Archive for the ‘Paréntesis’ Category

 

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A tropezones. Así ha sido mi escritura durante este año 2017 que ya acaba. Siendo sincera, no ha sido solo la escritura, sino, todo: lectura, escritura, manualidades, proyectos (o intentos “de”), relaciones y vida en general. Así y todo, no me quejo. Noto una leve mejoría en la crisis emocional/mental que me dejó literalmente por el suelo. Por ello, esta noche escribo: para obligar a mi mente a hilar palabras correctas, entendibles, delineadas sobre el papel cuadriculado del viejo cuaderno con esta mano rebelde que, a pesar de tener un lápíz de trazo nítido, firme, y suave a la vez, se niega a recuperar la caligrafía que me es propia. Obviamente, al transcribir esto al teclado, no habrá defecto alguno, pero la intención, la tarea que me autoimpongo día a día, es recuperarme, reencontrarme, reconocer mis altos y bajos como lo he intentado toda mi vida.

Cuesta.

En fin…¡qué se le va a hacer! No queda más que poner empeño y porfía para que el último acto sea lo más digno posible; ojalá, con mis facultades lo suficientemente aptas para reconocer la importancia  del momento, y aquilatarlo como corresponde: sin exceso de temor y con el agradecimiento justo por todas las bondades recibidas. Recalco: bondades. Por lo menos hoy, me niego a decir la frasecita “politicamente correcta”,  y trillada en exceso: “Agradezco también las cosas malas que me sucedieron porque, gracias a ellas, pude crecer”. Mentira. Un asco. Las estaciones  “oscuras” no hicieron más que ensuciar y desperdiciar  el tiempo asignado con diversos tipos de sufrimiento, sin los cuales, sin duda, yo hubiese estado y sido mucho, mucho más feliz, y de seguro no hubiese angustiado a mi entorno con mis altibajos emocionales o, como les digo, totalmente resignada: “mi bipolaridad no diagnosticada”, por los siglos de los siglos….Amén.

 

Amanda Espejo

Quilicura, diciembre – 2017

 

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UN CADALSO VACÍO

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Recién despuntando el alba, en el mercado de Sarlat el movimiento diario había comenzado. Los primeros en llegar eran siempre los lecheros con sus tarros llenos del espumante líquido aún tibio. En medio de la pujante actividad y bajo la especie de toldo que servía de cobijo y a la vez demarcaba los espacios, Marietta y Christine, después de limpiar el lugar, se sentaron en dos rústicas bancas y registraron sus alforjas con el ansia reflejada en los rostros.

-¡Aquí están! Mira…son casi veinte, y tú, ¿cuántas alcanzaste a escribir?

-Dieciséis o diecisiete. Mi niño despertó inquieto y tuve que apagar la vela  para acostarme a su lado.

No está nada mal -asintió Marietta –. Martín y Leandro deben tener otras tantas. Creo que este va a ser un buen día.

-¡Ojalá, Marietta! Tal vez sea una tontera de mi parte pero anoche, mientras copiaba, en dos ocasiones sentí una corriente fría  entrar en el cuarto. Incluso una de las ráfagas  llegó a apagar la vela. Después el niño despertó asustado…Tal vez soñaba, pero no dejó de aferrase a mi pecho. Algo de su miedo se traspasó a mí, aunque parezca estúpido.

Marietta la escuchó en silencio y pareció cavilar por un momento.

-Es extraño…ahora que lo dices, yo también me he sentido rara, inquieta, con una opresión en el pecho, pero luego lo atribuyo al entusiasmo que me provoca nuestra labor, no exenta de riesgo, por cierto…¡Mira!, allí vienen –. Exclamó, viendo a los dos hombres que se acercaban sonrientes.

Los cuatro se saludaron efusivamente y procedieron ellos también a mostrar el contenido de sus alforjas.

-¡Vamos progresando!- exclamó pleno de entusiasmo Martín, al ver la cantidad de pequeños pliegos manuscritos que llegaban a sumarse al resto.

