Archive for the ‘Exorcismo’ Category

Siete textos originales, en una presentación de plegado, es los que contiene este homenaje poético a la figura materna, escrito desde el fondo del corazón…

A modo de presentación:

 

A LA INVERSA

Este proyecto (más bien una deuda),  lo tenía en mi mente desde hace mucho. Por uno u otro motivo se fue quedando en espera; hasta que casi dos años atrás me vi inmersa en un período de retrospección, de desánimo y desencanto  como nunca había sentido hasta ese momento.  Con mayor razón, todos los íntimos planes  inherentes a literatura o exclusivamente personales quedaron guardados en la gaveta de “lo imposible”.  Hubo bastante tristeza en mi vida. La hubo, la hay, y creo siempre la habrá en mayor o menor medida, pero supongo no es culpa de nadie, sino, rasgos característicos de mi persona vaya una a saber heredados de quién.  Sin embargo, resulta imposible en ello obviar ciertos temas, y uno de ellos -tal vez el más importante-  está presente y es hilo conductor de esta manufactura literaria: las madres. Mi madre.

No es primera vez que trabajo en torno a su figura, a su nombre, a su memoria, a su falta. Y esta vez decidí aunar algunos textos poéticos y de narrativa que giraban en torno a su persona en un solo lugar: un pequeño libro “objeto” o de autor trabajado lo más manualmente posible. El cartón ayuda a ello, tal como los pinceles, las pinturas y/o accesorios a voluntad, mas, lo indispensable, es el imperecedero deseo de cercanía con el ser querido, con el comienzo, con el origen de nuestra vida (con el principio de nuestra muerte) y todas las emociones encadenadas que conforman su  devenir.

Y aquí estamos, madre…Tratando de ganarle a los años; a los recuerdos no recordados;  a la apatía que carcome el hueso y al desafío que supone desnudarse a través de las letras, nuevamente, en pos de ti. Todo valdrá la pena si con ello logro alivianar el espíritu en otro intento de remontar el río a la inversa, hasta  el refugio húmedo y tibio que nunca debí  abandonar.

¿Me esperas madre?

¡Ya voy!

Amanda Espejo

Quilicura / noviembre 2016

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Bienvenido 2012 005

 

Buenos días o buenas tardes, o buenas noches, da lo mismo. El fondo no cambia.

Ilusa yo, soñaba con que este año sería más tolerable que el anterior, pero me doy cuenta solo expresaba un deseo. La realidad es otra.

Tú llegas, tristeza, y todo buen augurio sucumbe.

La intención se divorcia del acto y la mente deambula pendular, de un extremo a otro.

“Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa”.

Así reza una oración tradicional de los católicos, y así recé yo repetidas veces, golpeándome el pecho durante el rito a seguir en mis años escolares.

Así, inocente, repetí la letanía aún sin comprender del todo su significado, pero intuyendo algo amenazante se cernía sobre mi pequeña cabeza de siete u ocho años.

¿Fue allí que arribaste, tristeza

Me atrevo a afirmar que no, que fue antes, mucho antes.

Tal vez me acunaste en tu soporífera niebla desde el mismo saco uterino.

“Por mi culpa, por mi culpa…”

A pesar del importante lapso de tiempo que me separa de aquél momento, sigo, inconscientemente, repitiendo el estribillo desesperanzador, herencia de un legado patriarcal.

Innegablemente, si en aquél entonces no comprendía ni asumía el peso de la culpa, hoy aquello se ha magnificado a consecuencia de los errores cometidos.

Cómo quisiera poderme sacudir todo!

Errores propios y ajenos. Culpas. Remordimientos, fastidio, ira, desconsuelo. Mas, no alcanza una vida para ello.

Y sigo aquí, cada vez más aislada, girando apenas la rueda del molino mientras la molienda, cada vez más escasa, no es capaz de saciar el apetito del alma.

“Sobrevuelos” digo, cuando pienso en lo que hago, pero la verdad…diría que apenas camino.

