Archive for the ‘Uncategorized’ Category

14469598_969923039802446_5875993140699905132_n

 

 

Sobre CUENTOS, de Ruth Pérez Aguirre

(edición cartonera de Olga Cartonera)

 

No es de extrañar que muchos/as escritores/as de literatura “adulta”, dediquen alguna parte de su tiempo a escribir sobre y para el mundo infantil. Es más: personalmente, pienso es una suerte de homenaje obligado hacia el preciado momento de la infancia, ese que todos transitamos y que, en la mayoría de los casos, no quisiéramos abandonar jamás.

Ruth Pérez Aguirre cumple con esta “tentación” a cabalidad, tal como si fuese un tributo anexo para agradecer a las musas por el constante fluir de su inspiración. Lo hace, estoy segura, con una sonrisa prometedora en los labios; con un leve temblor de misterio en cada punta de los dedos, mientras estos recorren el teclado para escarbar entre letra y letra, los nombres de los personajes que han de poblar cada ambiente dictado por su imaginación. Lo hace, me atrevo a asegurar, por un sentido de equidad, ya que existe una deuda no pactada en cada ser humano responsable con la infancia de hoy, con estos niños y niñas insertos en un mundo casi incomprensible, donde la magia de la palabra, esa que despierta el imaginario de la inocencia, es ya algo casi extinto.

¿Cómo no intentar, cual empresa quijotesca, compartir algo de ese mundo maravilloso que llevamos guardados en el corazón? Imposible. Entonces, ella lo hace, una y otra vez, como escala obligada entre sus novelas de muchas páginas, recorta parte del tiempo como si este fuese una caja más de cartón… y escribe, dibuja, pinta, y hasta imprime diversos pequeños mundos dedicados a la conciencia infantil. Porque ese es el camino en el que cree Ruth y hacia allí van sus pasos: crear una historia, compartir, asombrar, entretener, y sobre todo, sembrar en estas nuevas personitas, además del amor por la lectura, la importancia de cada acto personal cuando se quiere ser parte de un mundo positivo, como el que todos ansiamos muy dentro del corazón.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura / octubre – 2016

(Fotografía superior, gentileza de Olga Cartonera).

 

RUTH PÉREZ AGUIRRE/ Nacida en Mérida, Yucatán, actualmente reside en Tabasco, México.

Maestra normalista, es egresada de la Escuela de Escritores “José Gorostiza” SOGEM, diplomada en Creación Literaria.

Su amplia obra como autora, destaca en los géneros de novela, novela breve, literatura infantil, poesía y cuento.

Ha colaborado en múltiples antologías de narrativa y poesía, en diferentes ciudades y países, en español e italiano.

Ediciones htuRquesa (2012), editorial cartonera de su creación, que ya sobrepasa los cinco años de vida.

 

Anuncios

Read Full Post »

CIERRO LOS OJOS

14348635444_50bbe819c4_b

 

 

Hay algo extraño en el aire. No sé si es dentro de este microbús (303, Quilicura) o afuera, envolviendo el largo ondular de la carretera Panamericana.

Pongo todo mi empeño en concentrarme en parte de lo que pasa tras la ventanilla: fábricas y más fábricas; casas viejas; alguna plaza antigua a medio extinguir, una que otra vulcanización  y paradero tras paradero se suceden sin que mi creciente ansiedad logre focalizar su causa.

¿Qué hace tu nombre aquí, anclado en mi pecho, en un momento así?

La parada frente a  Coproflor, deja entrar por puertas y ventanas un olor casi denso, aromas calientes a flores de todo tipo, afectas al inmenso calor de verano.

No puedo evitar hacer  correlación entre flor, cementerio y muerte. Cierro los ojos.

Pero…otra vez… Dime: ¿qué hace tu nombre a punto de desbordar mis labios?

Inquieta a más no poder,  abro los ojos.  A contraluz de los bellos tonos del atardecer, como un mal augurio, me impacta la nitidez de la cruz del Cerro Renca.

