CIERRO LOS OJOS

14348635444_50bbe819c4_b

 

 

Hay algo extraño en el aire. No sé si es dentro de este microbús (303, Quilicura) o afuera, envolviendo el largo ondular de la carretera Panamericana.

Pongo todo mi empeño en concentrarme en parte de lo que pasa tras la ventanilla: fábricas y más fábricas; casas viejas; alguna plaza antigua a medio extinguir, una que otra vulcanización  y paradero tras paradero se suceden sin que mi creciente ansiedad logre focalizar su causa.

¿Qué hace tu nombre aquí, anclado en mi pecho, en un momento así?

La parada frente a  Coproflor, deja entrar por puertas y ventanas un olor casi denso, aromas calientes a flores de todo tipo, afectas al inmenso calor de verano.

No puedo evitar hacer  correlación entre flor, cementerio y muerte. Cierro los ojos.

Pero…otra vez… Dime: ¿qué hace tu nombre a punto de desbordar mis labios?

Inquieta a más no poder,  abro los ojos.  A contraluz de los bellos tonos del atardecer, como un mal augurio, me impacta la nitidez de la cruz del Cerro Renca.

¿Una cruz? No puedo desconocer las coincidencias y en este momento, debo creer en ellas. Negarlo sería aceptar la posibilidad de tu triste partida.

Cierro los ojos: sigo viento la silueta de los maderos en cruz. Los abro.

Entonces sucede lo inexplicable: te veo, hombre-cometa, recortado contra el cielo del atardecer, brazos y piernas extendidos, en plena lasitud, entregado a una lenta pero inexorable ascensión.  Un cable que pende de tu tobillo se mece suavemente con el viento. Arrebatada, me alzo para agarrarlo en un loco intento por detenerte, por conservarte aquí, en el mundo de los mal llamados vivos, pero es inútil: una y otra vez mis esfuerzos se ven frustrados. No te alcanzo.

Y grito. Grito muy fuerte pensando hacerme notar: ¡Detente hombre-cometa! No puedo soportar tu partida. No soy capaz porque, aún peor que tu fuga, me es insoportable la certeza de que no puedo hacer nada con respecto a ti. QUE NUNCA PUDE HACERLO.

Dentro de mi cabeza, las letras de la palabra “nunca” se agigantan lo indecible, hasta que mis sienes parecen estallar de dolor.

Abro los ojos para dejar de verlas y, efectivamente, desde la ventanilla, nada veo,  excepto el mismo cúmulo de tierra que va quedando atrás, y un desfile de nubes rosa y violeta que se niegan a sucumbir al gris.

Me convenzo: todas estas visiones son  producto de la modorra. Culpa de la ola de calor. Consecuencia de un largo viaje de regreso a casa en la hora peak. Y tú  -me reafirmo- nunca estuviste elevándote ante mis ojos.

Este último pensamiento inunda mi pecho de tanta paz, que no deseo ver nada nuevo que me perturbe.

Vamos llegando al trébol de Panamericana. Consciente de ello, cierro mis ojos con fuerza y concentro toda mi atención en contar los cuatro paraderos que faltan para acabar mi viaje.  Pasado el tercero, abro los ojos y me apronto a bajar.

Ya es noche, y ella se ha tragado hasta la última de las nubes. Su tonalidad pareja tampoco permite distinguir en lo alto nada más que algunas estrellas. Curiosa, igual alzo la mirada para confirmar que no hay nada anormal. Una media luna lejana es lo más que resalta en el plano oscuro. La observo para saludarla como siempre hago y allí, colgando de una de sus puntas, creo ver un colgando un largo hilo que nace de una mancha irregular más grande y oscura que las que se suelen ver.

Quedo absorta. En un gesto instintivo, los dedos de mi mano se alzan sobre mi cabeza.

¿Es… que… podría ser…?

Temblando, cierro los ojos y apuro el paso.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura / enero – 2016

 

Anuncios

cq5dam.web.420.270

(Alcance particular sobre el oficio de escribir)

Cuesta tanto escribir…darse el tiempo para ello en el momento justo que la emocionalidad lo requiere. Cuesta, porque cuando ello sucede, generalmente estamos inmersos en la estructura diaria y el tiempo para brindarnos un paréntesis es escaso o nulo. Más aún si de inspiración se trata: los destellos de ésta, los caprichosos guiños que nos brinda a través de una imagen, palabra o hecho, suelen ser tan breves como valiosos. Nos dejan -como flores en las manos- un concepto, una frase (tal vez el esbozo de un verso), junto a la urgencia de expresarnos en el momento mismo, ese que nos es siempre esquivo en horas o minutos que nos permitan verternos sobre el papel.

