TRENZAS SOBRE UN CINTILLO

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Para pasar las horas de una tarde sofocante, cojo un cintillo roto y trenzo, (como antes) manojos de hilo torcidos sobre la curva de alambre.

Trenzo, madre, con el tejido de “mango”… ¿recuerdas? El que usabas para sellar las bolsas de compras, mismas que luego vendías para comprar el pan familiar.

Trenzo, y  en ello me transporto a la niñez perdida que todos quisiéramos olvidar.

Tú cortando las tiras plásticas, y nosotros, todo quien fuera capaz de mover los dedos, trenzando interminables sogas de colores que tus sabias manos anudarían para confeccionar una malla.

Yo, trenzando, pensando era un juego, algo para remontar las largas tardes aislada, sin derecho a salir de casa, jugar, o hacer amigas.

Los postigos entornados, encerrados todos por necesidad y capricho de él: tu compañero elegido.

¿Pensaste alguna vez en el daño causado, heredado sin miramientos a cada uno de tus hijos?

Pienso que no. Que la realidad se te extravió muchos, muchos años antes. Tal vez, en plena adolescencia: un par de trenzas largas enrolladas en tu cabeza, tratando de dar el “gran paso”, el mismo de tus hermanas y que tú nunca pudiste igualar.

Trenzo tal como te vi peinar mis trenzas escolares, antes de que él se antojara por cepillar mi cabello y las reemplazara por un cintillo.

Tú trenzas y yo trenzo.

Las tiras de plástico se amontonan mientras no dejo de mover mis dedos ágilmente, en muda competencia para ver si te gano. Si te ríes por ello. Si me dejas parar un momento y descansas conmigo.

Quiero abrirme para ti. Destrenzar las palabras de mis sueños y exhibírtelas en todo su candor.

Mas, no hay tiempo. La hermana pequeña pide su leche y llora por muda el hermano menor.

Tu orden (un machetazo) corta, una vez más, toda posibilidad de intimidad entre las dos.

Hoy, un día al azar, trenzo manojos de hilos de cáñamo sobre un cintillo viejo, y ese simple acto, de antiguos conceptos mancomunados*, desafía la línea de tiempo hasta traerte, nuevamente, junto a mí.

 

 

P.D.  Dijo, gente que nos conoce, no entender el porqué te escribo tanto.

¿Acaso no saben eres mi primer y último cable de arraigo a esta tierra?

 

 

 

*Conceptos ligados a la niñez: trenzas y cintillo.

 

Amanda Espejo

Quilicura / enero – 2016

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cinco

 

Desde hace más de un mes la poeta deambula como si llevara un gran peso encima. No define bien de que se trata, pero sí lo relaciona con la llamada recibida, en la cual la invitaban a ser parte de la próxima tertulia “de a dos” que está de moda. Tampoco sabe por qué aceptó si hace ya casi un año que permanecía alejada de aquellos circuitos. Un año en que osciló permanentemente entre felicitarse por la decisión tomada, y el miedo a volverse más solitaria aún.

“Es cuestión de principios”, se repetía una y otra vez mientras transitaba por la feria de los domingos buscando el producto accesible a su presupuesto. “Sentido común, consistencia de la palabra”.

Y es que las dificultades para soportar el tejemaneje del ambiente eran irrebatibles. Poesía y carencia van de la mano sólo en los libros o en alguna vida desgraciada de algún mítico poeta suicida del que, mientras más tortuoso su devenir, más cerca está de convertirse en un ícono. Para la mayoría, tal como lo decía su abuela “la pobreza es hedionda”, y la verdad del dicho suele manifestarse más temprano que tarde con el alejamiento soterrado de algunos pares que juraron llamarse amigos/as. De hechos amargamente sorprendentes había sido testigo, de allí su renuencia a seguir siendo parte de la comparsa.

“Más encima… ¿cuál es el sentido de todo esto?”

Ese era el meollo del asunto, la pregunta de fondo y también de la que no encontraba respuesta, provocando con ello altibajos emocionales que pasaban de la decepción o el desprecio, hasta la furia. Esta inseguridad era la temía provocara estragos en ella, mejor dicho, en su lectura; esto, unido al temor de no lograr la intensidad deseada o no encontrar la palabra precisa en el momento del conversatorio, sencillamente, le aterraban.

Una semana antes de la fecha indicada pensó por última vez arrepentirse; llamar y excusarse con algún tema transversal: alguna enfermedad propia o de familia, pero le jugó en contra la amplia difusión del encuentro y lo mal que podría quedar su nombre. Se comió una vez más la tristeza que le inspiraba el tema y trató de distraerse ante una hoja de papel en blanco. Nada relativamente positivo le vino a la mente. Tampoco los trazos que intentó esbozar conformaron nada más que dispares ondas crecientes, parte de una marea indefinida. Guardó por centésima vez los lápices de colores brillantes con los que pretendía pintar un mundo paralelo para engañarse a sí misma, y optó por distraerse (o atontarse) viendo una película.

Dos días antes de la fecha se dio por vencida y comenzó a revisar su ropero para ver qué podía vestir para la ocasión. No era fácil. Su ropa, como salía poco le duraba mucho, por lo tanto estaba más que vista, como constaba en variadas imágenes de Internet. Había que hacer algo. Algo notorio pero de poco costo. Fue allí que recibió una colaboración familiar: una capa tejida, de fondo negro y coloridas rosas. No fue hasta que se la probó ante el espejo que se sintió más tranquila. Ésta cumplía su cometido: algo nuevo por encima, que quitase la atención del resto.