-Cuidado…más precaución- observó Leandro-. El  mercado se está llenando y sin paredes, los oídos sobran

Los cuatro se miraron sin hablar, asintiendo sin  necesidad de más palabras.

-Ahora falta que lleguen los “repartidores” a completar la tarea-  murmuró Martín.

En el lugar, los proveedores ya estaban en sus puestos y los compradores comenzaban a fluir llenando los angostos pasillos. Acompañaba este cuadro el creciente parloteo formado por las interminables preguntas, respuestas y regateos varios. Cerca de medio día, mientras sopesaban preocupados la hirviente muchedumbre que pululaba frente a sus ojos, de pronto ésta pareció abrirse y parir un hombre menudo y gesto angustiado.

-¡Jean…al fin! – Exclamaron casi a un tiempo los cuatro personajes- ¿Y Pierre? ¿Qué pasó con él?

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 "La conversación", de Henri Matisse

 

No puede dejar de conmoverme tu entusiasmo mientras me relatas una de tus tantas anécdotas. Ese entusiasmo que a veces, suelo creer que se debe a más de una causa… En fin, por lo que sea; lo cierto es que vale la pena ver el brillo de tus ojos chispeando, como relucientes piedras azabaches. Me lo parecen, así como otras veces me asombra la dureza de acero que percibo en ellos.

Pero  hoy es día de asueto. Día de tregua entre tú y yo, y eso nos permite llenar espacios sin censuras y sin ninguna forma definida, de lo que más hace falta: palabras. Palabras mágicas que fluyen una tras otra, encadenadas entre sí por un deseo sin fin. El deseo de que este pequeño gran espacio no se acabe ni se sature en demasía con el denso peso del silencio.

Son bellos los silencios… algunos… sí que pueden serlo. Mas no en este instante, en que tú logras con tus historias que brote de mis labios lo que cada día es más escaso en mí: las ganas de reír, de reír con la garganta y con el alma. Tú tienes ese don, y por reflejo, también te ríes en mí. Y es bueno reír juntos, es importante, casi tanto como llorar juntos, cumpliendo así con el mandato de los opuestos.

Y de pronto, bajo el influjo de las sensaciones, todo se confluye para confirmar esta verdad… porque, estamos dentro de un pequeño espacio común y corriente, pero al mismo tiempo, es un lugar sin límites, capaz de contener un mundo tras otro. Mundos asombrosos e inigualables que necesitarían años de tiempo para transcurrir, y que sin embargo, aquí se suceden uno tras otro, en un ciclo permanente: de tu boca a mis oídos, de mi boca a los tuyos. ¿Puedes entenderlo? Yo no puedo explicarlo, pero es así y estamos así, al ritmo y capricho de las palabras que se enroscan por el aire dibujando arabescos al compás de tu voz y de mis preguntas, y de tus afirmaciones y de mis ironías y de tus ganas (y de las mías) de vaciarte en palabras y de tomar la forma de cada inflexión de nuestras voces danzantes.

Y lo haces… sin darte cuenta, te vas recogiendo en el asiento, te retiras, te flectas, te giras, te acercas… y… dime, ¿qué piensas ahora? ¿En qué mar estás navegando y hacia qué puerto?  No me respondas ahora…No ha surcado mi pregunta ningún aire que no sea un soplo interno.

Quédate así un rato más, con el color de la vida brillándote en la cara hasta que no quede ni un aura de cenizas en ti. Así me gusta verte, sin tu dolor viejo ni tus ropas de amargura. Sin la estela de soledad que vas dejando a tu paso. Así, vibrante, como rasgueo de guitarra y con el misterio de cantos secretos asomados en tu voz.