 

Amanda Espejo, Quilicura/ abril – 2016

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gota-a-gota1

Guanaqueros (Coquimbo – Chile), 9 de febrero de 2016

 

No sé si a consecuencia de enterarme, una vez más, de los apuros de C.M., o por los continuos movimientos de tierra que nos persiguen de sur a norte, el caso es que nuevamente, nítidamente, te haces presente donde de nada sirve: en mis sueños.

Mucho ha de haber removido esta ola de marejadas que afecta nuestro país, porque por primera vez, los he visto juntos a ambos. Y afecta. Mucho. Irascible -como soy en el fondo-  lo interpreto como otro burla del destino: nuevos estiletes que llegan a clavarse en mi corazón.

También yo me hallaba presente en el sueño. Elemento inservible, ya que la historia inconclusa solo atañe a dos personas: él y tú.

Los veía (nos veía) tan claramente, que todo me parecía cierto. Mi hijo ya adulto, comentándome acerca de ti sin saber quién eras; le parecías alguien entretenido, que le contaba algunos episodios pasados en los que él estaba incluido. Mientras lo escuchaba, trataba de mantener una sonrisa fija en mi rostro, como si nada turbulento hubiese tras esos fragmentos de tiempo ido. No sentía pena…quizás, cierto alivio al constatar que ¿por fin! De un modo u otro el acercamiento se había realizado.

Cosas de los sueños, ¡claro!, que todo lo entremezclan y son capaces de conformar historias más increíbles que las de cualquier narrador real.

Lo asumo: fue fuerte verte/verlos, cual el tiempo faltante hubiese desaparecido de un plumazo y vuestro breve encuentro actual fuese precursor o “llave” de una nueva era, en donde el apoyo y cercanía que siempre esperé de ti para él, se estuviese consolidando suavemente, sin palabras grandilocuentes, casi sin sonidos. Tan solo pequeños gestos, sublimados por bellos tonos de luz. Yo, ni muerta ni viva, me limitaba a observar la escena como si aquello fuese lo más natural del mundo, pero, al mismo tiempo, a sabiendas que cualquier desliz podría quebrar el encanto y hacer que todo cayera en la nebulosa de siempre.

La luz naciente. El romper de las olas. La puerta vecina. Un leve ronquido. Ladrido de un perro. Un toque de bocina. Hilillo de agua que escurre. La gota… la gota…

Una gota insistente, capaz de horadar hasta la piedra llana, ha conseguido desinflar este deseo viejo camuflado de sueño para dejarme, una vez más, este conocido amargor en la boca.

Ya despierta, nada puedo hacer para rearmar este cruel rompecabezas. Por ello, corro a buscar papel y lápiz para plasmar estas líneas para ti. Líneas que nunca llegarán a su destino, pero tienen el don de ayudar a descomprimir el peso que atormenta (ya tantos años) a este loco corazón.

 

 

Amanda Espejo

Guanaqueros / febrero – 2016

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BAJO EL CIRUELO

Madre.

Madre, siempre.

Somos tus mujeres.

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TÉ PARA DOS

Algo duele. Entre clavícula, costilla y esternón algo se manifiesta, intermitente, al correr del día. Suele comenzar al alba, cuando para mi desgracia me desvelo en espera de que suene el despertador en la pieza del lado. Las siete, siete y cuarto, siete y treinta y este no suena. Casi comienzo a dar voces  cuando  mi propia alarma empieza a funcionar: no suena, no va a sonar porque no tiene por qué hacerlo.

El noticiero mañanero apaga las voces de alerta de cuerpo y mente. Todo parece normalizarse (a la fuerza) con la agenda diaria y se pudiera decir, paradójicamente, que descanso al tiempo de laborar.