Esa noche, al fin, pudo conciliar un sueño continuo por algo más de tres horas.

La tarde convenida la poeta siguió uno a uno los pasos autodesignados: hizo media hora de lectura en voz alta (para prevenir errores) y marcó en su libro los textos a leer. Imprimió algunos otros para alternar, limpió cuidadosamente los lentes “cuneta” antes de meterlos al estuche y guardó todo dentro del bolso recién ordenado. Se vistió tal como lo había visualizado y marchó al encuentro anticipadamente con el propósito de comprar una rosa en alguna floristería.
Cinco minutos antes de la hora pactada traspasó el umbral del recinto, enfundada en su capa y flor en mano, buscando un rostro conocido. Saludó a quien la esperaba y quienes iban llegando con la misma sonrisa despreocupada que, pintada de rojo, impedía vislumbrar la disparidad de emociones. Se tomo un café solo, imposible tragar algo en ese momento, mientras su compañero de lectura se hacía esperar. Él era un nombre conocido, un hombre de talento y medios económicos más que suficientes para difundirlos. Al parecer, por lo que ella escuchó, muchas estaban pendientes de su llegada para halagarlo con su presencia.

Un poco más tarde de lo anunciado, él llega y ya se está en condiciones de comenzar la jornada de poesía. Es entonces -tras la mesa que presenta algunos libros cuya autoría no le pertenece- que ella se da cuenta de que el momento crucial ha llegado, y unas locas ganas de arrancar le tiran de tal modo las piernas que llega a tiritar por el esfuerzo en contenerlas. “Todo está perdido”, piensa. “No fui capaz de permanecer ajena a esto…”

Para entonces, está consciente de ya están allí, a la par, la poeta pobre y el consagrado, mientras una voz dulzona se refiere a ellos con infinidad de halagos, mismos que le producen escozor en el alma. Afortunadamente, primero siempre lee la mujer. Entonces la presentan. Divagan algo sobre su quehacer literario y luego le piden, mejor, se presente ella misma. ¡Craso error! Nada hay que la poeta pobre pueda decir sobre ella en ese momento. Todo lo que fuere sería mal recibido por los contertulios, entonces opta por excusarse y comenzar la lectura. Después de todo, ese es su terreno y allí no corren pergaminos ni teoría literaria. Toma la rosa y la aspira unos pocos segundos, los suficientes para arrojarla al piso y exclamar:

¡Basta!, no quiero más el perfume de la rosa…

tertulia 009…De un momento a otro todo cambia: hay receptores atentos que logran infundirle la escurridiza seguridad que la atormentó durante días. Y no le duelen los pies ni le molesta no haber ido con falda y tacones. En la hermosa habitación, centro de cultura, sólo hay palabras y estas son suyas, y fluyen, milagrosamente, de su interioridad. Seguramente hay una vertiente dentro de ella y por esa razón las flores de su capa ondean así, llenas de vida, según el remontar de sus brazos. Seguramente alguien o algo, un espíritu o esencia de lo femenino puede estar hablando a través de ella. Puede ser. La mirada atenta de las mujeres presentes confirma la identificación de género que ella busca. Esta vez no leerá solo para ellas. Su canto desafiante se extenderá hasta la orilla del macho y cruzará el límite para ascender lentamente por sus piernas. Tendrán que entenderlo: es lo que hace. La presentación no hablada del comienzo se torna efectiva a través de la poiesis con nombre de Mujer.

Tal vez, piensa mientras le aplauden, no estaba preparada aún para esto. Tal vez improvisé un poco. Tal vez me equivoqué en algo sin darme cuenta. Pero ya es tarde, está todo hecho, y no le queda más que dejarse acariciar por el plauso y felicitaciones posteriores.

El resto de la jornada le queda un poco en nebulosa. Sabe que disfrutó la lectura de su compañero y le expresó merecidas felicitaciones. Que agradeció a quienes le acompañaron en el trance; que sintió hambre todo el rato y que a duras penas llegó al final del acto debido al agotamiento interior. Sin embargo, nada ocupó más su mente que la vuelta a casa. Ese ansiado y temido deshacer del tiempo; aquel acto involutivo que la devuelve a su sitio exacto. El regreso, la llegada, el saludo de quien la espera. El cumplido: ¡qué linda anda! El café oloroso que le entibia el cuerpo y las galletas con mermelada que calman su ayuno antes de ir a dormir; la ropa que se va sacando. Todo. Todo queda suspendido de unos garfios inexistentes en las paredes del viejo cuarto de más de treinta años. El de siempre. Tras apagar la luz, echa una última mirada a la capa tejida que descansa en solitario, a medio colgar de una silla.

“Gracias”, musita suavemente. Mientras, desde el piso, las sombras del cuarto van tragando una a una las rosas coloridas que se deslizan hacia el suelo.