¿Falta de rigor del escribiente? Puede ser. Y seguramente lo es para quien escribe formateado por el hábito; para quien, pudiendo hacerlo,  plantea las horas de su día de modo que le permita retirarse al santuario de su escritorio, sagradamente, para labrar el fruto deseado; mas, para el poeta, nada de ello valdría sin el sentimiento: aquél que logra el equilibrio perfecto entre idea, inspiración, oficio y sentir.

Así como llega, el asomo de un poema se puede evaporar en un dos por tres si alguno de estos factores no se conjugan debidamente. Podrán rebatirme, lo sé, y estarán en todo su derecho, ya que cada cual funciona por su método, pero, lo aseguro, cantidad más o menos de escritos apilados no certifican poesía.  Ésta no depende de un asueto de reloj. No se mecaniza como crónica ni cuento breve. En ella no basta el dominio de un extenso vocabulario ni el sabio manejo de los recursos literarios. Un ojo atento, el acontecimiento actual, la denuncia precisa y hasta el lamento amoroso, tal como la vieja alquimia, necesitan de la piedra filosofal que convierta todo aquello en lo que ansiamos. Esta piedra es la emocionalidad, la capacidad de sentir, sin barreras predispuestas, que cada cual contenemos dentro de sí. Sin ella, todo escrito, por novedoso o perfecto que sea en su sintaxis, se percibirá frío; se leerá, tal vez, de un tirón y satisfará seguramente a nuestro intelecto, mas, nuestra sensibilidad permanecerá intacta, y luego de un par de días no conservaremos nada de lo leído o escuchado, excepto, quizás, un leve recuerdo de que  “no era malo”.

Escribo esto, robándome una fracción de tiempo frente al teclado. Una, que si bien me permite esbozar este comentario, no consta de lo requerido para dedicarla a sintonizar las vibraciones necesarias para crear poesía. No podría. Ella, por muy manoseada que esté, merece todo el respeto de mi parte.

¡Y quién soy yo para pensarme poeta!  No más que un ser humano en honesta y eterna búsqueda.

 

Amanda Espejo

Quilicura/ enero – 2016

TRENZAS SOBRE UN CINTILLO

DSC03735

 

 

Para pasar las horas de una tarde sofocante, cojo un cintillo roto y trenzo, (como antes) manojos de hilo torcidos sobre la curva de alambre.

Trenzo, madre, con el tejido de “mango”… ¿recuerdas? El que usabas para sellar las bolsas de compras, mismas que luego vendías para comprar el pan familiar.

Trenzo, y  en ello me transporto a la niñez perdida que todos quisiéramos olvidar.

Tú cortando las tiras plásticas, y nosotros, todo quien fuera capaz de mover los dedos, trenzando interminables sogas de colores que tus sabias manos anudarían para confeccionar una malla.

Yo, trenzando, pensando era un juego, algo para remontar las largas tardes aislada, sin derecho a salir de casa, jugar, o hacer amigas.

Los postigos entornados, encerrados todos por necesidad y capricho de él: tu compañero elegido.

¿Pensaste alguna vez en el daño causado, heredado sin miramientos a cada uno de tus hijos?

Pienso que no. Que la realidad se te extravió muchos, muchos años antes. Tal vez, en plena adolescencia: un par de trenzas largas enrolladas en tu cabeza, tratando de dar el “gran paso”, el mismo de tus hermanas y que tú nunca pudiste igualar.

Trenzo tal como te vi peinar mis trenzas escolares, antes de que él se antojara por cepillar mi cabello y las reemplazara por un cintillo.

Tú trenzas y yo trenzo.

Las tiras de plástico se amontonan mientras no dejo de mover mis dedos ágilmente, en muda competencia para ver si te gano. Si te ríes por ello. Si me dejas parar un momento y descansas conmigo.

Quiero abrirme para ti. Destrenzar las palabras de mis sueños y exhibírtelas en todo su candor.

Mas, no hay tiempo. La hermana pequeña pide su leche y llora por muda el hermano menor.

Tu orden (un machetazo) corta, una vez más, toda posibilidad de intimidad entre las dos.