¿Una cruz? No puedo desconocer las coincidencias y en este momento, debo creer en ellas. Negarlo sería aceptar la posibilidad de tu triste partida.

Cierro los ojos: sigo viento la silueta de los maderos en cruz. Los abro.

Entonces sucede lo inexplicable: te veo, hombre-cometa, recortado contra el cielo del atardecer, brazos y piernas extendidos, en plena lasitud, entregado a una lenta pero inexorable ascensión.  Un cable que pende de tu tobillo se mece suavemente con el viento. Arrebatada, me alzo para agarrarlo en un loco intento por detenerte, por conservarte aquí, en el mundo de los mal llamados vivos, pero es inútil: una y otra vez mis esfuerzos se ven frustrados. No te alcanzo.

Y grito. Grito muy fuerte pensando hacerme notar: ¡Detente hombre-cometa! No puedo soportar tu partida. No soy capaz porque, aún peor que tu fuga, me es insoportable la certeza de que no puedo hacer nada con respecto a ti. QUE NUNCA PUDE HACERLO.

Dentro de mi cabeza, las letras de la palabra “nunca” se agigantan lo indecible, hasta que mis sienes parecen estallar de dolor.

Abro los ojos para dejar de verlas y, efectivamente, desde la ventanilla, nada veo,  excepto el mismo cúmulo de tierra que va quedando atrás, y un desfile de nubes rosa y violeta que se niegan a sucumbir al gris.

Me convenzo: todas estas visiones son  producto de la modorra. Culpa de la ola de calor. Consecuencia de un largo viaje de regreso a casa en la hora peak. Y tú  -me reafirmo- nunca estuviste elevándote ante mis ojos.

Este último pensamiento inunda mi pecho de tanta paz, que no deseo ver nada nuevo que me perturbe.

Vamos llegando al trébol de Panamericana. Consciente de ello, cierro mis ojos con fuerza y concentro toda mi atención en contar los cuatro paraderos que faltan para acabar mi viaje.  Pasado el tercero, abro los ojos y me apronto a bajar.

Ya es noche, y ella se ha tragado hasta la última de las nubes. Su tonalidad pareja tampoco permite distinguir en lo alto nada más que algunas estrellas. Curiosa, igual alzo la mirada para confirmar que no hay nada anormal. Una media luna lejana es lo más que resalta en el plano oscuro. La observo para saludarla como siempre hago y allí, colgando de una de sus puntas, creo ver un colgando un largo hilo que nace de una mancha irregular más grande y oscura que las que se suelen ver.

Quedo absorta. En un gesto instintivo, los dedos de mi mano se alzan sobre mi cabeza.

¿Es… que… podría ser…?

Temblando, cierro los ojos y apuro el paso.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura / enero – 2016

 

Read Full Post »

UN TOQUE ORIENTAL

Escritorio3

 

 

 

Recién salida del baño y sin más que una toalla envolviendo su cabello, Ángeles Martí se paró frente al espejo de su cuarto y miró atentamente su cuerpo mojado… el pezón moreno entre los dedos, sus largas piernas ligeramente curvadas, su mano alba cortando en dos el vello de su pubis, sus labios enrojecidos y hambrientos y sus ojos de animal en celo brillando tanto o más que el cristal que los contenía. Ahí, por lo desmesurado de su brillo, Ángeles supo que esta vez ella necesitaba algo más de lo acostumbrado y que, seguramente, lo había ansiado desde siempre. La evocación de una figura tan grácil y veloz como una gacela pasó por su mente: Bernardette.

– Bernie…- murmuró en voz baja, como le gustaba llamarla.

Ángeles no quiso sustraerse a la dulzura del nombre evocado: un olor semidulce a sexo limpio. Decidida, comenzó a vestirse con prisa.

