarde sofocante, cojo un cintillo roto y trenzo, (como antes) manojos de hilo torcidos sobre la curva de alambre.

Trenzo, madre, con el tejido de “mango”… ¿recuerdas? El que usabas para sellar las bolsas de compras, mismas que luego vendías para comprar el pan familiar.

Trenzo, y  en ello me transporto a la niñez perdida que todos quisiéramos olvidar.

Tú cortando las tiras plásticas, y nosotros, todo quien fuera capaz de mover los dedos, trenzando interminables sogas de colores que tus sabias manos anudarían para confeccionar una malla.

Yo, trenzando, pensando era un juego, algo para remontar las largas tardes aislada, sin derecho a salir de casa, jugar, o hacer amigas.

Los postigos entornados, encerrados todos por necesidad y capricho de él: tu compañero elegido.

¿Pensaste alguna vez en el daño causado, heredado sin miramientos a cada uno de tus hijos?

Pienso que no. Que la realidad se te extravió muchos, muchos años antes. Tal vez, en plena adolescencia: un par de trenzas largas enrolladas en tu cabeza, tratando de dar el “gran paso”, el mismo de tus hermanas y que tú nunca pudiste igualar.

Trenzo tal como te vi peinar mis trenzas escolares, antes de que él se antojara por cepillar mi cabello y las reemplazara por un cintillo.

Tú trenzas y yo trenzo.

Las tiras de plástico se amontonan mientras no dejo de mover mis dedos ágilmente, en muda competencia para ver si te gano. Si te ríes por ello. Si me dejas parar un momento y descansas conmigo.

Quiero abrirme para ti. Destrenzar las palabras de mis sueños y exhibírtelas en todo su candor.

Mas, no hay tiempo. La hermana pequeña pide su leche y llora por muda el hermano menor.

Tu orden (un machetazo) corta, una vez más, toda posibilidad de intimidad entre las dos.

Hoy, un día al azar, trenzo manojos de hilos de cáñamo sobre un cintillo viejo, y ese simple acto, de antiguos conceptos mancomunados*, desafía la línea de tiempo hasta traerte, nuevamente, junto a mí.

 

 

P.D.  Dijo, gente que nos conoce, no entender el porqué te escribo tanto.

¿Acaso no saben eres mi primer y último cable de arraigo a esta tierra?

 

 

 

*Conceptos ligados a la niñez: trenzas y cintillo.

 

Amanda Espejo

Quilicura / enero – 2016

cinco

 

Desde hace más de un mes la poeta deambula como si llevara un gran peso encima. No define bien de que se trata, pero sí lo relaciona con la llamada recibida, en la cual la invitaban a ser parte de la próxima tertulia “de a dos” que está de moda. Tampoco sabe por qué aceptó si hace ya casi un año que permanecía alejada de aquellos circuitos. Un año en que osciló permanentemente entre felicitarse por la decisión tomada, y el miedo a volverse más solitaria aún.

“Es cuestión de principios”, se repetía una y otra vez mientras transitaba por la feria de los domingos buscando el producto accesible a su presupuesto. “Sentido común, consistencia de la palabra”.

Y es que las dificultades para soportar el tejemaneje del ambiente eran irrebatibles. Poesía y carencia van de la mano sólo en los libros o en alguna vida desgraciada de algún mítico poeta suicida del que, mientras más tortuoso su devenir, más cerca está de convertirse en un ícono. Para la mayoría, tal como lo decía su abuela “la pobreza es hedionda”, y la verdad del dicho suele manifestarse más temprano que tarde con el alejamiento soterrado de algunos pares que juraron llamarse amigos/as. De hechos amargamente sorprendentes había sido testigo, de allí su renuencia a seguir siendo parte de la comparsa.

“Más encima… ¿cuál es el sentido de todo esto?”

Ese era el meollo del asunto, la pregunta de fondo y también de la que no encontraba respuesta, provocando con ello altibajos emocionales que pasaban de la decepción o el desprecio, hasta la furia. Esta inseguridad era la temía provocara estragos en ella, mejor dicho, en su lectura; esto, unido al temor de no lograr la intensidad deseada o no encontrar la palabra precisa en el momento del conversatorio, sencillamente, le aterraban.

Una semana antes de la fecha indicada pensó por última vez arrepentirse; llamar y excusarse con algún tema transversal: alguna enfermedad propia o de familia, pero le jugó en contra la amplia difusión del encuentro y lo mal que podría quedar su nombre. Se comió una vez más la tristeza que le inspiraba el tema y trató de distraerse ante una hoja de papel en blanco. Nada relativamente positivo le vino a la mente. Tampoco los trazos que intentó esbozar conformaron nada más que dispares ondas crecientes, parte de una marea indefinida. Guardó por centésima vez los lápices de colores brillantes con los que pretendía pintar un mundo paralelo para engañarse a sí misma, y optó por distraerse (o atontarse) viendo una película.