Amanda Espejo
Quilicura / Julio – 2015

Sólo Amanda

“Cuéntale a tu corazón que existe siempre una razón, escondida en cada gesto…”

 

Así expresa Serrat en “Sinceramente tuyo”, Tano, y me resulta tan difícil concentrarme en la letra de su canción…Tras el muro de al lado, como siempre, las conversaciones ruidosas, llenas de ordinarieces, emergen salpicadas de risotadas intermitentes que hieren la delicadeza del poeta.

Ellos no saben, NO pueden saber de poesía.

Menos todavía de la profunda nostalgia que precede a la creación.

Hace mucho no te escribía, ¿recuerdas? Creo que hubo una misiva 1 y otra 2. De allí a estos garabatos, mucho. Mucho de todo.

Y en el fondo de esta dispersión, NADA.

NADA, Tano. Ni siquiera tu hombro para llorar.

Al parecer, no se puede llevar la contraria al destino, y el mío, es innegable, es permanecer en medio de la gente eternamente sola.

No culpo a nadie ¿sabes? Hay en ello una mezcla culposa de todos y de nadie.

Ambigua.

Como siempre.

Como nunca he dejado de ser.

Como tú mismo, Tano…no lo puedes desconocer: siempre al borde de, y paralelamente, con el traste en el rincón.

Así no hay caso. Y al decir “no hay”, puedo conjugarlo en todos los tiempos: no hay, no hubo y no habrá. Tu misma soledad es la que te protege. ¿De qué?

De vivir, diría yo.

De sufrir, dirías tú.

Mientras tanto, este verano que no da tregua. Todo está sofocante, y me asusta, Tano…me asusta ver cómo hasta la ínfima hoja del viejo árbol de enfrente parece quedar suspendida entre el ser y no ser, inerte, sin aliento, sofocada de calor y de miedo.

¿Miedo a qué?

Obvio, Tano, miedo a que esa inmovilidad forzosa a que la condena la falta de viento, pueda devenir en una muerte sesgada, de “refilón”, malévolamente leve, cual el paso furtivo a otra dimensión.

¿Qué cómo lo supongo?

No lo supongo, lo sé: porque también soy un poco árbol, también tengo raíces que (como tú) pretendo ignorar ante la incapacidad de comprenderlas.

Hace un calor agobiante esta tarde, Tano. Sudo copiosamente mientras algo pegajoso se infiltra en cada poro, cada partícula de aire, cada rincón del cuarto, y hasta en medio de las notas de las canciones que emite el estéreo.

Todo está espeso.

Serrat ya ha sucumbido ante el peso de esta densidad, misma que se pega a las cuerdas de guitarra de Paco de Lucía y entorpece la virtuosidad eterna de sus dedos.

Yo también sucumbo, Tano, y boqueo enfermizamente queriendo atrapar a un tiempo el aire, la música, tu nombre y el frescor de los recuerdos que quedaron atrás.

Es noche. Un leve soplo comienza a despertar.

Yo, aun en medio del vaho caliente de mis sueños… te extraño.

 

Amanda Espejo
Quilicura / Febrero 2015

SINCERAMENTE TUYO

No escojas solo una parte
tómame como me doy
entero y tal como soy
No vayas a equivocarte

Soy sinceramente tuyo
pero no quiero mi amor
ir por tu vida de visita
vestido para la ocasión
Preferiría con el tiempo
reconocerme sin rubor

(Estribillo)
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto
del derecho del revés
uno siempre es lo que es
y anda siempre con lo puesto
Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio

Y no es prudente ir camuflado
eternamente por ahí
ni por estar junto a ti
ni para ir a ningún lado

No me pidas que no piense
en voz alta por mi bien
Ni que me suba a un taburete
si quieres probare a crecer

(Estribillo)
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto
Del derecho y del revés
uno es siempre lo que es
y anda siempre con lo puesto
Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio

Joan Manuel Serrat

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A propósito de AMORARIO, de Marianela Puebla

No ha sido para nada fácil la encomienda de presentar a Marianela Puebla, específicamente, su último libro: AMORARIO. Atentan contra ello el exhaustivo prólogo de su interior, obra de la escritora española Raquel Viejobueno y la esmerada reseña de Rocío L´amar (escritora chilena). En ambos textos hay variadas apreciaciones literarias que sin duda, han de simplificar y enriquecer el placer de leer este libro. Sin embargo, siempre es valorable una nueva perspectiva, y hablar desde esa tribuna es lo que pretendo hacer hoy día.

“AMORARIO, Poemas de Amor y Desamor”: fue lo primero que leí al recibir este libro en mis manos.  De inmediato, a la par de la sorpresa y contento de contemplar este nuevo logro de Marianela, serpentearon, desde lo recóndito del recuerdo, anónimas voces escépticas que más de alguna vez escuché exponer sus dudas y razones sobre el concepto de “lo que debe ser” la poesía. Efectivamente – y aquí varios de ustedes, escritores, lo han de haber vivido- suele haber un constante “reclamo social” hacia todos quienes ligamos la creación poética al concepto clásico del amor. Fundamentos nunca faltan; menos aún en los convulsionados tiempos que vivimos a nivel mundial, donde el AMOR, en todas sus variantes, pareciera haber quedado relegado a tercer, cuarto, o quinto puesto dentro de las prioridades de nuestros estilos de vida, y en consecuencia, es cada vez más común el uso del poema como grito o bandera de lucha.