A las doce menos cuarto, Ángeles estacionó su auto frente a la numeración correcta, cruzó el umbral y subió a pie y sin prisas los tres pisos del edificio tocando la puerta del 303 con decisión. Nueve segundos transcurrieron antes de que esta se abriera.

– Ángeles… ¡qué bella sorpresa! Pensaba que ya no vendrías.

– Buenas noches Bernie. Sí, estoy aquí

– Me alegro. No sabes cuánto.

El ligero beso de saludo se quedó prendido en la mejilla de Ángeles mientras esta le preparaba algo de beber.

– Te prepararé algo dulce – ofreció Bernardette -, sé que te gusta. Y le ofreció una copa media de un líquido lechoso y ámbar.

– Si, me encanta. Sobre todo en ocasiones como ésta.

– Cómo ésta?

– Si, como ésta.

El tono suave y sugerente de la voz de Ángeles, provocó a la joven un placentero hormigueo a raíz de cuero cabelludo.

– Brindemos entonces – insistió Ángeles-, por ti, por mí y por lo que dejamos sin terminar, ¿o no?

Acto seguido, miró fijamente a Bernardette. Su pelo lacio y suave cayendo a ambos lados de su cara de niña; sus ojos claros, casi como el agua, sin malicia alguna; sus labios finos y tan bien dibujados que no necesitaba de retoque alguno, y ese olor… aquella áurea dulce que envolvía cada uno de sus gestos…

– Sí – afirmó con fuerza -, por lo que dejamos sin terminar. Y porque nunca más dejemos nada a medias.

No más de dos sorbos fueron capaces de beber antes de desechar ambas copas. Un abrazo intenso selló el acuerdo entre ambas. En el instante que Ángeles olió el cuello de la muchacha supo que era eso lo que andaba buscando. Hundió su rostro en la concavidad ansiada y lo besó suavemente, como un anticipo de lo que vendría. Las manos de Bernardette le ayudaron a despojarse del vestido y ante la visión de sus senos a través del encaje, atrevidas, se posaron sobre ellos en caricias circulares. Esta vez fue Ángeles la que se desabrochó rápidamente el sostén ofreciendo todo su contenido. Bernardette se sacó la camiseta quedando desnuda de la cintura hacia arriba. Era de talle delgado, delgadísimo, y sus pechos eran tal como Ángeles los había imaginado: como los de una adolescente.

– Eres bella – le dijo a Bernardette – tan delicada como un exagrama chino.

– ¿De veras te gusto? – inquirió ella, al tiempo que se acariciaba las puntas de los senos hasta elevarlos, como dos botones en rosa.

– ¡Me encantas¡ – Y Ángeles acercó sus labios a los pezones erectos de Bernardette, succionando uno y otro mientras la joven se retorcía de placer.

– ¡Ahora quiero yo!

Bernardette se prendió al seno izquierdo de Ángeles como si en ello le fuera la vida, chupando y mordisqueando como un animalito hambriento. Un fluido de humedades calientes inundó el entrepiernas de Ángeles. Ella misma le quitó el seno y le metió el otro en la boca.

– ¡Hazlo!, hazlo así, fuerte, por favor…lo más que puedas -.

Nunca, nunca había podido ella encontrar un hombre que la chupara con ganas. Las más de las veces, no pasó de un simple baboseo entrecortado. No lo sabían ellos, no sabían cuánto le excitaba a ella ese chupeteo animal, secuela de los impulsos atávicos que subyacen bajo la superficie de los seres civilizados. Bernardette fue bajando por su cuerpo mientras su lengua fina dibujaba húmedos senderos oblicuos sobre el vientre de Ángeles, hasta hundirse en su entrepiernas. La lengua de la muchacha, lenta y sabiamente, se abrió paso hasta sumergirse el sexo caliente de ella y comenzó a lamerla como un animalito desvalido lame la palma de su ama. Un rito –pensó-, ella hace un rito de todo.