Dos días antes de la fecha se dio por vencida y comenzó a revisar su ropero para ver qué podía vestir para la ocasión. No era fácil. Su ropa, como salía poco le duraba mucho, por lo tanto estaba más que vista, como constaba en variadas imágenes de Internet. Había que hacer algo. Algo notorio pero de poco costo. Fue allí que recibió una colaboración familiar: una capa tejida, de fondo negro y coloridas rosas. No fue hasta que se la probó ante el espejo que se sintió más tranquila. Ésta cumplía su cometido: algo nuevo por encima, que quitase la atención del resto.

Esa noche, al fin, pudo conciliar un sueño continuo por algo más de tres horas.

La tarde convenida la poeta siguió uno a uno los pasos autodesignados: hizo media hora de lectura en voz alta (para prevenir errores) y marcó en su libro los textos a leer. Imprimió algunos otros para alternar, limpió cuidadosamente los lentes “cuneta” antes de meterlos al estuche y guardó todo dentro del bolso recién ordenado. Se vistió tal como lo había visualizado y marchó al encuentro anticipadamente con el propósito de comprar una rosa en alguna floristería.
Cinco minutos antes de la hora pactada traspasó el umbral del recinto, enfundada en su capa y flor en mano, buscando un rostro conocido. Saludó a quien la esperaba y quienes iban llegando con la misma sonrisa despreocupada que, pintada de rojo, impedía vislumbrar la disparidad de emociones. Se tomo un café solo, imposible tragar algo en ese momento, mientras su compañero de lectura se hacía esperar. Él era un nombre conocido, un hombre de talento y medios económicos más que suficientes para difundirlos. Al parecer, por lo que ella escuchó, muchas estaban pendientes de su llegada para halagarlo con su presencia.

Un poco más tarde de lo anunciado, él llega y ya se está en condiciones de comenzar la jornada de poesía. Es entonces -tras la mesa que presenta algunos libros cuya autoría no le pertenece- que ella se da cuenta de que el momento crucial ha llegado, y unas locas ganas de arrancar le tiran de tal modo las piernas que llega a tiritar por el esfuerzo en contenerlas. “Todo está perdido”, piensa. “No fui capaz de permanecer ajena a esto…”

Para entonces, está consciente de ya están allí, a la par, la poeta pobre y el consagrado, mientras una voz dulzona se refiere a ellos con infinidad de halagos, mismos que le producen escozor en el alma. Afortunadamente, primero siempre lee la mujer. Entonces la presentan. Divagan algo sobre su quehacer literario y luego le piden, mejor, se presente ella misma. ¡Craso error! Nada hay que la poeta pobre pueda decir sobre ella en ese momento. Todo lo que fuere sería mal recibido por los contertulios, entonces opta por excusarse y comenzar la lectura. Después de todo, ese es su terreno y allí no corren pergaminos ni teoría literaria. Toma la rosa y la aspira unos pocos segundos, los suficientes para arrojarla al piso y exclamar:

¡Basta!, no quiero más el perfume de la rosa…

tertulia 009…De un momento a otro todo cambia: hay receptores atentos que logran infundirle la escurridiza seguridad que la atormentó durante días. Y no le duelen los pies ni le molesta no haber ido con falda y tacones. En la hermosa habitación, centro de cultura, sólo hay palabras y estas son suyas, y fluyen, milagrosamente, de su interioridad. Seguramente hay una vertiente dentro de ella y por esa razón las flores de su capa ondean así, llenas de vida, según el remontar de sus brazos. Seguramente alguien o algo, un espíritu o esencia de lo femenino puede estar hablando a través de ella. Puede ser. La mirada atenta de las mujeres presentes confirma la identificación de género que ella busca. Esta vez no leerá solo para ellas. Su canto desafiante se extenderá hasta la orilla del macho y cruzará el límite para ascender lentamente por sus piernas. Tendrán que entenderlo: es lo que hace. La presentación no hablada del comienzo se torna efectiva a través de la poiesis con nombre de Mujer.

Tal vez, piensa mientras le aplauden, no estaba preparada aún para esto. Tal vez improvisé un poco. Tal vez me equivoqué en algo sin darme cuenta. Pero ya es tarde, está todo hecho, y no le queda más que dejarse acariciar por el plauso y felicitaciones posteriores.