-Valiente- fue lo primero que pensé-.  Y honesta, fue la siguiente conclusión surgida con el pasar de las hojas.  Y es que resulta imposible en este trabajo, sustraerse a la unión resultante entre poeta y hablante: esta vez, ambas son (o se perciben) una sola: una indivisible mujer enamorada, en la cual se entremezclan, con la sabiduría que otorga el oficio de escribir, el romanticismo del AMOR y la generosidad del SER.

Precisamente ese rasgo es el que caracteriza el hilo conductor de esta obra: la capacidad de entregar sin condiciones, tan sólo el anhelo latente de que este canto obtenga respuesta. Un ejemplo,  parte del poema de la pág. 41 “Enciclopedia de Amor”:

“Un día tus labios se abrirán/ como un poema/ y te recitaré con voces desconocidas/que recorrerán lentas y dolorosas los contornos de tu boca.

Ese día haremos el amor/ en cada sílaba/ en cada secreta palabra/ dibujada con ansiedad”.

Una capacidad de observar a toda prueba, de expresar, de palpar, de mimetizarse, incluso, con elementos de la naturaleza, nos hacen ver a esta poeta-hablante como un ser humano en todo su esplendor. Pasión, deseo, ternura, nostalgia,  tristeza y hasta dolor, son manifestados de una forma femenina,  limpia, fácil de asimilar, que nos invita a hacernos parte de esta atmósfera intimista,  tibia y luminosa  conque nos regala cada poema.

¡Y qué regalo resulta de aquello! Dejarse acariciar por la melodía escrita y los sugerentes colores de las metáforas que se van desgranando de su lectura, son sin duda, momentos de valiosa pausa: un verdadero oasis emocional dentro del convulsionado ritmo que conlleva nuestra obligada rutina diaria. Obviamente, es innegable que somos seres humanos: hombres y mujeres opinantes y actuantes,  arte y parte de nuestra sociedad, y que el estar al tanto de nuestra evolución (o de lo contrario) es un claramente, un deber; sin embargo…qué placentero resulta embarcarse en viajes como el que nos propone este AMORARIO y, de ese modo, recuperar la fe en nuestro capacidad de AMAR.

Coherentemente con lo expuesto, no puedo dejar de decir: gracias, Marianela Puebla.

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Amanda Espejo

 Prehistórica Quilicura / Noviembre – 2014

 

UN TOQUE ORIENTAL

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Recién salida del baño y sin más que una toalla envolviendo su cabello, Ángeles Martí se paró frente al espejo de su cuarto y miró atentamente su cuerpo mojado… el pezón moreno entre los dedos, sus largas piernas ligeramente curvadas, su mano alba cortando en dos el vello de su pubis, sus labios enrojecidos y hambrientos y sus ojos de animal en celo brillando tanto o más que el cristal que los contenía. Ahí, por lo desmesurado de su brillo, Ángeles supo que esta vez ella necesitaba algo más de lo acostumbrado y que, seguramente, lo había ansiado desde siempre. La evocación de una figura tan grácil y veloz como una gacela pasó por su mente: Bernardette.

– Bernie…- murmuró en voz baja, como le gustaba llamarla.

Ángeles no quiso sustraerse a la dulzura del nombre evocado: un olor semidulce a sexo limpio. Decidida, comenzó a vestirse con prisa.

A las doce menos cuarto, Ángeles estacionó su auto frente a la numeración correcta, cruzó el umbral y subió a pie y sin prisas los tres pisos del edificio tocando la puerta del 303 con decisión. Nueve segundos transcurrieron antes de que esta se abriera.

– Ángeles… ¡qué bella sorpresa! Pensaba que ya no vendrías.

– Buenas noches Bernie. Sí, estoy aquí

– Me alegro. No sabes cuánto.

El ligero beso de saludo se quedó prendido en la mejilla de Ángeles mientras esta le preparaba algo de beber.

– Te prepararé algo dulce – ofreció Bernardette -, sé que te gusta. Y le ofreció una copa media de un líquido lechoso y ámbar.

– Si, me encanta. Sobre todo en ocasiones como ésta.

– Cómo ésta?

– Si, como ésta.

El tono suave y sugerente de la voz de Ángeles, provocó a la joven un placentero hormigueo a raíz de cuero cabelludo.

– Brindemos entonces – insistió Ángeles-, por ti, por mí y por lo que dejamos sin terminar, ¿o no?

Acto seguido, miró fijamente a Bernardette. Su pelo lacio y suave cayendo a ambos lados de su cara de niña; sus ojos claros, casi como el agua, sin malicia alguna; sus labios finos y tan bien dibujados que no necesitaba de retoque alguno, y ese olor… aquella áurea dulce que envolvía cada uno de sus gestos…

– Sí – afirmó con fuerza -, por lo que dejamos sin terminar. Y porque nunca más dejemos nada a medias.

No más de dos sorbos fueron capaces de beber antes de desechar ambas copas. Un abrazo intenso selló el acuerdo entre ambas. En el instante que Ángeles olió el cuello de la muchacha supo que era eso lo que andaba buscando. Hundió su rostro en la concavidad ansiada y lo besó suavemente, como un anticipo de lo que vendría. Las manos de Bernardette le ayudaron a despojarse del vestido y ante la visión de sus senos a través del encaje, atrevidas, se posaron sobre ellos en caricias circulares. Esta vez fue Ángeles la que se desabrochó rápidamente el sostén ofreciendo todo su contenido. Bernardette se sacó la camiseta quedando desnuda de la cintura hacia arriba. Era de talle delgado, delgadísimo, y sus pechos eran tal como Ángeles los había imaginado: como los de una adolescente.