Hoy, un día al azar, trenzo manojos de hilos de cáñamo sobre un cintillo viejo, y ese simple acto, de antiguos conceptos mancomunados*, desafía la línea de tiempo hasta traerte, nuevamente, junto a mí.

 

 

P.D.  Dijo, gente que nos conoce, no entender el porqué te escribo tanto.

¿Acaso no saben eres mi primer y último cable de arraigo a esta tierra?

 

 

 

*Conceptos ligados a la niñez: trenzas y cintillo.

 

Amanda Espejo

Quilicura / enero – 2016

cinco

 

Desde hace más de un mes la poeta deambula como si llevara un gran peso encima. No define bien de que se trata, pero sí lo relaciona con la llamada recibida, en la cual la invitaban a ser parte de la próxima tertulia “de a dos” que está de moda. Tampoco sabe por qué aceptó si hace ya casi un año que permanecía alejada de aquellos circuitos. Un año en que osciló permanentemente entre felicitarse por la decisión tomada, y el miedo a volverse más solitaria aún.

“Es cuestión de principios”, se repetía una y otra vez mientras transitaba por la feria de los domingos buscando el producto accesible a su presupuesto. “Sentido común, consistencia de la palabra”.

Y es que las dificultades para soportar el tejemaneje del ambiente eran irrebatibles. Poesía y carencia van de la mano sólo en los libros o en alguna vida desgraciada de algún mítico poeta suicida del que, mientras más tortuoso su devenir, más cerca está de convertirse en un ícono. Para la mayoría, tal como lo decía su abuela “la pobreza es hedionda”, y la verdad del dicho suele manifestarse más temprano que tarde con el alejamiento soterrado de algunos pares que juraron llamarse amigos/as. De hechos amargamente sorprendentes había sido testigo, de allí su renuencia a seguir siendo parte de la comparsa.

“Más encima… ¿cuál es el sentido de todo esto?”

Ese era el meollo del asunto, la pregunta de fondo y también de la que no encontraba respuesta, provocando con ello altibajos emocionales que pasaban de la decepción o el desprecio, hasta la furia. Esta inseguridad era la temía provocara estragos en ella, mejor dicho, en su lectura; esto, unido al temor de no lograr la intensidad deseada o no encontrar la palabra precisa en el momento del conversatorio, sencillamente, le aterraban.

Una semana antes de la fecha indicada pensó por última vez arrepentirse; llamar y excusarse con algún tema transversal: alguna enfermedad propia o de familia, pero le jugó en contra la amplia difusión del encuentro y lo mal que podría quedar su nombre. Se comió una vez más la tristeza que le inspiraba el tema y trató de distraerse ante una hoja de papel en blanco. Nada relativamente positivo le vino a la mente. Tampoco los trazos que intentó esbozar conformaron nada más que dispares ondas crecientes, parte de una marea indefinida. Guardó por centésima vez los lápices de colores brillantes con los que pretendía pintar un mundo paralelo para engañarse a sí misma, y optó por distraerse (o atontarse) viendo una película.

Dos días antes de la fecha se dio por vencida y comenzó a revisar su ropero para ver qué podía vestir para la ocasión. No era fácil. Su ropa, como salía poco le duraba mucho, por lo tanto estaba más que vista, como constaba en variadas imágenes de Internet. Había que hacer algo. Algo notorio pero de poco costo. Fue allí que recibió una colaboración familiar: una capa tejida, de fondo negro y coloridas rosas. No fue hasta que se la probó ante el espejo que se sintió más tranquila. Ésta cumplía su cometido: algo nuevo por encima, que quitase la atención del resto.

Esa noche, al fin, pudo conciliar un sueño continuo por algo más de tres horas.

La tarde convenida la poeta siguió uno a uno los pasos autodesignados: hizo media hora de lectura en voz alta (para prevenir errores) y marcó en su libro los textos a leer. Imprimió algunos otros para alternar, limpió cuidadosamente los lentes “cuneta” antes de meterlos al estuche y guardó todo dentro del bolso recién ordenado. Se vistió tal como lo había visualizado y marchó al encuentro anticipadamente con el propósito de comprar una rosa en alguna floristería.
Cinco minutos antes de la hora pactada traspasó el umbral del recinto, enfundada en su capa y flor en mano, buscando un rostro conocido. Saludó a quien la esperaba y quienes iban llegando con la misma sonrisa despreocupada que, pintada de rojo, impedía vislumbrar la disparidad de emociones. Se tomo un café solo, imposible tragar algo en ese momento, mientras su compañero de lectura se hacía esperar. Él era un nombre conocido, un hombre de talento y medios económicos más que suficientes para difundirlos. Al parecer, por lo que ella escuchó, muchas estaban pendientes de su llegada para halagarlo con su presencia.