 (Quédate así… no dejes que te envuelva la bruma. Cierra los ojos y abre los labios para que pueda limpiarte de todo dolor, como antes, siglos atrás, cuando no nos urgían las palabras para sentirnos, sólo mi lengua recorriéndote por dentro hasta más allá de los límites de las formas. Quédate así, para que pueda rehacerte desde adentro sin los tabúes impuestos por el hombre hasta que recuperes toda tu esencia primera, y luego lávame tú, amor, de toda equivocación heredada. Acaríciame con la verdad absoluta del silencio necesario cuando las palabras ya no alcanzan para graficar  los temblores de los sentidos.  Recupérame paso a paso, lentamente, sin el apremio de un devenir ajeno: volvamos a ser lo que éramos antes de ser mutilados por la ira de los no ciertos. Tú eres mi verdad, mi palabra y voluntad… quédate así… no hay más que esto.)

 

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CUENTO CORTO

 

 

Te ponías los calcetines con tanta prolijidad, que no pude dejar de poner mi atención en ti…

Los recogiste entre los dedos para coronar la punta de tu pie, despacio, cuidando que la costura interior quedara en el borde mismo de tus uñas. Luego te los subiste hasta media pierna, lisos, tirantes; enderezaste sus líneas acanaladas hasta lograr la rectitud misma; después, con dedos cuidadosos los alisaste bajo la planta para eliminar cualquier arruga rezagada. Listo. Los dos pies en el suelo. Con una de tus manos cogiste un zapato, mientras con la otra holgabas la  abertura para introducir el primer pie. Perfecto. Un ligero movimiento cargándolo sobre el piso comprueba tu destreza en la operación.. . Ahora, el otro. El acto secundario sigue todos los bemoles ya pautados. Ambos pies lucen revestidos de algodón beige y cuero nobuk café. Estiras levemente una pierna y jalas de los cordones, uno con cada mano, al unísono, en forma pareja para lograr el equilibrio deseado en su largura: ni un centímetro más ni uno menos: iguales y tensos como cuerdas de violín. Formas un lazo con el cordón izquierdo y con el otro, lo circundas hábilmente para concretar  el efecto deseado: el nudo. Un nudo perfecto, con sus dos lazos de la medida precisa para que no cuelguen demasiado y, sin embargo, sí te permitan hacer un nuevo nudo asegurando el anterior. Resultado: un doble nudo, simétrico, equilibrado – apretado tal como tu ceño concentrado –  y centrado justo en el punto medio de los círculos lánguidos que cuelgan a su lado como dos mustias orejas de conejo.

Fue el gesto… TÚ gesto de triunfo al acabar esta concienzuda operación, el que  develó ante mis ojos y mi terca persistencia, que todo estaba perdido, que tus nudos son inviolables,  y que si alguna vez logran desatarse, sólo será por la acción de tus dedos. Es…el sentido de  la paradoja: quien es capaz de hacer nudos así, nunca podrá soltar amarras.

No necesité hacerme más preguntas. Hay acciones que delatan más que mil palabras, y tus  obsesivos nudos rematando  tus impecables zapatos sobre tus re-estirados calcetines lo dijeron todo: mi vida junto a ti no tiene futuro alguno. Siempre serás el “atado”, el “amarrado”, el “anudado” de cuerpo y de conciencia por una voz que no es y nunca será la mía.

 

 

Amanda Espejo

Quilicura/04/2006

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Mientras te buscaba en el gentío sin encontrarte, tu mano recaló en mi hombro con la seguridad que ansiaba:

– ¡Hola! Estabas aquí…

Ante mi propia sorpresa, el tono de mi voz expresaba tanta poca emoción como si comentara: ¡Mira!, parece que va a llover. Luego, por un mutuo acuerdo sin palabras, rehuimos todo comentario acerca de cómo nos sentimos. Nada que exceda el híper manoseado ¿Cómo estás?,  seguido de un escueto : Bien.