– Me desordenas, amor…- Y con un gemido se encorvó sobre la espalda de Bernardette hasta quedar prendidas en un abrazo inverso y converso. No más de cinco segundo hubieron de transcurrir hasta que ambas se incorporaron dirigiéndose a tropezones hasta el dormitorio.

La cama de Bernardette estaba casi en el suelo. Una especie de remedo oriental predominaba en la habitación y todo aquello le pareció a Ángeles algo mágico y decidor, un signo de que su encuentro estaba predestinado desde hace siglos por los dioses o divinidad que fuese, pero eso era: lo estaba viviendo y sintiendo hasta en la más ínfima partícula de su ser.

Tendida de espaldas, por un momento recreó su vista en el delgado cuerpo que, a horcajadas sobre ella luchaba por obtener placer refregándose sin pudores sobre ella. La observó embobada por el áurea animal que adquiría la fina mujer que ella conocía, ante la necesidad de placer sexual. Era….casi una púber – le parecía – y ello estimuló más aún su deseo ayudándola con ambas manos en las caderas para que el movimiento fuese más fuerte y acompasado. Todo el flujo de Bernardette caía sobre el vello tenue de Ángeles. El sentir aquella humedad viscosa la hizo desembocar, sin poder evitarlo, en un orgasmo dulce y terrible a la vez. Lo presentía: faltaba mucho más todavía. Bernardette se inclinó sobre ella y bajo hasta lamer de nuevo su sexo, esta vez , jugoso de ambos fluidos, luego se dio vuelta y montó sobre ella dándole la espalda para luego resbalar lento muy lento, hasta quedar ambas con el sexo de la otra a su alcance.
Ángeles había vivido mucho, no cabía duda, pero nunca se soñó lo que sentía en ese momento, al ver la raja íntegra de Bernardette frente a sus ojos, a su nariz, a su boca. El olor de la muchacha le incendió el resto de los sentidos y usó su nariz para frotar y dar placer a la hembra que tenía sobre ella, mientras la otra hacía lo propio. Agarrada con una mano en cada nalga de la muchacha, las apretaba como queriendo exprimirles un néctar exquisito, y eso era lo que lograba, sólo que en el sexo de Bernardette.

La nariz, la lengua y todo el rostro fue el que metió Ángeles en el surco abierto que tenía frente a sí., y un espiral de voluptuosidad la atrapó sin retorno mientras sentía su clítoris erecto estallar debido al sabio lengüeteo de Bernardette. Un grito compartido fue lo que brotó de sus gargantas, y una lasitud increíble, como si todo la vida se hubiese evaporado en aquel aullido de triunfo, las inundó por completo. A duras penas volvió Bernardette a recostarse en la almohada, a su lado, y en su rostro empapado de transpiración y otras humedades, una felicidad sin límites permitía prever que todo lo que Ángeles había disfrutado, fue compartido.

– “Nada – pensó Ángeles antes de adormecerse junto a su compañera –, absolutamente nada es comparable a esto, a esta forma de brindar y lograr placer. Nunca fui tan feliz de sentir MI propio olor de hembra frente a mi cara, de poder lamerme a mí misma, de chuparme, de exigirme, de sentir todo lo que siempre había querido, pero buscado en el sitio equivocado. Los hombres… (y un rictus de desprecio tensó por un segundo su boca), los hombres no saben lo que se pierden y lo que es peor, no les interesa saberlo”.

El suave olor a sándalo y jazmín que brotaba del perfumero oriental, la envolvió a la par que el delgado brazo de Bernardette en su cintura, y ella, la sensual y experimentada mujer que llegó a ser en el transcurso de sus años, sencillamente se durmió confiada, como una niña junta a la muñeca de loza de sus juegos infantiles. Esta vez, el objeto de sus amores se apodaba Bernie, y era tan grácil como una gacela capturada entre los quebradizos pliegues de papel de un abanico chino.