Un poco más tarde de lo anunciado, él llega y ya se está en condiciones de comenzar la jornada de poesía. Es entonces -tras la mesa que presenta algunos libros cuya autoría no le pertenece- que ella se da cuenta de que el momento crucial ha llegado, y unas locas ganas de arrancar le tiran de tal modo las piernas que llega a tiritar por el esfuerzo en contenerlas. “Todo está perdido”, piensa. “No fui capaz de permanecer ajena a esto…”

Para entonces, está consciente de ya están allí, a la par, la poeta pobre y el consagrado, mientras una voz dulzona se refiere a ellos con infinidad de halagos, mismos que le producen escozor en el alma. Afortunadamente, primero siempre lee la mujer. Entonces la presentan. Divagan algo sobre su quehacer literario y luego le piden, mejor, se presente ella misma. ¡Craso error! Nada hay que la poeta pobre pueda decir sobre ella en ese momento. Todo lo que fuere sería mal recibido por los contertulios, entonces opta por excusarse y comenzar la lectura. Después de todo, ese es su terreno y allí no corren pergaminos ni teoría literaria. Toma la rosa y la aspira unos pocos segundos, los suficientes para arrojarla al piso y exclamar:

¡Basta!, no quiero más el perfume de la rosa…

tertulia 009…De un momento a otro todo cambia: hay receptores atentos que logran infundirle la escurridiza seguridad que la atormentó durante días. Y no le duelen los pies ni le molesta no haber ido con falda y tacones. En la hermosa habitación, centro de cultura, sólo hay palabras y estas son suyas, y fluyen, milagrosamente, de su interioridad. Seguramente hay una vertiente dentro de ella y por esa razón las flores de su capa ondean así, llenas de vida, según el remontar de sus brazos. Seguramente alguien o algo, un espíritu o esencia de lo femenino puede estar hablando a través de ella. Puede ser. La mirada atenta de las mujeres presentes confirma la identificación de género que ella busca. Esta vez no leerá solo para ellas. Su canto desafiante se extenderá hasta la orilla del macho y cruzará el límite para ascender lentamente por sus piernas. Tendrán que entenderlo: es lo que hace. La presentación no hablada del comienzo se torna efectiva a través de la poiesis con nombre de Mujer.

Tal vez, piensa mientras le aplauden, no estaba preparada aún para esto. Tal vez improvisé un poco. Tal vez me equivoqué en algo sin darme cuenta. Pero ya es tarde, está todo hecho, y no le queda más que dejarse acariciar por el plauso y felicitaciones posteriores.

El resto de la jornada le queda un poco en nebulosa. Sabe que disfrutó la lectura de su compañero y le expresó merecidas felicitaciones. Que agradeció a quienes le acompañaron en el trance; que sintió hambre todo el rato y que a duras penas llegó al final del acto debido al agotamiento interior. Sin embargo, nada ocupó más su mente que la vuelta a casa. Ese ansiado y temido deshacer del tiempo; aquel acto involutivo que la devuelve a su sitio exacto. El regreso, la llegada, el saludo de quien la espera. El cumplido: ¡qué linda anda! El café oloroso que le entibia el cuerpo y las galletas con mermelada que calman su ayuno antes de ir a dormir; la ropa que se va sacando. Todo. Todo queda suspendido de unos garfios inexistentes en las paredes del viejo cuarto de más de treinta años. El de siempre. Tras apagar la luz, echa una última mirada a la capa tejida que descansa en solitario, a medio colgar de una silla.

“Gracias”, musita suavemente. Mientras, desde el piso, las sombras del cuarto van tragando una a una las rosas coloridas que se deslizan hacia el suelo.

Amanda Espejo
Quilicura / Julio – 2015

Sólo Amanda

“Cuéntale a tu corazón que existe siempre una razón, escondida en cada gesto…”

 

Así expresa Serrat en “Sinceramente tuyo”, Tano, y me resulta tan difícil concentrarme en la letra de su canción…Tras el muro de al lado, como siempre, las conversaciones ruidosas, llenas de ordinarieces, emergen salpicadas de risotadas intermitentes que hieren la delicadeza del poeta.

Ellos no saben, NO pueden saber de poesía.