– Eres bella – le dijo a Bernardette – tan delicada como un exagrama chino.

– ¿De veras te gusto? – inquirió ella, al tiempo que se acariciaba las puntas de los senos hasta elevarlos, como dos botones en rosa.

– ¡Me encantas¡ – Y Ángeles acercó sus labios a los pezones erectos de Bernardette, succionando uno y otro mientras la joven se retorcía de placer.

– ¡Ahora quiero yo!

Bernardette se prendió al seno izquierdo de Ángeles como si en ello le fuera la vida, chupando y mordisqueando como un animalito hambriento. Un fluido de humedades calientes inundó el entrepiernas de Ángeles. Ella misma le quitó el seno y le metió el otro en la boca.

– ¡Hazlo!, hazlo así, fuerte, por favor…lo más que puedas -.

Nunca, nunca había podido ella encontrar un hombre que la chupara con ganas. Las más de las veces, no pasó de un simple baboseo entrecortado. No lo sabían ellos, no sabían cuánto le excitaba a ella ese chupeteo animal, secuela de los impulsos atávicos que subyacen bajo la superficie de los seres civilizados. Bernardette fue bajando por su cuerpo mientras su lengua fina dibujaba húmedos senderos oblicuos sobre el vientre de Ángeles, hasta hundirse en su entrepiernas. La lengua de la muchacha, lenta y sabiamente, se abrió paso hasta sumergirse el sexo caliente de ella y comenzó a lamerla como un animalito desvalido lame la palma de su ama. Un rito –pensó-, ella hace un rito de todo.

– Me desordenas, amor…- Y con un gemido se encorvó sobre la espalda de Bernardette hasta quedar prendidas en un abrazo inverso y converso. No más de cinco segundo hubieron de transcurrir hasta que ambas se incorporaron dirigiéndose a tropezones hasta el dormitorio.

La cama de Bernardette estaba casi en el suelo. Una especie de remedo oriental predominaba en la habitación y todo aquello le pareció a Ángeles algo mágico y decidor, un signo de que su encuentro estaba predestinado desde hace siglos por los dioses o divinidad que fuese, pero eso era: lo estaba viviendo y sintiendo hasta en la más ínfima partícula de su ser.

Tendida de espaldas, por un momento recreó su vista en el delgado cuerpo que, a horcajadas sobre ella luchaba por obtener placer refregándose sin pudores sobre ella. La observó embobada por el áurea animal que adquiría la fina mujer que ella conocía, ante la necesidad de placer sexual. Era….casi una púber – le parecía – y ello estimuló más aún su deseo ayudándola con ambas manos en las caderas para que el movimiento fuese más fuerte y acompasado. Todo el flujo de Bernardette caía sobre el vello tenue de Ángeles. El sentir aquella humedad viscosa la hizo desembocar, sin poder evitarlo, en un orgasmo dulce y terrible a la vez. Lo presentía: faltaba mucho más todavía. Bernardette se inclinó sobre ella y bajo hasta lamer de nuevo su sexo, esta vez , jugoso de ambos fluidos, luego se dio vuelta y montó sobre ella dándole la espalda para luego resbalar lento muy lento, hasta quedar ambas con el sexo de la otra a su alcance.
Ángeles había vivido mucho, no cabía duda, pero nunca se soñó lo que sentía en ese momento, al ver la raja íntegra de Bernardette frente a sus ojos, a su nariz, a su boca. El olor de la muchacha le incendió el resto de los sentidos y usó su nariz para frotar y dar placer a la hembra que tenía sobre ella, mientras la otra hacía lo propio. Agarrada con una mano en cada nalga de la muchacha, las apretaba como queriendo exprimirles un néctar exquisito, y eso era lo que lograba, sólo que en el sexo de Bernardette.

La nariz, la lengua y todo el rostro fue el que metió Ángeles en el surco abierto que tenía frente a sí., y un espiral de voluptuosidad la atrapó sin retorno mientras sentía su clítoris erecto estallar debido al sabio lengüeteo de Bernardette. Un grito compartido fue lo que brotó de sus gargantas, y una lasitud increíble, como si todo la vida se hubiese evaporado en aquel aullido de triunfo, las inundó por completo. A duras penas volvió Bernardette a recostarse en la almohada, a su lado, y en su rostro empapado de transpiración y otras humedades, una felicidad sin límites permitía prever que todo lo que Ángeles había disfrutado, fue compartido.

– “Nada – pensó Ángeles antes de adormecerse junto a su compañera –, absolutamente nada es comparable a esto, a esta forma de brindar y lograr placer. Nunca fui tan feliz de sentir MI propio olor de hembra frente a mi cara, de poder lamerme a mí misma, de chuparme, de exigirme, de sentir todo lo que siempre había querido, pero buscado en el sitio equivocado. Los hombres… (y un rictus de desprecio tensó por un segundo su boca), los hombres no saben lo que se pierden y lo que es peor, no les interesa saberlo”.