 

Amanda Espejo

Quilicura – 2010

 

Texto participante (como Armanda Hesse)

del Tercer Concurso de Relatos Eróticos : ¡Ay qué gusto!

 

Visitar sitio en el siguiente enlace:

http://www.ayquegusto.com/es/noticias/2014/08/18/relatos-eroticos-un-toque-oriental

 

relatos-eroticos-1408363574

 

Read Full Post »

ORIGAMI

tu

(Anoche volé sobre una pajarita de papel)

 

Si me hubiera planteado un mes atrás escribir algo sobre mi trabajo, les juro que me hubiera reído, amargamente, de pura frustración. ¿La razón? Tengo un trabajo rutinario, tan sin importancia -a mi parecer-, que muy dentro de mí (lo reconozco), me avergüenza hablar de ello. ¿Qué qué es lo que hago? Hago bolsas de papel. Envases, en realidad: sobres, cajitas, en fin todo lo relacionado con envolver un determinado producto. Lo hago en casa, sola la mayor parte del tiempo, y día tras día mis dedos aprietan, doblan, sujetan y pegan crecientes rumbas de papel de todas tallas y colores. Es tanto lo mecánico de mi actuar, que sin quererlo tiendo a doblar cada papel que llega a mis manos. Por ejemplo, cuando saco una bolsita de té, mientras dura el tiempo en que lo bebo, mis dedos plisan y plisan el papel del envase abierto como un pequeño abanico que luego, si lo aprieto al centro, puede verse como una mariposa de origami.

Origami. Allí reside el suceso ¿o milagro? que cambió la concepción que tenía acerca de mi trabajo y de lo poco emocionante de este. Sucede que anoche…. Anoche, volé sobre una pajarita de papel. ¿Cómo? No lo sé; el caso es que sin planearlo siquiera, salí al encuentro de los amaneceres estancados. No me formulé muchas preguntas – cosa extraña en mí -, sólo me dejé llevar hacia dónde la singular figurilla me quisiera llevar. Por de pronto, ella no batía las alas y me admiré de ello por un instante (o ¿unas horas?), mas luego me di cuenta de que estaba impedida de hacerlo, pues la meticulosidad de sus dobleces se hubiera deshecho a causa del vuelo, y con eso, hubiera dejado de ser. También me causó extrañeza el que yo pudiera distinguir tan claramente los pliegues y textura de su papel color hueso. Ahí caí en cuenta de que había luz – no tan clara cómo el día -, una luz apenas insinuada con el frescor de las promesas. ¿Sería tal vez el amanecer? No, tampoco podía serlo. Un antiguo reloj de pared que colgaba de ninguna parte me hizo ver que eran las cuatro y cuarto de la madrugada.

“No quiero pensar…” Irónicamente, lo pensé-. Y seguí dejándome llevar por el tranquilo vuelo de origami. Ella, la pajarita, parecía saber bien que hacer. Como no podía batir sus alas, subía en forma oblicua hasta una altura considerable y luego se dejaba caer planeando, a merced del viento, sin, a pesar de ello, perder la seguridad de su rumbo. Planeaba hasta muy cerca del suelo, hasta casi rozar las copas de los árboles, en cuyo follaje, el viento también parecía haberse estancado: todas y cada una de sus hojas permanecían estáticas, a la espera del impulso que las despertara al movimiento. Traté de no considerar la tensión reinante entre las ramas de los árboles estancados y no tardé mucho en ver ante mis ojos, las casas de los hombres.

” No entiendo…” – pensé, mientras nos acercábamos -. Éstas, a pesar de contar con la techumbre de rigor, nos permitían mirar lo que pasaba dentro de ellas. Digo “nos permitían”, pensando en mi guía, pues, aunque me fue imposible descubrir en ella algunos puntos oscuros que asemejaran un par de ojos, daba muestras de gozar a su antojo del sentido de la orientación.