Menos todavía de la profunda nostalgia que precede a la creación.

Hace mucho no te escribía, ¿recuerdas? Creo que hubo una misiva 1 y otra 2. De allí a estos garabatos, mucho. Mucho de todo.

Y en el fondo de esta dispersión, NADA.

NADA, Tano. Ni siquiera tu hombro para llorar.

Al parecer, no se puede llevar la contraria al destino, y el mío, es innegable, es permanecer en medio de la gente eternamente sola.

No culpo a nadie ¿sabes? Hay en ello una mezcla culposa de todos y de nadie.

Ambigua.

Como siempre.

Como nunca he dejado de ser.

Como tú mismo, Tano…no lo puedes desconocer: siempre al borde de, y paralelamente, con el traste en el rincón.

Así no hay caso. Y al decir “no hay”, puedo conjugarlo en todos los tiempos: no hay, no hubo y no habrá. Tu misma soledad es la que te protege. ¿De qué?

De vivir, diría yo.

De sufrir, dirías tú.

Mientras tanto, este verano que no da tregua. Todo está sofocante, y me asusta, Tano…me asusta ver cómo hasta la ínfima hoja del viejo árbol de enfrente parece quedar suspendida entre el ser y no ser, inerte, sin aliento, sofocada de calor y de miedo.

¿Miedo a qué?

Obvio, Tano, miedo a que esa inmovilidad forzosa a que la condena la falta de viento, pueda devenir en una muerte sesgada, de “refilón”, malévolamente leve, cual el paso furtivo a otra dimensión.

¿Qué cómo lo supongo?

No lo supongo, lo sé: porque también soy un poco árbol, también tengo raíces que (como tú) pretendo ignorar ante la incapacidad de comprenderlas.

Hace un calor agobiante esta tarde, Tano. Sudo copiosamente mientras algo pegajoso se infiltra en cada poro, cada partícula de aire, cada rincón del cuarto, y hasta en medio de las notas de las canciones que emite el estéreo.

Todo está espeso.

Serrat ya ha sucumbido ante el peso de esta densidad, misma que se pega a las cuerdas de guitarra de Paco de Lucía y entorpece la virtuosidad eterna de sus dedos.

Yo también sucumbo, Tano, y boqueo enfermizamente queriendo atrapar a un tiempo el aire, la música, tu nombre y el frescor de los recuerdos que quedaron atrás.

Es noche. Un leve soplo comienza a despertar.

Yo, aun en medio del vaho caliente de mis sueños… te extraño.

 

Amanda Espejo
Quilicura / Febrero 2015

SINCERAMENTE TUYO

No escojas solo una parte
tómame como me doy
entero y tal como soy
No vayas a equivocarte

Soy sinceramente tuyo
pero no quiero mi amor
ir por tu vida de visita
vestido para la ocasión
Preferiría con el tiempo
reconocerme sin rubor

(Estribillo)
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto
del derecho del revés
uno siempre es lo que es
y anda siempre con lo puesto
Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio

Y no es prudente ir camuflado
eternamente por ahí
ni por estar junto a ti
ni para ir a ningún lado

No me pidas que no piense
en voz alta por mi bien
Ni que me suba a un taburete
si quieres probare a crecer

(Estribillo)
Cuéntale a tu corazón
que existe siempre una razón
escondida en cada gesto
Del derecho y del revés
uno es siempre lo que es
y anda siempre con lo puesto
Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio

Joan Manuel Serrat

10306538_10204281287368795_6959369628885800737_n

A propósito de AMORARIO, de Marianela Puebla

No ha sido para nada fácil la encomienda de presentar a Marianela Puebla, específicamente, su último libro: AMORARIO. Atentan contra ello el exhaustivo prólogo de su interior, obra de la escritora española Raquel Viejobueno y la esmerada reseña de Rocío L´amar (escritora chilena). En ambos textos hay variadas apreciaciones literarias que sin duda, han de simplificar y enriquecer el placer de leer este libro. Sin embargo, siempre es valorable una nueva perspectiva, y hablar desde esa tribuna es lo que pretendo hacer hoy día.