El “Gracias, ¿y tú?”, se nos atrofia a ambos en la garganta, pues algo impreciso  alerta que huele a problema. Con la percepción tácita que brota del dolor, intuimos que es peligroso adentrarnos un poco más abajo de lo que nos delinea la superficie. No vaya a ser que por culpa de una insignificante pregunta, corriente, repetida hasta el cansancio por cientos de personas en millares de momentos similares a este, se nos quiebre este falso dominio de sí mismos y todo se desmorone frente a nuestra desolada mirada, que mutaría, en cosa de segundos, de un estado de asombro a la desesperación y al desconsuelo.

Son cosa de temer las palabras… tan simples y complejas como el ser humano en sí.

Y aquí estás tú, sentado frente a mí, protegido en una supuesta calma y escogiendo  -cómo debe ser – las palabras precisas que nos conduzcan a un tema neutro, libre de exaltaciones y conflictos. Algo que suene un tanto banal pero, que a la vez, mantenga un nexo sobreentendido entre nosotros. Algo sencillo, que pueda llenar un trozo de tiempo con olor y forma de pizza y que nos incluya a ti y a mí, sentados uno frente al otro, en este patio de comidas que se me antoja desproporcionado e inmenso. Nada más que un anexo innecesario para un instante que necesita de cualquier excusa para sobrevivir. Tan innecesario e inmenso como el espacio pendiente entre tú y yo.

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PARÉNTESIS FINAL

¡UFFFF!

Creo que he terminado la recopilación de textos que me autoimpuse en este espacio. Y digo creo, porque sé que andan dos o tres de ellos por allí, desperdigados en alguna carpeta oculta o hasta entrampados en los vericuetos insondables de la RED.

Finalmente, lo que importa, es el rigor de hacer y cumplir  y la satisfacción personal que trae por añadidura. Estoy contenta ahora…contenta y con prisa, ya que lo recién esbozado se me escurre por la punta de los dedos e inunda teclado, imágenes, fotografías antiguas y, sobre todo, el sentimiento puro, esa emocionalidad que puja por salir y que, aunque no sea característica obligada de quien escribe, en mi caso sí lo es.

(PREGUNTA “TONTA” : ¿Cómo saber qué es lo que impulsa a quienes escriben a hacerlo de tal o cual modo?)

Dejaré la pregunta en barbecho y todos los paréntesis actuales atrás: desde ahora es PRESENTE (exceptuando los rezagados de que hablé) y a eso vamos, hasta que no quede memoria, hueso, placer o sufrimiento con qué seguir efectuando estos “sobrevuelos y caídas” producto de una búsqueda  personal e inclaudicable.

Amanda Espejo

(En algún lugar de su locura)

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DE OBSECIONES, MUERTE, PREGUNTAS Y RESPUESTAS.

 

ImagenDime obsesa… ¿alguien te persigue? ¿Cuál es el apuro?

Las teclas hablan, tal como lo hace o insinúa la hoja en blanco y el derrame de signos tipográficos que aguarda la tentación de pulseo.

Nadie. Nadie apura – les contesto –, como no sea mi compulsión interior. Y a esa, no hay modo de ignorarla.

¿Para qué? – me pregunto…Y entonces ya no paro: los cuestionamientos y respuestas forman una amalgama suave y deliciosa (me lo parece)  dentro de mi cabeza y…qué va! , a quién le importa lo que sienta o suceda en mis pensamientos. El caso es que soy YO  y necesito hacerlo vaya dios a saber por qué razón. No se escribe por agradar, excepto en los lugares políticamente correctos o de ideología comprometida y, a saber, este no es uno de ellos. Este es mi rincón secreto, mi “diario” computarizado en donde puedo hacer lo que me da la gana y, sobre todo, esconderme a voluntad cuando lo necesite.

Es muy exquisita esta sensación…un poco, como lo dije antes, análoga a escribir un Diario oculto en nuestros días de infancia, ese que usábamos para todo y en el cual grabábamos hasta lo más íntimo. Tanto no puedo ahora…realmente, en internet no se pueden tener secretos  “secretos”, pero sí un sinfín de escondrijos-vericuetos para ir armando el rompecabezas inconcluso de nuestra vida.

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