El suave olor a sándalo y jazmín que brotaba del perfumero oriental, la envolvió a la par que el delgado brazo de Bernardette en su cintura, y ella, la sensual y experimentada mujer que llegó a ser en el transcurso de sus años, sencillamente se durmió confiada, como una niña junta a la muñeca de loza de sus juegos infantiles. Esta vez, el objeto de sus amores se apodaba Bernie, y era tan grácil como una gacela capturada entre los quebradizos pliegues de papel de un abanico chino.

 

Amanda Espejo

Quilicura – 2010

 

Texto participante (como Armanda Hesse)

del Tercer Concurso de Relatos Eróticos : ¡Ay qué gusto!

 

Visitar sitio en el siguiente enlace:

http://www.ayquegusto.com/es/noticias/2014/08/18/relatos-eroticos-un-toque-oriental

 

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ORIGAMI

tu

(Anoche volé sobre una pajarita de papel)

 

Si me hubiera planteado un mes atrás escribir algo sobre mi trabajo, les juro que me hubiera reído, amargamente, de pura frustración. ¿La razón? Tengo un trabajo rutinario, tan sin importancia -a mi parecer-, que muy dentro de mí (lo reconozco), me avergüenza hablar de ello. ¿Qué qué es lo que hago? Hago bolsas de papel. Envases, en realidad: sobres, cajitas, en fin todo lo relacionado con envolver un determinado producto. Lo hago en casa, sola la mayor parte del tiempo, y día tras día mis dedos aprietan, doblan, sujetan y pegan crecientes rumbas de papel de todas tallas y colores. Es tanto lo mecánico de mi actuar, que sin quererlo tiendo a doblar cada papel que llega a mis manos. Por ejemplo, cuando saco una bolsita de té, mientras dura el tiempo en que lo bebo, mis dedos plisan y plisan el papel del envase abierto como un pequeño abanico que luego, si lo aprieto al centro, puede verse como una mariposa de origami.

Origami. Allí reside el suceso ¿o milagro? que cambió la concepción que tenía acerca de mi trabajo y de lo poco emocionante de este. Sucede que anoche…. Anoche, volé sobre una pajarita de papel. ¿Cómo? No lo sé; el caso es que sin planearlo siquiera, salí al encuentro de los amaneceres estancados. No me formulé muchas preguntas – cosa extraña en mí -, sólo me dejé llevar hacia dónde la singular figurilla me quisiera llevar. Por de pronto, ella no batía las alas y me admiré de ello por un instante (o ¿unas horas?), mas luego me di cuenta de que estaba impedida de hacerlo, pues la meticulosidad de sus dobleces se hubiera deshecho a causa del vuelo, y con eso, hubiera dejado de ser. También me causó extrañeza el que yo pudiera distinguir tan claramente los pliegues y textura de su papel color hueso. Ahí caí en cuenta de que había luz – no tan clara cómo el día -, una luz apenas insinuada con el frescor de las promesas. ¿Sería tal vez el amanecer? No, tampoco podía serlo. Un antiguo reloj de pared que colgaba de ninguna parte me hizo ver que eran las cuatro y cuarto de la madrugada.

“No quiero pensar…” Irónicamente, lo pensé-. Y seguí dejándome llevar por el tranquilo vuelo de origami. Ella, la pajarita, parecía saber bien que hacer. Como no podía batir sus alas, subía en forma oblicua hasta una altura considerable y luego se dejaba caer planeando, a merced del viento, sin, a pesar de ello, perder la seguridad de su rumbo. Planeaba hasta muy cerca del suelo, hasta casi rozar las copas de los árboles, en cuyo follaje, el viento también parecía haberse estancado: todas y cada una de sus hojas permanecían estáticas, a la espera del impulso que las despertara al movimiento. Traté de no considerar la tensión reinante entre las ramas de los árboles estancados y no tardé mucho en ver ante mis ojos, las casas de los hombres.

” No entiendo…” – pensé, mientras nos acercábamos -. Éstas, a pesar de contar con la techumbre de rigor, nos permitían mirar lo que pasaba dentro de ellas. Digo “nos permitían”, pensando en mi guía, pues, aunque me fue imposible descubrir en ella algunos puntos oscuros que asemejaran un par de ojos, daba muestras de gozar a su antojo del sentido de la orientación.

“Las casas de los hombres – pensé de nuevo, mientras la desilusión me embargaba -. Yo lo que quiero es encontrar los amaneceres”. Sin embargo, ella persistía en su sobrevuelo vuelo plano cada vez más cerca de ellos. No me quedó otra cosa, que poner atención. Ahí me pude percatar que dentro de sus casas el tiempo también se había estancado, pues ellos permanecían en tal o cual actitud en forma recurrente. Es más, se aferraban a ello como única forma de existir.

“El tiempo – afirmé -, otra vez es cosa del tiempo”. Porque, sin poder evitarlo, lo asocié a los cu-cu de los relojes, que repiten una y otra vez una acción predeterminada, pues es lo único que pueden hacer; están hechos para ello y es lo que los conduce a ser. Efectivamente, todos y cada uno de estos hombres se aferraba a una acción predeterminada para hacer de ello el eje de sus vidas. Había quién ponía todo su empeño en el trabajo y así, inmerso en el interminable quehacer de sus también inacabables labores, llegaba a ser parte del tiempo estancado dentro de sus cuatro paredes.
Otros se dedicaban a la excelsa tarea de adquirir conocimientos y así, aprendían todo lo que pudieran tener a su alcance, para, de este modo, convertirse en indispensables a su entorno y requeridos por sus semejantes. Obviamente, absortos en tan basta misión, lograban con facilidad ser parte del tiempo estancado dentro de sus cuatro paredes.