“AMORARIO, Poemas de Amor y Desamor”: fue lo primero que leí al recibir este libro en mis manos.  De inmediato, a la par de la sorpresa y contento de contemplar este nuevo logro de Marianela, serpentearon, desde lo recóndito del recuerdo, anónimas voces escépticas que más de alguna vez escuché exponer sus dudas y razones sobre el concepto de “lo que debe ser” la poesía. Efectivamente – y aquí varios de ustedes, escritores, lo han de haber vivido- suele haber un constante “reclamo social” hacia todos quienes ligamos la creación poética al concepto clásico del amor. Fundamentos nunca faltan; menos aún en los convulsionados tiempos que vivimos a nivel mundial, donde el AMOR, en todas sus variantes, pareciera haber quedado relegado a tercer, cuarto, o quinto puesto dentro de las prioridades de nuestros estilos de vida, y en consecuencia, es cada vez más común el uso del poema como grito o bandera de lucha.

-Valiente- fue lo primero que pensé-.  Y honesta, fue la siguiente conclusión surgida con el pasar de las hojas.  Y es que resulta imposible en este trabajo, sustraerse a la unión resultante entre poeta y hablante: esta vez, ambas son (o se perciben) una sola: una indivisible mujer enamorada, en la cual se entremezclan, con la sabiduría que otorga el oficio de escribir, el romanticismo del AMOR y la generosidad del SER.

Precisamente ese rasgo es el que caracteriza el hilo conductor de esta obra: la capacidad de entregar sin condiciones, tan sólo el anhelo latente de que este canto obtenga respuesta. Un ejemplo,  parte del poema de la pág. 41 “Enciclopedia de Amor”:

“Un día tus labios se abrirán/ como un poema/ y te recitaré con voces desconocidas/que recorrerán lentas y dolorosas los contornos de tu boca.

Ese día haremos el amor/ en cada sílaba/ en cada secreta palabra/ dibujada con ansiedad”.

Una capacidad de observar a toda prueba, de expresar, de palpar, de mimetizarse, incluso, con elementos de la naturaleza, nos hacen ver a esta poeta-hablante como un ser humano en todo su esplendor. Pasión, deseo, ternura, nostalgia,  tristeza y hasta dolor, son manifestados de una forma femenina,  limpia, fácil de asimilar, que nos invita a hacernos parte de esta atmósfera intimista,  tibia y luminosa  conque nos regala cada poema.

¡Y qué regalo resulta de aquello! Dejarse acariciar por la melodía escrita y los sugerentes colores de las metáforas que se van desgranando de su lectura, son sin duda, momentos de valiosa pausa: un verdadero oasis emocional dentro del convulsionado ritmo que conlleva nuestra obligada rutina diaria. Obviamente, es innegable que somos seres humanos: hombres y mujeres opinantes y actuantes,  arte y parte de nuestra sociedad, y que el estar al tanto de nuestra evolución (o de lo contrario) es un claramente, un deber; sin embargo…qué placentero resulta embarcarse en viajes como el que nos propone este AMORARIO y, de ese modo, recuperar la fe en nuestro capacidad de AMAR.

Coherentemente con lo expuesto, no puedo dejar de decir: gracias, Marianela Puebla.

DSC02263

 

Amanda Espejo

 Prehistórica Quilicura / Noviembre – 2014

 

UN TOQUE ORIENTAL

Escritorio3

 

 

 

Recién salida del baño y sin más que una toalla envolviendo su cabello, Ángeles Martí se paró frente al espejo de su cuarto y miró atentamente su cuerpo mojado… el pezón moreno entre los dedos, sus largas piernas ligeramente curvadas, su mano alba cortando en dos el vello de su pubis, sus labios enrojecidos y hambrientos y sus ojos de animal en celo brillando tanto o más que el cristal que los contenía. Ahí, por lo desmesurado de su brillo, Ángeles supo que esta vez ella necesitaba algo más de lo acostumbrado y que, seguramente, lo había ansiado desde siempre. La evocación de una figura tan grácil y veloz como una gacela pasó por su mente: Bernardette.

– Bernie…- murmuró en voz baja, como le gustaba llamarla.

Ángeles no quiso sustraerse a la dulzura del nombre evocado: un olor semidulce a sexo limpio. Decidida, comenzó a vestirse con prisa.

A las doce menos cuarto, Ángeles estacionó su auto frente a la numeración correcta, cruzó el umbral y subió a pie y sin prisas los tres pisos del edificio tocando la puerta del 303 con decisión. Nueve segundos transcurrieron antes de que esta se abriera.

– Ángeles… ¡qué bella sorpresa! Pensaba que ya no vendrías.

– Buenas noches Bernie. Sí, estoy aquí

– Me alegro. No sabes cuánto.