El resto de la jornada le queda un poco en nebulosa. Sabe que disfrutó la lectura de su compañero y le expresó merecidas felicitaciones. Que agradeció a quienes le acompañaron en el trance; que sintió hambre todo el rato y que a duras penas llegó al final del acto debido al agotamiento interior. Sin embargo, nada ocupó más su mente que la vuelta a casa. Ese ansiado y temido deshacer del tiempo; aquel acto involutivo que la devuelve a su sitio exacto. El regreso, la llegada, el saludo de quien la espera. El cumplido: ¡qué linda anda! El café oloroso que le entibia el cuerpo y las galletas con mermelada que calman su ayuno antes de ir a dormir; la ropa que se va sacando. Todo. Todo queda suspendido de unos garfios inexistentes en las paredes del viejo cuarto de más de treinta años. El de siempre. Tras apagar la luz, echa una última mirada a la capa tejida que descansa en solitario, a medio colgar de una silla.

“Gracias”, musita suavemente. Mientras, desde el piso, las sombras del cuarto van tragando una a una las rosas coloridas que se deslizan hacia el suelo.

Amanda Espejo
Quilicura / Julio – 2015

Sólo Amanda

“Cuéntale a tu corazón que existe siempre una razón, escondida en cada gesto…”

 

Así expresa Serrat en “Sinceramente tuyo”, Tano, y me resulta tan difícil concentrarme en la letra de su canción…Tras el muro de al lado, como siempre, las conversaciones ruidosas, llenas de ordinarieces, emergen salpicadas de risotadas intermitentes que hieren la delicadeza del poeta.

Ellos no saben, NO pueden saber de poesía.

Menos todavía de la profunda nostalgia que precede a la creación.

Hace mucho no te escribía, ¿recuerdas? Creo que hubo una misiva 1 y otra 2. De allí a estos garabatos, mucho. Mucho de todo.

Y en el fondo de esta dispersión, NADA.

NADA, Tano. Ni siquiera tu hombro para llorar.

Al parecer, no se puede llevar la contraria al destino, y el mío, es innegable, es permanecer en medio de la gente eternamente sola.

No culpo a nadie ¿sabes? Hay en ello una mezcla culposa de todos y de nadie.

Ambigua.

Como siempre.

Como nunca he dejado de ser.

Como tú mismo, Tano…no lo puedes desconocer: siempre al borde de, y paralelamente, con el traste en el rincón.

Así no hay caso. Y al decir “no hay”, puedo conjugarlo en todos los tiempos: no hay, no hubo y no habrá. Tu misma soledad es la que te protege. ¿De qué?

De vivir, diría yo.

De sufrir, dirías tú.

Mientras tanto, este verano que no da tregua. Todo está sofocante, y me asusta, Tano…me asusta ver cómo hasta la ínfima hoja del viejo árbol de enfrente parece quedar suspendida entre el ser y no ser, inerte, sin aliento, sofocada de calor y de miedo.

¿Miedo a qué?

Obvio, Tano, miedo a que esa inmovilidad forzosa a que la condena la falta de viento, pueda devenir en una muerte sesgada, de “refilón”, malévolamente leve, cual el paso furtivo a otra dimensión.

¿Qué cómo lo supongo?

No lo supongo, lo sé: porque también soy un poco árbol, también tengo raíces que (como tú) pretendo ignorar ante la incapacidad de comprenderlas.

Hace un calor agobiante esta tarde, Tano. Sudo copiosamente mientras algo pegajoso se infiltra en cada poro, cada partícula de aire, cada rincón del cuarto, y hasta en medio de las notas de las canciones que emite el estéreo.

Todo está espeso.

Serrat ya ha sucumbido ante el peso de esta densidad, misma que se pega a las cuerdas de guitarra de Paco de Lucía y entorpece la virtuosidad eterna de sus dedos.

Yo también sucumbo, Tano, y boqueo enfermizamente queriendo atrapar a un tiempo el aire, la música, tu nombre y el frescor de los recuerdos que quedaron atrás.

Es noche. Un leve soplo comienza a despertar.

Yo, aun en medio del vaho caliente de mis sueños… te extraño.

 

Amanda Espejo
Quilicura / Febrero 2015

SINCERAMENTE TUYO

No escojas solo una parte
tómame como me doy
entero y tal como soy
No vayas a equivocarte

Soy sinceramente tuyo
pero no quiero mi amor
ir por tu vida de visita
vestido para la ocasión
Preferiría con el tiempo
reconocerme sin rubor

(Estribillo)
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto
del derecho del revés
uno siempre es lo que es
y anda siempre con lo puesto
Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio

Y no es prudente ir camuflado
eternamente por ahí
ni por estar junto a ti
ni para ir a ningún lado

No me pidas que no piense
en voz alta por mi bien
Ni que me suba a un taburete
si quieres probare a crecer

(Estribillo)
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto
Del derecho y del revés
uno es siempre lo que es
y anda siempre con lo puesto
Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio

Joan Manuel Serrat

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