La molestia retoma a medio día, y esta vez es perceptible haga lo que haga, hasta alcanzar su punto máximo en la cocina. ¿Cómo evitarla? Imposible.  No se me ocurre. Día a día pienso en una y mil tretas para soslayarla y nada ha resultado. Pongo música y me concentro en el quehacer rutinario y hasta canto según la canción de turno, pero…ese mueble, esos cajones llenos de cubiertos para poner la mesa  y sobre todo, los tenedores, ¿cómo evito los tenedores si hay tantos en la gaveta?  Nada más tomarlos y el dolor se dispara incontrolable. Sobran -me digo-, sobran tenedores en esta casa, como sobran cucharas, vasos y platos para una mesa en que no comen más que dos. Es ridículo –insisto- este manojo de cubiertos en mi mano, el exceso de pan sobrante y esta olla llena de comida la cual nos podría durar casi la semana ahora que él no está.

La jornada se desliza en un tira y afloja de intentos por ganarle a la rutina, y las horas pasan, y  llega la tarde, pero yo tengo mi propio horario que no avanza. Casi sin darme cuenta estoy de nuevo en la cocina. Abro el estante superior y allí está su tazón, ese del logo azul que tanto ama y… ¡Ay, Dios! No me salvo de ésta. El color azul siempre ha sido para mí sinónimo de tristeza, por lo tanto, era de esperar que el golpeteo del pecho se disparara -que acelera y no acelera-  como señal inequívoca de alarma.

-“¿Ya vamos a tomar onces? ¿Con qué quieres el pan?”

(más…)

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MADRE

PÓSTUMO

(fragmento)

¿Por y para qué lloras hermosa?

 

No me taches con la culpa

ni guardes tu amor antes de tiempo.

Déjame aquí… navegando en ti,

hasta que florezcan las algas

y  los mares se tiñan de rojo.

Sólo entonces, reviéntate en mí.

 

 

No me odies,

soy  resultado de un accidente.

Tú, el miedo a las consecuencias,

yo, el asombro ante el sin sentido.

Las mil preguntas escritas en mi piel:

¿Por qué? ¿…?  ¿Por qué y para qué?

Yo era “una” pez… no sabía respirar.

Me perdí (…)

Amanda Espejo, por ti hoy y siempre.

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A mi Pablo:

¿Sabes? En este lento amanecer voy a contarte un cuento, no para que te duermas, sino, para que despiertes y así tus ojos abarquen un “tantito” más.


“Todas íbamos a ser reinas

de cuatro reinos sobre el mar.

Rosalía con Efigenia

Y Lucila con Soledad.”

 

                                   Gabriela Mistral

 

Con voces alegres, bañadas con el color de la inocencia, un corro de niñas asidas de la mano jugaban a la ronda de las princesas. Todas juraban serlo, incluso la pequeña de las rodillas siempre rotas, María, quién solía tropezar y caer continuamente a causa de su impulsiva curiosidad. En aquel momento, ella se sentía la más cierta de las princesas y tal como el estribillo que coreaban, soñaba el futuro aquél donde llegarían a ser reinas. Para eso, sólo les faltaba crecer.

María no había añadido a su porte más que un par de centímetros, cuando un día, al preguntar a su abuela sobre el porqué de los “porqués” que siempre rondaban su pequeña cabeza, tuvo como respuesta lo que siempre intuyó en los gestos bruscos de su “padre” y en los ojos bajos de su madre: la verdad sobre su origen.

La abuela le narró una corta y simple historia de amores y desamores entre adultos que eran muy complicada todavía para su edad pero, a medida que escuchaba, muchos de sus “porqués” se fueron reventando en el aire como burbujas de jabón.

El abrazo protector de su abuela quiso compensarla de algo que siempre presintió: la falta de amor en torno a su llegada, mas, sólo logró que le brotaran las lágrimas. Luego, fue a su pieza, se encaramó en un piso y se buscó en el espejo ovalado del viejo ropero. Siempre que lo hacía buscaba algo…algo…algo, que  esta vez sí encontró: una marca indeleble sobre su frente.

Y allí lo supo todo sin saber siquiera las palabras exactas: hay niñas princesas que nunca llegan a ser reinas. Las niñas bastardas. A las niñas como ella, aquello les está negado.

 

 

 

Amanda Espejo

Quilicura/04/2006

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