El ligero beso de saludo se quedó prendido en la mejilla de Ángeles mientras esta le preparaba algo de beber.

– Te prepararé algo dulce – ofreció Bernardette -, sé que te gusta. Y le ofreció una copa media de un líquido lechoso y ámbar.

– Si, me encanta. Sobre todo en ocasiones como ésta.

– Cómo ésta?

– Si, como ésta.

El tono suave y sugerente de la voz de Ángeles, provocó a la joven un placentero hormigueo a raíz de cuero cabelludo.

– Brindemos entonces – insistió Ángeles-, por ti, por mí y por lo que dejamos sin terminar, ¿o no?

Acto seguido, miró fijamente a Bernardette. Su pelo lacio y suave cayendo a ambos lados de su cara de niña; sus ojos claros, casi como el agua, sin malicia alguna; sus labios finos y tan bien dibujados que no necesitaba de retoque alguno, y ese olor… aquella áurea dulce que envolvía cada uno de sus gestos…

– Sí – afirmó con fuerza -, por lo que dejamos sin terminar. Y porque nunca más dejemos nada a medias.

No más de dos sorbos fueron capaces de beber antes de desechar ambas copas. Un abrazo intenso selló el acuerdo entre ambas. En el instante que Ángeles olió el cuello de la muchacha supo que era eso lo que andaba buscando. Hundió su rostro en la concavidad ansiada y lo besó suavemente, como un anticipo de lo que vendría. Las manos de Bernardette le ayudaron a despojarse del vestido y ante la visión de sus senos a través del encaje, atrevidas, se posaron sobre ellos en caricias circulares. Esta vez fue Ángeles la que se desabrochó rápidamente el sostén ofreciendo todo su contenido. Bernardette se sacó la camiseta quedando desnuda de la cintura hacia arriba. Era de talle delgado, delgadísimo, y sus pechos eran tal como Ángeles los había imaginado: como los de una adolescente.

– Eres bella – le dijo a Bernardette – tan delicada como un exagrama chino.

– ¿De veras te gusto? – inquirió ella, al tiempo que se acariciaba las puntas de los senos hasta elevarlos, como dos botones en rosa.

– ¡Me encantas¡ – Y Ángeles acercó sus labios a los pezones erectos de Bernardette, succionando uno y otro mientras la joven se retorcía de placer.

– ¡Ahora quiero yo!

Bernardette se prendió al seno izquierdo de Ángeles como si en ello le fuera la vida, chupando y mordisqueando como un animalito hambriento. Un fluido de humedades calientes inundó el entrepiernas de Ángeles. Ella misma le quitó el seno y le metió el otro en la boca.

– ¡Hazlo!, hazlo así, fuerte, por favor…lo más que puedas -.

Nunca, nunca había podido ella encontrar un hombre que la chupara con ganas. Las más de las veces, no pasó de un simple baboseo entrecortado. No lo sabían ellos, no sabían cuánto le excitaba a ella ese chupeteo animal, secuela de los impulsos atávicos que subyacen bajo la superficie de los seres civilizados. Bernardette fue bajando por su cuerpo mientras su lengua fina dibujaba húmedos senderos oblicuos sobre el vientre de Ángeles, hasta hundirse en su entrepiernas. La lengua de la muchacha, lenta y sabiamente, se abrió paso hasta sumergirse el sexo caliente de ella y comenzó a lamerla como un animalito desvalido lame la palma de su ama. Un rito –pensó-, ella hace un rito de todo.

– Me desordenas, amor…- Y con un gemido se encorvó sobre la espalda de Bernardette hasta quedar prendidas en un abrazo inverso y converso. No más de cinco segundo hubieron de transcurrir hasta que ambas se incorporaron dirigiéndose a tropezones hasta el dormitorio.

La cama de Bernardette estaba casi en el suelo. Una especie de remedo oriental predominaba en la habitación y todo aquello le pareció a Ángeles algo mágico y decidor, un signo de que su encuentro estaba predestinado desde hace siglos por los dioses o divinidad que fuese, pero eso era: lo estaba viviendo y sintiendo hasta en la más ínfima partícula de su ser.