Varios de ellos (artistas, se decían) dedicaban su des-tiempo, paradójicamente, a buscar la creación perfecta. Se manifestaban a sí mismos en base a variadas disciplinas, persiguiendo incansablemente el concepto de CREAR para poder VER y así CREER, gracias a ello, que merecían estar allí, dentro del inspirado tiempo estancado entre sus cuatro paredes.
En algunos, el empeño absoluto consistía en buscar el amor para saberse amados, y desde que amanecía hasta que anochecía – cosa que daba lo mismo, puesto que la luz no cambiaba – persistían majaderamente en ello, e indeclinablemente sus repetidos: te amoooooo…, al chocar contra sus cuatro paredes rebotaban a los oídos como: ME AMOOOOOOOOO…, con toda la dureza de un eco estático, dentro del tiempo estancado.

Todo lo observado hasta ese momento me fue colmando de desconcierto… no entendía NADA, aunque en el fondo, algo me decía que lo comprendía TODO. Mi pajarita parecía adivinar cada una de mis dudas y en el momento exacto en que el cansancio me sobrevino, hizo un delicado giro en el aire y me llevó hasta una sencilla choza bastante alejada de las demás casas. En aquel punto, comencé a sentir un dolor en el pecho, tal vez, a causa del aire que a ratos parecía espesarse a nuestro alrededor. El vuelo se hizo más lento y rasante, y para mi sorpresa, dentro de esas cuatro paredes había una mujer que llevaba mis ropas sobre un cuerpo que, podría jurarlo, era el mío. Se hallaba sentada frente a una mesa pequeña llena de papeles y escribía sin parar sobre una cantidad indeterminada de ellos que después, iba apilando en una rumba interminable. De tanto en tanto, parecía desanimarse y soltaba por unos segundos el lápiz que, yo sentía – no sé porqué – como una prolongación de sus dedos. En esos instantes, se tapaba el rostro (que yo no alcanzaba a ver) con sus manos y descansaba su cabeza sobre la mesa, que no era tal pues, como pude darme cuenta por el espejo que tenía al frente, era un antiguo peinador.

Dicen, que la curiosidad mata al gato. Algo y mucho tiene que haber de aquello, porque, al darme captar que era un espejo lo que ella tenía ante sí, no pude evitar la tentación de acercarme, para de este modo, ver su rostro reflejado en él. ¡Jamás lo hubiera hecho! Ella enderezó su cabeza y deslizó sus manos hacia abajo, desnudando su identidad frente al espejo. Yo la miré… Yo la miré y ME miré en el reflejo aguado de sus (¿mis?) ojos y me pareció que toda mi vida pasaba de golpe en absurdas secuencias de milésimas de segundo. Presumo que era mi vida. Pasada o futura, no lo sé, pero sentí dolor, un dolor insoportable en el pecho a causa del sinsentido de todo lo visto y de la falta angustiante de un tic-tac establecido que, por fuerza, me llevara a un verdadero amanecer. De pronto, todo se hizo agua, como si las horas estancadas comenzaran a licuarse de un golpe, irónicamente, a secas, y la imagen (mi imagen) misma de la mujer, se deshizo frente a mí, escurriéndose por la mesa, inundando el piso, lamiendo cada espacio retenido dentro de aquel tiempo estancado entre las cuatro paredes.

No lo entiendo… no entiendo cómo si todo esto lo vi mientras montaba sobre la pajarita de papel, el agua pudo afectarme tanto. El caso es que de pronto, todo mi rostro estaba húmedo y luego, esta humedad se fue condensando alrededor de mis ojos, escurriendo por mi cara y mi cuello y, al llegar a mi pecho, fue inevitable que se mojara junto a mí la frágil pajarita. Y esto, que pareciera una nimiedad, no fue tal, porque su corto destino de origami llegó a su fin y con ello, al parecer, también el mío. En un santiamén mi pajarita no fue más que una hoja al viento que, arrugada y húmeda, se precipitaba a tierra.

No entiendo… no entiendo cómo, de pronto me vi cayendo en giros y con todos mis sentidos nulos por la fuerza de la caída. Sólo recuerdo haber recuperado parte de ellos al traspasar el techo de mi casa y ver, como en un breve parpadeo, mi cuerpo dormido sobre la cama. Lo juro… no entiendo nada. Sé que recuperé el movimiento de mis brazos y piernas (un poco, no me atreví levantarme) y que la razón ¿o sinrazón?, volvió a mí en el momento en que vi la hora en el pequeño reloj sobre la pared: eran las cuatro y cuarto de una gris madrugada del día cero entre las cuatro paredes de mi habitación.