“Las casas de los hombres – pensé de nuevo, mientras la desilusión me embargaba -. Yo lo que quiero es encontrar los amaneceres”. Sin embargo, ella persistía en su sobrevuelo vuelo plano cada vez más cerca de ellos. No me quedó otra cosa, que poner atención. Ahí me pude percatar que dentro de sus casas el tiempo también se había estancado, pues ellos permanecían en tal o cual actitud en forma recurrente. Es más, se aferraban a ello como única forma de existir.

“El tiempo – afirmé -, otra vez es cosa del tiempo”. Porque, sin poder evitarlo, lo asocié a los cu-cu de los relojes, que repiten una y otra vez una acción predeterminada, pues es lo único que pueden hacer; están hechos para ello y es lo que los conduce a ser. Efectivamente, todos y cada uno de estos hombres se aferraba a una acción predeterminada para hacer de ello el eje de sus vidas. Había quién ponía todo su empeño en el trabajo y así, inmerso en el interminable quehacer de sus también inacabables labores, llegaba a ser parte del tiempo estancado dentro de sus cuatro paredes.
Otros se dedicaban a la excelsa tarea de adquirir conocimientos y así, aprendían todo lo que pudieran tener a su alcance, para, de este modo, convertirse en indispensables a su entorno y requeridos por sus semejantes. Obviamente, absortos en tan basta misión, lograban con facilidad ser parte del tiempo estancado dentro de sus cuatro paredes.

Varios de ellos (artistas, se decían) dedicaban su des-tiempo, paradójicamente, a buscar la creación perfecta. Se manifestaban a sí mismos en base a variadas disciplinas, persiguiendo incansablemente el concepto de CREAR para poder VER y así CREER, gracias a ello, que merecían estar allí, dentro del inspirado tiempo estancado entre sus cuatro paredes.
En algunos, el empeño absoluto consistía en buscar el amor para saberse amados, y desde que amanecía hasta que anochecía – cosa que daba lo mismo, puesto que la luz no cambiaba – persistían majaderamente en ello, e indeclinablemente sus repetidos: te amoooooo…, al chocar contra sus cuatro paredes rebotaban a los oídos como: ME AMOOOOOOOOO…, con toda la dureza de un eco estático, dentro del tiempo estancado.

Todo lo observado hasta ese momento me fue colmando de desconcierto… no entendía NADA, aunque en el fondo, algo me decía que lo comprendía TODO. Mi pajarita parecía adivinar cada una de mis dudas y en el momento exacto en que el cansancio me sobrevino, hizo un delicado giro en el aire y me llevó hasta una sencilla choza bastante alejada de las demás casas. En aquel punto, comencé a sentir un dolor en el pecho, tal vez, a causa del aire que a ratos parecía espesarse a nuestro alrededor. El vuelo se hizo más lento y rasante, y para mi sorpresa, dentro de esas cuatro paredes había una mujer que llevaba mis ropas sobre un cuerpo que, podría jurarlo, era el mío. Se hallaba sentada frente a una mesa pequeña llena de papeles y escribía sin parar sobre una cantidad indeterminada de ellos que después, iba apilando en una rumba interminable. De tanto en tanto, parecía desanimarse y soltaba por unos segundos el lápiz que, yo sentía – no sé porqué – como una prolongación de sus dedos. En esos instantes, se tapaba el rostro (que yo no alcanzaba a ver) con sus manos y descansaba su cabeza sobre la mesa, que no era tal pues, como pude darme cuenta por el espejo que tenía al frente, era un antiguo peinador.