Tendida de espaldas, por un momento recreó su vista en el delgado cuerpo que, a horcajadas sobre ella luchaba por obtener placer refregándose sin pudores sobre ella. La observó embobada por el áurea animal que adquiría la fina mujer que ella conocía, ante la necesidad de placer sexual. Era….casi una púber – le parecía – y ello estimuló más aún su deseo ayudándola con ambas manos en las caderas para que el movimiento fuese más fuerte y acompasado. Todo el flujo de Bernardette caía sobre el vello tenue de Ángeles. El sentir aquella humedad viscosa la hizo desembocar, sin poder evitarlo, en un orgasmo dulce y terrible a la vez. Lo presentía: faltaba mucho más todavía. Bernardette se inclinó sobre ella y bajo hasta lamer de nuevo su sexo, esta vez , jugoso de ambos fluidos, luego se dio vuelta y montó sobre ella dándole la espalda para luego resbalar lento muy lento, hasta quedar ambas con el sexo de la otra a su alcance.
Ángeles había vivido mucho, no cabía duda, pero nunca se soñó lo que sentía en ese momento, al ver la raja íntegra de Bernardette frente a sus ojos, a su nariz, a su boca. El olor de la muchacha le incendió el resto de los sentidos y usó su nariz para frotar y dar placer a la hembra que tenía sobre ella, mientras la otra hacía lo propio. Agarrada con una mano en cada nalga de la muchacha, las apretaba como queriendo exprimirles un néctar exquisito, y eso era lo que lograba, sólo que en el sexo de Bernardette.

La nariz, la lengua y todo el rostro fue el que metió Ángeles en el surco abierto que tenía frente a sí., y un espiral de voluptuosidad la atrapó sin retorno mientras sentía su clítoris erecto estallar debido al sabio lengüeteo de Bernardette. Un grito compartido fue lo que brotó de sus gargantas, y una lasitud increíble, como si todo la vida se hubiese evaporado en aquel aullido de triunfo, las inundó por completo. A duras penas volvió Bernardette a recostarse en la almohada, a su lado, y en su rostro empapado de transpiración y otras humedades, una felicidad sin límites permitía prever que todo lo que Ángeles había disfrutado, fue compartido.

– “Nada – pensó Ángeles antes de adormecerse junto a su compañera –, absolutamente nada es comparable a esto, a esta forma de brindar y lograr placer. Nunca fui tan feliz de sentir MI propio olor de hembra frente a mi cara, de poder lamerme a mí misma, de chuparme, de exigirme, de sentir todo lo que siempre había querido, pero buscado en el sitio equivocado. Los hombres… (y un rictus de desprecio tensó por un segundo su boca), los hombres no saben lo que se pierden y lo que es peor, no les interesa saberlo”.

El suave olor a sándalo y jazmín que brotaba del perfumero oriental, la envolvió a la par que el delgado brazo de Bernardette en su cintura, y ella, la sensual y experimentada mujer que llegó a ser en el transcurso de sus años, sencillamente se durmió confiada, como una niña junta a la muñeca de loza de sus juegos infantiles. Esta vez, el objeto de sus amores se apodaba Bernie, y era tan grácil como una gacela capturada entre los quebradizos pliegues de papel de un abanico chino.

 

Amanda Espejo

Quilicura – 2010

 

Texto participante (como Armanda Hesse)

del Tercer Concurso de Relatos Eróticos : ¡Ay qué gusto!

 

Visitar sitio en el siguiente enlace:

http://www.ayquegusto.com/es/noticias/2014/08/18/relatos-eroticos-un-toque-oriental

 

relatos-eroticos-1408363574

 

Eltiempohabitado's Weblog

Blog de Julie Sopetrán. Poesía para niños y adultos.

Sandra Ferrer Valero

Historia de las mujeres, libros de historia, maternidad, arte y alguna otra cosa

serunserdeluz

EN BUSCA DE LA ESPIRITUALIDAD Y LA LUZ

tierramutante

Salvemos la vida: apoya su escritura y lectura.

HISTORIA, CIENCIA, AZTECAS, MITO, CALENDARIO, ANTROPOLOGÍA

TAMBIÉN MUERTE, LEYENDAS, PES, MAGIA, RELIGIONES, EXTRATERRESTRES, ARQUEOLOGÍA, HOMO SAPIENS Y MÁS

El relato del mes

Un lugar donde escribir y escuchar.

Jorge Moreno

Relatos y más

Desde el Calvario

Mirando por la cerradura de un aislamiento voluntario.

Memorias de un Perro Muerto

Destrozos callejeros antes de estirar la pata

A veces las musas miran la tierra

intentos varios de desversar la palabra

WordPress.com

WordPress.com is the best place for your personal blog or business site.