De los mentados amaneceres, no supe nada, pero estoy segura que por lo menos hasta que me dormí, permanecían estancados bajo la luz del farol.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura / 2008

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Mañana  se cumple  un mes desde que los noticieros mundiales se estremecieron con una noticia proveniente de Africa, Nigeria: “Un total de 276 estudiantes fueron secuestradas el pasado 14 de abril en Chibok (estado de Borno, noreste de Nigeria), donde está instalada una importante comunidad cristiana. De ellas, 223 siguen aún en manos de los secuestrados (el resto consiguió escapar)”.  Fanáticos fundamentalistas en el norte de esa nación africana -específicamente,  la milicia islámica Boko Haram- se atribuyen orgullosamente esta aberración y piden, a cambio de sus rehenes, liberen a integrantes de su facción terrorista, bajo amenaza de venderlas si no se cumple lo exigido. (1)

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Las reacciones a este infame acto han sido múltiples, y la indignación a atravesado fronteras a través del planeta juntando las voces en un solo grito: ¡BringBackOurGirls!, ¡Devuelvan a nuestras niñas¡ Y es que resulta casi imposible dimensionar este acto de barbarie, a no ser que, empáticamente, nos pongamos en el lugar “del otro” para imaginar, levemente, lo que pudiésemos sentir. El ejercicio resulta devastador, más aún, después de escuchar el descarnado relato de algunas jóvenes que lograron huir de sus captores casi por milagro.

Espontáneamente, y como lógicamente se produce en un mundo globalizado y tecnológico, las redes sociales comienzan a difundir una campaña de repudio mundial que insta a liberar las niñas ¡YA!(2) , a la que se suman personas de toda índole, cuya mayor preocupación es el atropello a los derechos humanos de esa madres e hijas que son secuestradas, convertidas a la fuerza y bajo amenaza de  venderlas como una mercancía de ínfimo valor, con un posible futuro que aterra siquiera vislumbrar.

foto_0000001120140511195805Hasta aquí, leo lo que escribo, y nada parece salir de lo establecido para un comentario de actualidad, opinión, etc. Sin embargo, no puedo dejar de hacer hincapié en una de las motivaciones que me guiaron a transcribir estas palabras: es, el asombro ante la desidia* de muchos sectores ante esta desgracia. Principalmente, me descoloca la actitud de quienes tan ostentosamente se han etiquetado siempre como defensores de los Derechos Humanos, y también, la actitud del mundo cultural, léase artistas en general. Por mucho menos, los “representantes” de la Cultura Humanitaria han hecho grandes campañas, organizando marchas, protestas, velatones, foros, o lo que sea para llamar la atención hacia lo demandado. En esta ocasión, “la cosa” ha andado floja. Al parecer (y me disculparán si soy malpensada), hay factores que…trancan las ansiadas manifestaciones. Yo no sé si influye el que sean mujeres las raptadas ( hay algo en el imaginario colectivo masculino que piensa  no hay otro destino para ellas que ser usadas), el color de su piel (son de raza negra, pobres y “lejanas “para el mundo occidental), o tal vez, esa  atenuante anticipada que suele recibir por un amplio sector  todo acto terrorista de origen musulmán, ante  el argumento: “son reivindicaciones justas en respuesta a los atropellos sufridos por A, B, o C”.

base_imageCualquiera de las anteriores me parece inaceptable. Más que ello, indignantes; cobardes reacciones pensadas en la conveniencia de quedar bien “con dios y con el diablo”, gesto que caracteriza a nuestra raza desde el principio de su gesta. No hay día en que deje de asombrarme por una u otra razón, esta práctica que tanto resalta en Chile, aun  no pudiendo asegurar, no sea  virus mundial.

Si de nuestras redes sociales se trata, además  de reflejar demasiada superficialidad y desvergüenza  -amén de incultura-  hay algo de “monería” en ellas, una inclinación a repetir lo que está en boga, aunque sea el más estúpido de los hashtag (etiqueta) dejando de lado lo que sí importa, simplemente, porque “no es rentable en términos de nuevos contactos”, o porque “te desperfila”, o porque” te desenmascara”, te “deja vulnerable”, en fin, variados de motivos que frenan impulsos solidarios de quienes  podrían ser parte de esta marea solidaria y constructiva que no debiese, por nada del mundo, hacer distinciones entre quienes necesitan apoyo, justicia, y el necesario “amor de prójimo”, tan caído en el olvido y que tanta falta nos hace.

Seguramente, el ver hace unos días a Michelle Obama portando el cartel de “BringBackOurGirls” no surtió nada de efecto para una gran parte de la ciudadanía que rechaza personas opiniones y actos tan sólo porque su ideología no les parece. Es esperable que ahora, al ver a nuestra presidenta atreviéndose a posar con el mismo cartel, den “una vuelta de tuerca” a su rigidez y sí se sumen a una campaña que NO ES moda, sino, un recurso aprovechable que brindan las redes sociales del mundo, algo muy de agradecer cuando de buenos fines se trata.

 

Amanda Espejo

Quilicura / Mayo – 2014

 

*Desidia:  término que procede de un vocablo latino que hace referencia a la negligencia o la inercia. La desidia, por lo tanto, está asociada a la falta de cuidado o aplicación y a la apatía.

Enlaces relacionados:

(1) http://www.cooperativa.cl/noticias/mundo/africa/nigeria/boko-haram-pidio-liberacion-de-prisioneros-a-cambio-de-ninas-secuestradas/2014-05-12/061526.html

 

(2)  http://elcomercio.pe/mundo/actualidad/quien-movilizo-al-mundo-ninas-secuestradas-nigeria-noticia-1729074

 

 

 

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