Dicen, que la curiosidad mata al gato. Algo y mucho tiene que haber de aquello, porque, al darme captar que era un espejo lo que ella tenía ante sí, no pude evitar la tentación de acercarme, para de este modo, ver su rostro reflejado en él. ¡Jamás lo hubiera hecho! Ella enderezó su cabeza y deslizó sus manos hacia abajo, desnudando su identidad frente al espejo. Yo la miré… Yo la miré y ME miré en el reflejo aguado de sus (¿mis?) ojos y me pareció que toda mi vida pasaba de golpe en absurdas secuencias de milésimas de segundo. Presumo que era mi vida. Pasada o futura, no lo sé, pero sentí dolor, un dolor insoportable en el pecho a causa del sinsentido de todo lo visto y de la falta angustiante de un tic-tac establecido que, por fuerza, me llevara a un verdadero amanecer. De pronto, todo se hizo agua, como si las horas estancadas comenzaran a licuarse de un golpe, irónicamente, a secas, y la imagen (mi imagen) misma de la mujer, se deshizo frente a mí, escurriéndose por la mesa, inundando el piso, lamiendo cada espacio retenido dentro de aquel tiempo estancado entre las cuatro paredes.

No lo entiendo… no entiendo cómo si todo esto lo vi mientras montaba sobre la pajarita de papel, el agua pudo afectarme tanto. El caso es que de pronto, todo mi rostro estaba húmedo y luego, esta humedad se fue condensando alrededor de mis ojos, escurriendo por mi cara y mi cuello y, al llegar a mi pecho, fue inevitable que se mojara junto a mí la frágil pajarita. Y esto, que pareciera una nimiedad, no fue tal, porque su corto destino de origami llegó a su fin y con ello, al parecer, también el mío. En un santiamén mi pajarita no fue más que una hoja al viento que, arrugada y húmeda, se precipitaba a tierra.

No entiendo… no entiendo cómo, de pronto me vi cayendo en giros y con todos mis sentidos nulos por la fuerza de la caída. Sólo recuerdo haber recuperado parte de ellos al traspasar el techo de mi casa y ver, como en un breve parpadeo, mi cuerpo dormido sobre la cama. Lo juro… no entiendo nada. Sé que recuperé el movimiento de mis brazos y piernas (un poco, no me atreví levantarme) y que la razón ¿o sinrazón?, volvió a mí en el momento en que vi la hora en el pequeño reloj sobre la pared: eran las cuatro y cuarto de una gris madrugada del día cero entre las cuatro paredes de mi habitación.

De los mentados amaneceres, no supe nada, pero estoy segura que por lo menos hasta que me dormí, permanecían estancados bajo la luz del farol.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura / 2008

Read Full Post »

Divagaciones susurradas a mi (pechuga) seno izquierdo.

Debo antes que nada, hacer una aclaración que a su vez, puede servir de prólogo a lo que no lo necesita. Esta, no es una conversación entre-dos. Es, más bien, el relato de un “dime y te diré” entre dos… no puedo decir personas. Será mucho más honesto que me refiera a ello como: el debate inter-minable,  y por extensión, in-servible entre dos entes.

Suena tal vez, un poco malévolo, pero, no es tal. Dejémoslo así.

¿Puede alguien explicar el origen del insomnio? ¿Y sus causas? ¿Pueden ser definidas como algo más que extractos de recuerdos trasplantados , velados por el tamiz del cansancio?

Explicaciones pueden haber muchas. Convincentes… ya lo verá cada cual.

Personalmente, creo que la causa de esta verdadera manía en que para mí se ha convertido el escribir de madrugada, la tiene la precariedad del concepto TIEMPO. Ya hablaremos de ello más adelante. Por ahora, DEBO transcribir estos hechos desde las sombras al papel, para evitar así, que el último sueño pos-amanecer me borre de la frágil memoria la sensación de asombro, y por qué no decirlo, de profunda desazón que han dejado en mí las palabras silenciosas de ELLA.

 

(más…)

Read Full Post »

 

 

El Tano me está matando. Así como suena. “No se debe jugar con fuego…” El Tano, quizás emulando al viejo Cerbando, se ha sacudido del lomo toda posible inscripción gráfica y ha resucitado, cual un Lázaro envuelto en vendas de papel hasta desprenderse de toda fantasía y dar los primeros pasos en este mundo real (o virtual).

Ayer, sin más, me ha hecho derramar lágrimas de angustia. ¿Angustia de qué? He allí el problema: no es porque él haya cruzado el límite incierto que demarca   (quiero creer que existe) el mundo real,  de lo que llamamos ficción. Al contrario, mi problema es a la inversa: es por no poder entrar YO a su mundo para recorrer los mismos senderos en los que él caminó hasta unos días atrás.

Se me ha clavado el Tano… aquí en el pecho, como una astilla dibujada con un lápiz acerado, y se ha incubado en mi cerebro como un gusano en capullo, a la espera de abrir las alas. Así me explico – o por lo menos, lo intento – de que hasta mis lágrimas ya no sean transparentes o incoloras: ahora son grises (no estoy soñando), y dejan unas aureolas terribles alrededor de mis ojos. Es más, si no pareciese algo totalmente descabellado, pensaría que tienen algo de… pelo… pelusilla tal vez, que hace que una vez al contacto del aire, no puedan secarse y esfumarse como cualquiera de ellas común y corriente. Estas no. Estas también se secan, pero, quedan adheridas a mi rostro de una forma que, aunque de suave no se siente, a mi espejo no le han podido pasar inadvertidas.

(más…)

Read Full Post »


(Sólo algunas de las implacables  interrogantes)

¿Qué genera este proceso auto-destructivo?

Motivos subyacentes, pueden haber muchos, pero… ¿qué fenómeno los gatilla?

Lo pienso en un esfuerzo por llegar al instante preciso en que se inicia este proceso, creyendo tal vez, que al saberlo podría manejarlo de otro modo y en cierta forma, hacerlo menos dañino y más superable; pero, es inútil… a veces pienso que se trata de un TODO, formado de pequeñas partes, detalles ínfimos y dispersos dentro de una misma GRAN masa, que se van aunando de a poco, como parte de un proyecto común: el destruir; el voltear lo que haya erguido; el desmoronar lo compacto; en suma, atentar contra el individuo, en este caso, YO. Yo misma inmersa en un proceso recurrente, de años, de casi toda una vida: el auto-boicot.

 El auto-boicot tiene como significante, la propia invalidación.

¿A qué se debe o cómo se explica esto?

Toda mi parte racional sabe que NO DEBE SER, es más: que no tiene RAZÓN DE SER. Mas, es inútil, vuelvo a caer en lo mismo, a intervalos más o menos espaciados de tiempo. Da lo mismo. El tiempo entre los episodios da lo mismo. Lo que importa es la resaca que queda esparcida tras cada cambio de escena: soy YO. Son mis propios residuos los que contemplo, y a la vez, me contemplan con la tristeza de lo inexorable:

 El daño y su inseparable consecuencia: el dolor.

(más…)

Read Full Post »

Older Posts »

Eltiempohabitado's Weblog

Blog de Julie Sopetrán. Poesía para niños y adultos.

Sandra Ferrer Valero

Historia de las mujeres, libros de historia, maternidad, arte y alguna otra cosa

serunserdeluz

EN BUSCA DE LA ESPIRITUALIDAD Y LA LUZ

tierramutante

Salvemos la vida: apoya su escritura y lectura.

HISTORIA, CIENCIA, AZTECAS, MITO, CALENDARIO, ANTROPOLOGÍA

TAMBIÉN MUERTE, LEYENDAS, PES, MAGIA, RELIGIONES, EXTRATERRESTRES, ARQUEOLOGÍA, HOMO SAPIENS Y MÁS

El relato del mes

Un lugar donde escribir y escuchar.

Jorge Moreno

Relatos y más

Desde el Calvario

Mirando por la cerradura de un aislamiento voluntario.

Memorias de un Perro Muerto

Destrozos callejeros antes de estirar la pata

A veces las musas miran la tierra

intentos varios de desversar la palabra

WordPress.com

WordPress.com is the best place for your personal blog or business site.